lunes, 25 de septiembre de 2017

UNA PETICIÓN AL PRESIDENTE CLAVIJO

Hoy he creado mi primera petición en la plataforma www.change.com. El texto es el siguiente: 

Presidente Clavijo: dentro de poco tendrá usted que nombrar al jurado que fallará el Premio Canarias de Literatura 2018. Con esta petición los abajo firmantes queremos transmitirle nuestra más firme convicción de que este año debería elegirse un jurado independiente, cuyos miembros no sean los mismos que año tras año, trienio tras trienio, década tras década, desde tiempos inmemoriales, vienen fallando ese premio sin las más elementales garantías de ecuanimidad, justicia, atención a los méritos objetivos de los candidatos e independencia de criterio (véase si no la errática trayectoria del premio, los importantes escritores que no lo han recibido, la escasez de voces femeninas galardonadas, el desprestigio que todo esto ha conllevado, etc.). La presencia a título prácticamente vitalicio de escritores como Juan-Manuel García Ramos, Juan Cruz Ruiz o Justo Jorge Padrón en el jurado del Premio Canarias de Literatura no favorece la transparencia y la imparcialidad con las que un galardón tan destacado debería ser fallado. Creemos que tiene usted ahora una oportunidad inmejorable para renovar completamente el jurado de este premio y que, por el bien de las letras insulares, debería aprovecharla.

Si crees que debes firmar, puedes hacerlo aquí

viernes, 15 de septiembre de 2017

EL LETARGO, VERSIÓN KINDLE

Es un placer anunciar que mi libro El letargo ya está disponible también en versión Kindle. Puede conseguirse en este enlace.

jueves, 14 de septiembre de 2017

CREPÚSCULO

Me pregunté si me quedaba

algo más por hacer: palpar,

coser, dejarme ir

hacia la luz

por la calle que llevaba hasta el colegio,

y si no bastaba con rodar

hasta que la luz misma pusiera

fin a mi desubicada

memoria,

por un día no fiel

a circunstancias del pasado,

sino al círculo mismo

que sobrevuela el ojo corroído

por la pantalla dorada

de lo que antiguamente llamábamos crepúsculo,

ahora ya una imagen

incomprensible para el ojo

que, sin embargo, persigue

el señuelo de aquello

que una vez aprendió,

un saber que ahora espera

nacer de nuevo despojado

de aliento, y mientras tanto

la noche despedaza

la lengua que, sin saber,

se acomoda debajo de la lengua.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

NOCHE DE REYES


Mecánica de niebla y de silencio
en la afásica zona de diciembre
en que el candor perdido,
transformado en una cáscara sensible,
se desdibuja bajo nuestros rostros,
los rostros de los hijos huérfanos
de la mendacidad
de las sonrisas huecas. ¿Cuántas
pollas caben, me pregunté,
en ese coño ebrio, cuántas omisiones
resiste aún el ano complaciente,
cuántas vísperas faltan
para la alocución definitiva,
preguntaste?
Y voy a a responderte, a respondernos:
caben, resisten, faltan
todas las pollas, omisiones, vísperas
(respectivamente o no)
que ahora mismo dilatan la impaciencia
de quienes nunca supimos
hacer otra cosa que separarnos
de la muerte ajena,
rezagarnos en la minucia restallante
de los intersticios (¿viste?),
tozudos como alimañas apostadas
en el umbral de un suceso
siempre aplazado, siempre
intempestivo (¿me comprendes?),
justo este instante
de niebla y de silencio
del que nunca podremos escapar.

lunes, 4 de septiembre de 2017

MONTE DEL AGUA



No sé qué escribí entonces, aunque podría releerlo. Está publicado en un librito de pobre factura y escasa difusión. Creo que se trataba de una especie de relato sin continuidad, quizá la primera muestra de este tipo de escritura que me aventuré a practicar después de muchos años componiendo poemas en razón de una fórmula que, como todas las fórmulas, acabó por revelarse fallida y castrante. Quizá el truco estuvo, aquella vez, en no partir de un momento vivido, sino justamente de algo no vivido, de lo que había quedado encapsulado en el revés de lo vivido y que, precisamente por eso, era más intenso, se desataba con menos rigor, se desparramaba casi libremente por la página. Relato sin continuidad quería decir que los personajes, si los había, no representaban sino el armazón sobre el que se sostenían las sensaciones descritas, las conversaciones inventadas, las capturas silenciosas de los rostros al trasluz. No recuerdo tampoco en qué condiciones tuvo lugar el paseo real que engendró aquel relato, si el día era nítido o si, por el contrario, dominaba la niebla. Supongo que, si no la había, niebla, quiero decir, el relato la habría inventado. Qué mejor que la niebla para revelar lo discontinuo, lo amasado en el torpor de un intercambio sin fisuras, lo deshilachado a lo largo de los pasos dados por los excursionistas. El Monte del Agua es como un turgente pezón humedecido por un deseo innombrable. Se entra en él como si no fuera a salirse de él. Cuanto más se adentran los pasos más oscuridad se cava y más humedad se respira: se diría que fuera a entrarse en el ombligo del agua, en la fosa de la negrura última y, sin embargo, también la oscuridad se respira y también el agua lo cubre todo allí, del modo más sutil, como si se mezclaran, apenas indivisas, agua y oscuridad, lo húmedo y lo tenebroso, ombligo y pezón, raíz y nervio. Aquel relato sin continuidad que recogía una aventura posadolescente que posiblemente yo mismo, y menos con las herramientas de que por entonces estaba dotado, ni siquiera había comprendido bien no debió haber figurado nunca en aquel librito de pobre factura, compuesto, sin embargo, por otros textos algo menos endebles, un pequeño adelanto de lo que por entonces me encontraba escribiendo. Es curioso cómo la memoria construye o deja que se construyan en ella lugares que no han existido sino en un mapa muy distraídamente trazado. Las curvas, por ejemplo. Son las mismas que entonces. Dos o tres curvas que parecían sacadas de aquel relato que no he querido releer y que dibujan en el interior de lo recorrido el sentido sinuoso del bosque, sus recovecos cada vez más escondidos, su ascenso en espiral, la serpiente que se retuerce debajo de los pies. Y algún claro, también. Uno de esos huecos en los que los árboles parecen haber dejado espacio para que algo ocurra, y algo debió de haber ocurrido, si no en aquel relato sin continuidad, sí al menos en otros, no escritos por mí, apenas intuidos, ¿o si no qué hacían allí esas cáscaras de manzana esparcidas junto a unas piedras y ya resecas junto a esos clínex en lo que parecía la escena de un crimen, un crimen sin más víctimas que los personajes de una novela no escrita, de un cuento no narrado, de una leyenda de amores imposibles? Investiguemos un poco. O, más allá, “seis árboles plantados en recuerdo de los seis ángeles que murieron en el accidente de la galería Piedra de los Cochinos en 2007”, o algo similar, escrito por una mano temblorosa junto a una piedra cubierta de muchas otras piedrecillas de la memoria. ¿Cómo irse de allí sin añadir una más a aquella colección en equilibrio, incluso, si no una oración, sí un pensamiento con relativa capacidad para imaginar las vidas de los seis ángeles devorados por el extravío, por la bouche d’ombre, la galería asesina? Más allá, las telas de araña flotan entre dos ramas, mágicos encajes de la licuefacción. Aparecen de pronto en el borde del camino, sin que parezca haber arañas en ellas: han sido dibujadas con las gotas más gráciles y están allí para que el genio del bosque juegue con ellas lamiéndolas con su lengua invisible. Columpios que la brisa distribuye a lo largo del bosque para que las hormigas sepan lo que significa estar en el aire, ellas que no juegan nunca. Voy en dirección contraria a la otra vez, a aquel otro domingo de cuando tenía veinte años y el silencio no era tan necesario como ahora. Ahora lo bebo y lo aspiro con desesperación, me lo llevo conmigo aunque a la menor bocina, al menor grito se disipe, y con él el bosque entero y sus helechos, sus telas de araña y sus musgos trepadores. En algún momento habrá que dar la vuelta. El bosque no tiene límites. Descubrirlo es negarlo. No siento ninguna apetencia ahora por los símbolos, por las significaciones. No busco compartir ningún sentido. Ni siquiera puedo inventar un nudo de correspondencias, pues lo que hay es la imposibilidad de la lectura y la desaparición de las señales. En medio de esta soledad, en el mismo centro de este vértigo de todas las disoluciones, surge, aún, el resplandor del bosque, el silencio de su mundo verdeoscuro, el imposible sueño de estar y no estar en él a la vez.  



jueves, 10 de agosto de 2017

PEQUEÑA ODA A LOS POETAS DE HOY EN DÍA

Apañarripios, tuerceversos, escrivividores,
telaraños, endecasibilinos, metronomistas
pejilgueros, apalabradores, alejandriños,
marwanes, silencieros, experiencistas,
soneteros, sonajistas, soniderramadores,
palabroteros, adjetivistas, verseadores,
calamburistas, metaforradores, jitanjaforistas,
simbolistas, escupecoplas, poetas-sin-ethos,
destrozaestrofas, sinecdoquistas, palabreros,
lanzapoemas, zurrabaladas, versicojos,
limpiaodas, fragmenteros, soplagárgolas,
tonadilleros, cantautores, acribillaestribillos,
¡ya está bien!, niños, ¡ya está bien!

sábado, 5 de agosto de 2017

CARTA A FÉLIX FRANCISCO CASANOVA

Mi querido Félix:


estos días he vuelto a leerte. Durante mucho tiempo he tenido el deseo de escribirte, pero siempre lo he postergado. Llega un momento en que las cosas no pueden postergarse más.


175 metros de distancia (según Google Maps, un utilísimo mapa virtual que han inventado) median entre el número 91 de la calle San Martín y el número 98 de la calle Méndez Núñez. El siglo XX en el que nacimos ya hace tiempo que es historia. Vine al mundo cinco años antes de que tú murieras. Pasé mi infancia en el número 91 de la calle San Martín. Me viste quizá alguna vez, de la mano de mi madre, cruzar la calle Méndez Núñez en dirección al parque (parque que para ti era el de las miradas y para mí, entonces, el de los juegos). Ninguno de los dos tiene memoria del otro, tú porque fuiste el prisionero de la memoria olvidada –la doble memoria olvidada de la vida y de la muerte–; yo, porque el olvido recordado –el de la no vida y el de la no muerte– no siempre se transfigura en memoria a través de la escritura. O quizá, también, asomado a la ventana de la que era la casa de mi abuela, frente al parque, te vi yo alguna vez, ¿eras tú aquel chico mayor que me pidió prestado el monopatín y me lo devolvió después de proyectar en el aire unas cabriolas entre locas risotadas?


Ayer terminé de leer tus Obras completas, las que ha publicado este año la editorial Demipage. Conocía tu poesía y tu diario. Tu diario fue lo primero tuyo que leí, quizá con una edad similar a la que tú tenías cuando lo escribiste. Julio García Monclús, el dueño de la librería Goytec, pariente político de mi padre, me dejaba pasar allí las tardes. En la planta alta, en la sección de literatura canaria, no solía haber nadie y era un lugar perfecto para leer. Debía de ser reciente la edición de Yo hubiera o hubiese amado, el volumen que contenía tu diario del año 1974. Recuerdo que lo leí una de aquellas tardes y que siempre lamenté después no haberlo comprado. Al releerlo ahora, compruebo que muchas de aquellas páginas quedaron impresas en mi memoria y han permanecido casi treinta años en ella: tus lecturas, en parte coincidentes con las mías de entonces, tus encuentros con los amigos (esas amistades de la adolescencia que nunca volverán a repetirse: al menos no con la misma intensidad), las llamadas que te hacía la misteriosa Voz de la que estabas enamorado, la música desgarrada que te hacía vibrar, y los poemas, poemas que iban surgiendo en tu cuaderno como flores en un jardín cubierto de cenizas. No sentí entonces el pudor que siento ahora al leerte: entonces era como compartir un secreto entre adolescentes; ahora yo soy un adulto que curiosea entre las intimidades de un joven. Ser joven para siempre produce estos extraños efectos.


Con tu poesía siempre he tenido más dudas. La he leído en tres momentos (creo que te hemos leído mucho, al menos aquí en Canarias, por lo que sé de otros lectores tuyos a los que conozco). La primera vez fue entonces, en Goytec: tu diario incluía muchos de los poemas que luego formarían La memoria olvidada. En ese contexto, eran poemas deslumbrantes, frescos, engarzados en tu día a día de adolescente culto, sensible y voraz. La segunda vez fue hacia 1992 o 1993, poco después de publicarse en Hiperión La memoria olvidada, el libro que recopilaba la mayoría de tus poemas. En aquella ocasión hizo su aparición un cierto desencanto: si aquello era todo lo que había, todo lo que habías escrito como poeta, era preciso reconocer que se trataba de una obra en ciernes, más abocetada que conseguida, con unos cuantos poemas deslumbrantes que destacaban entre una mayoría de poemas que no estaban a la altura de aquellos. ¿Pero qué importaba esto? El rayo seguía estando ahí, la brújula seguía apuntando a comarcas imprevistas, y lo casi milagroso de tu breve trayectoria me seguía encandilando como el primer día. Esta semana he vuelto a leerte, esta vez, como te decía, en la nueva edición de Demipage, un volumen que recoge buena parte de lo que escribiste (no estrictamente todo, al decir de algunos expertos, y lamentablemente sin criterios filológicos rigurosos). En cuanto a la poesía, ahora soy un lector más estricto que hace años. He marcado unos veinticinco poemas memorables; el resto no está, me parece, a la altura. ¿Y qué? ¿No es maravilloso que con dieciocho años hayas escrito veinte poemas que leeremos una y otra vez? Por otra parte, en este volumen he leído por primera vez El don de Vorace, tu novela publicada en 1975. La desazón del ser. El deseo de ser otro. El extravío de la vida. El hacha de los sueños. La búsqueda incansable. Es un libro inquietante que me recuerda a Crimen, de Espinosa, a Cerveza de grano rojo, de Arozarena, a Los puercos de Circe, de Alemany; es decir, a la mejor narrativa que se ha escrito en Canarias.


Para nosotros tu mito o tu leyenda han sido siempre tan poderosos como tu obra. Como en otros escritores de biografía accidentada, quizá en tu caso no sea tan fácil separar ambas vertientes. Te hemos admirado mucho y te hemos envidiado mucho. La dirección del piso de Méndez Núñez la busqué anoche en internet (internet es una red virtual de intercambio de datos que se inventó hace un par de décadas). Al parecer tu hermano José Bernardo sigue viviendo allí, en Méndez Núñez 98. Esta mañana estaba yo sentando en el café que hay en la esquina de San Martín con Méndez Núñez. Ahora es una franquicia, pero cuando era niño había allí un bar que se llamaba Galaxy y que era atendido por un matrimonio mayor con fama de malas pulgas. Me estaba tomando el café de media mañana cuando de pronto vi pasar a un señor vestido con ropa deportiva, el pelo corto, algo canoso, de unos cincuenta y cinco años. Lo vi casi de perfil, pero supe que era José Bernardo. No podía creérmelo: ayer por la noche había buscado alguna foto suya, pues en la edición de Demipage figura casi siempre como el autor de las fotografías, pero su rostro no aparece sino en una de cuando era niño. Encontré dos fotos suyas en internet: la primera en un blog en el que se publica un poema suyo y la segunda en un periódico que daba noticia de la presentación de tus Obras completas. En esta última José Bernardo aparece en una mesa junto a Villanueva y Aramburu, editor y prologuista del volumen, respectivamente, en la Feria del Libro de Las Palmas. Esta es la foto que me permitió identificarlo esta mañana. 


Pero aquí no acaban las coincidencias. Como las desgracias, nunca vienen solas. Ya lo he comprobado muchas otras veces. Basta abrir la caja de Pandora para que empiece a encadenarse un hecho tras otro, a cuál más inquietante. Estaba siguiendo a José Bernardo con la mirada hasta que a la altura de la esquina con San Antonio ya no pude verlo más. Entonces volví al libro que estaba leyendo: Crónicas de motel, de Sam Shepard. Iba a empezar el cuarto párrafo de la página 17: “Una noche entré dormido en el baño y me metí en la bañera. Me encontraron allí, tendido de lado y durmiendo. Su reacción fue esta vez más severa que cuando me encontraron al final del pasillo. Una entonación levemente preocupada asomaba a sus voces. Por algún extraño motivo creían que meterme en la bañera resultaba una extravagancia. Una chifladura quizá.” El cuento trata de un niño sonámbulo al que sus padres castigan porque creen que finge serlo. A Sam Shepard nunca lo había leído. Murió hace unos días y por eso compré el libro. Me quedé un rato con la mirada perdida antes de terminar el relato.


Pagué mi café y fui hasta el número 98 de Méndez Núñez. La calle está en obras. Le han abierto las entrañas y el ayuntamiento ha garantizado que la dejará dos veces peor que como estaba antes. Entre otras cosas, han arrancado los árboles de la acera izquierda y afirman que ya hay demasiados árboles en la ciudad y que no van a devolverlos a su lugar original. ¿Que la democracia es la voluntad del pueblo? ¡Y un carajo! La democracia es la voluntad de la sobrina del alcalde y del suegro del concejal de urbanismo. ¡Cuántas veces no habré pasado por delante de Méndez Núñez 98 sin saber que fue allí donde todo ocurrió! Miré hacia arriba, no sabía cuál era el piso. Había una señora asomada en el último balcón. No creo que la vida haya cambiado mucho en estos cuarenta años, al menos en este barrio. Es verdad que nos hemos vuelto más virtuales, hoy no hablaríamos con una Voz al teléfono, sino con treinta o cuarenta, y por diferentes medios: en los chats, en las aplicaciones de móvil, por whatsapp (otro día te explicaré estas novedades que nos han vuelto a todos locos). No sé si te gustaría. Atrapados como estamos en estas múltiples redes de comunicación virtual, nos parecemos a ese pájaro que tú describías en alguna parte: contento de estar en la jaula porque sabe que todos sus congéneres también están en ella. Las únicas escapatorias, mi querido Félix, siguen siendo la poesía, el vino, la locura y la muerte.


Te mando un abrazo (lo menos virtual posible).


P. D. Te alegrará saber que Catherine Deneuve sigue estando tan guapa como siempre.

jueves, 3 de agosto de 2017

ADOLESCENCIA

¿Recuerdas cuando escribías a ciegas, en aquellos grandes cuadernos para dibujar, con la letra hipertrofiada por culpa de la oscuridad, entre una fisura abierta entre la vigilia y el sueño? Entonces tenías quince años, adolescente dañado ya por el vicio de la escritura, pequeño monstruo abúlico que te despertabas por las noches y contraponías una lámina al vacío de la ventana entreabierta.

Chamán de pacotilla, con tu pijama de franela azul, te asomabas por el rectángulo que quedaba libre y, como si fuera a ser guillotinada, tu cabecita se extasiaba al contacto con la brisa. La ciudad vociferaba a las tres de la mañana: lamentos de desaparecidos, chispazos de semáforos, gorjeos de estrellas, aleteos de pajarracos sin nombre ni número.

Te esperaba allá afuera un mundo que no estabas preparado para conocer, un universo que se entrelazaba con los que ya conocías de tus andanzas entre libros, maldito letraherido sabihondo, repelente sabelotodo encorvado. Alguna vez llegarías a darte cuenta de que el mundo que te llamaba desde los recovecos de la noche no se parecía en nada al que te habías formado en tu retorcida imaginación.

Agarrabas el cuaderno, lo ponías sobre las sábanas, buscabas el bolígrafo en la mesa de noche, garabateabas. “Lejos, la sabiduría / trazará su olvidado perímetro / más allá de esta vida / reducida a la sed.” Y, al rato, te volvías a dormir. Por la mañana el cuaderno aparecía en el suelo, junto a la cama, como si lo hubieras dejado caer estando ya dormido. No te atrevías a leer lo escrito. Preferías que se fuera acumulando en el cuaderno, noche tras noche, como las monedas que guardabas en la hucha o la arena que caía en las esferas gemelas del reloj.

Maldito aprendiz de brujo. Casi dejabas de vivir durante el día para que la noche te regalara esos pequeños diamantes dibujados. Despertar varias veces era para ti una increíble victoria. Y los “poemas” que escribías tanteando en las sombras eran las medallas que atestiguaban tu triunfo. Vencidos quedaban todos los momentos del día, ese territorio al que te arrojaban y del que deseabas volver lo antes posible para recostarte en la cama y empezar la aventura de cada noche. Vencidos quedaban los desmanes, las burlas, los silencios, las arbitrariedades, los cuchicheos, los pisotones, las falsas sonrisas.

En la escritura te sentías libre y nadie te abroncaba porque nadie sabía que por las noches hacías “eso”: escribir. Había que guardar lo escrito, protegerlo de la vista de cualquiera, reservarlo para “tiempos mejores”. El bolígrafo volaba por los meandros de la oscuridad, se retorcía como un ídolo utilizado para un sacrificio ritual, engendraba lo inesperado, perfumaba la noche, sacaba chispas de tus aletargados dedos. “Tienes, brisa, memoria de mi paso / por esta vida de huecos / unos dentro de otros. / No me olvides, recuerda, / pasa pronto a buscarme.”

Como si te creyeras un médium, formabas una ouija con tus palabras enlazadas en la oscuridad. ¿A qué espíritus convocabas? ¿Creías que alguno vendría a salvarte? El cuaderno se llenó de garabatos. Cada noche, la ciudad vomitaba sus desvaríos para competir contigo. Dentro de la habitación eras un pequeño dios que modificaba el mundo emborronando un cuaderno. Fuera, eras un crío insoportable, a quien sus compañeros evitaban, que se encerraba en los baños durante el recreo y recogía las cucarachas muertas para repartirlas entre los pupitres de los empollones de la clase.

La vida se encargaría de ponerte en tu sitio. Mientras tanto, tú seguirías tanteando cada noche el gigantesco cuaderno. “Surgida al filo de la madrugada / esta voz que no busqué, / me pregunta los nombres / de lo que está escondido: / y yo no sé responderle”.   

sábado, 29 de julio de 2017

LA PALOMA COJA

Las mañanas: esas miserables prolongaciones de la diaria resurrección. Morimos cada noche. No nos importa dejarnos vencer por el sueño, desaparecer sin saber si emergeremos del otro lado de la noche, morir a la vez que la conciencia se disipa. Pero luego, después de desayunar, ya nos ha metido una vez más en cintura la rutina. Un paseo por calles sucias de aceras estrechas, un café en la mesa más apartada del local, un libro que se lee como se apaga una lámpara que casi ha dejado de alumbrar. ¿Haber sobrevivido a todo un sueño para esto? ¿Resucitar por 16575ª vez para vernos reflejados en un escaparate, a punto de comprar un bibelot –una pulsera, un cuenco tibetano, un reloj de arena– en la tienda de productos exóticos del centro comercial? Las camareras de la cafetería, cinco por lo menos, me miraron varias veces sin venir a atenderme. Yo les devolvía la mirada y parecía querer decirles que era preferible así, que me bastaba con poder ocupar una mesa junto a la cristalera sin necesidad de tomar nada, pues lo importante no eran el café o el zumo de naranja que pudieran traerme, sino la posibilidad de refugiarme del calor en la terraza interior aclimatada, en esa mesita de la esquina, sin gritos alrededor. Las camareras reían, miraban los móviles, salían a fumar, vacilaban con algunos clientes sentados fuera, dejaban sin recoger las mesas. El catálogo completo de la falta de profesionalidad (y así nos va). Como casi todo esto ocurría en el exterior, no me molestaba. Decidí no desesperarme, total. Una de las chicas vino a atenderme cuando habían pasado más de quince minutos. Lo hizo de mala gana, con esa mirada entre ceñuda y perpleja que ponen cuando les detallo mis condiciones: un cortado descafeinado de sobre (lo trajo de máquina), con sacarina y con la leche tibia (la trajo casi fría). La paloma se posó en una mesa de fuera, al lado de la mía, pero del otro lado de la cristalera. Su pata izquierda era un muñón. Era la segunda paloma coja que veía esta semana, y pensé si no sería la misma. ¿O acaso se estaban quedando cojas todas las palomas de la ciudad? Posada en una sola pata, la paloma era un animal casi elegante. Veía cómo su ojo izquierdo, sin párpados, miraba con inquietud a su alrededor. La pupila giraba en el interior de su ojo como dominada por una especie de terror. Ese animal no ha venido a este mundo para ser feliz. No ha recibido amor. Nadie lo ha acariciado. Ha perdido su pata izquierda en algún accidente, luchando por comida con alguna otra paloma, o atropellada por no haber echado a volar a tiempo. La paloma no me veía o, si me veía, yo era para ella un reflejo, una sombra, una realidad desdibujada y poco amenazante. La cristalera que nos separaba era la barrera entre su mundo y el mío. Parecía una paloma curtida, y no lo digo sólo por la cojera que ostentaba. Había en ella algo de vejez, de desgana, de descreimiento. Veía cómo las otras palomas se abalanzaban a las mesas vacías en busca de restos de comida, y ella permanecía posada allí, mirando con su ojo vacío la mañana vacía. Las camareras tarareaban las canciones de moda, se contoneaban, eran jóvenes y guapas, la vida les tenía reservado mucho placer y sólo más adelante se ocuparía de ellas para desequilibrarlas, para lastimarlas, para mutilarlas. Mientras tanto, despreocupadas, reían, ligaban por el móvil, cantaban la repulsiva Despacito. La paloma coja y yo estábamos apartados, como si nos hubiéramos entendido de algún modo a través de la cristalera, sin demasiadas ilusiones en la vida, con algunas heridas a cuestas (más ella que yo, la verdad sea dicha), razonablemente intactos pese a los manotazos del destino. ¿Así que esto es lo que la mañana me tenía reservado? Dicen que no hay día en que no se aprenda algo. Pensé –no sé si aprendí– que el desencanto se sostiene siempre sobre una sola pata; y que a veces, como esa paloma coja, echa a volar. Y también –esto creo que sí lo aprendí, aunque es una obviedad– que las palomas cojas, cuando vuelan, no se distinguen de las demás.

jueves, 27 de julio de 2017

LA EXPULSIÓN


Hay quienes opinan que la expulsión no fue un proceso repentino, ni tampoco fulminante. Dicen que, en rigor, es difícil precisar cuándo comenzó y si a día de hoy ha sido definitivamente consumada. Según ellos, estaríamos, por tanto, ante un acto demorado e incierto, de carácter discreto, casi clandestino; sin difusión ni resonancia alguna. Las causas de la expulsión son igualmente objeto de debate: algunos presumen que se debió a la contravención de una norma, pero este dictamen ha sido refutado por quienes creen que el motivo principal fue una falta de respeto a la autoridad; minoritaria, pero no del todo descabellada, es la idea de que la verdadera causa de la expulsión habría sido la presencia del expulsado en un lugar donde no era bienvenido, al menos el hipotético día en que se decretó su expulsión. La mera mención del expulsado podría dar a entender que se trata de una persona concreta, identificada; pero nada más lejos de la realidad: lo único seguro es que se decretó una expulsión contra alguien, que esa expulsión se debió a uno o varios motivos y que tuvo consecuencias. Todo lo demás es pura especulación. Lo mismo que sobre los motivos de la expulsión se han elaborado varias conjeturas, sobre las consecuencias de la misma corren no pocos rumores. La persona expulsada, según algunos, tuvo que renunciar a una serie de privilegios trabajosamente adquiridos durante los años en que perteneció a la corporación que la acabó expulsando; según otros, la expulsión procuró un alivio infinito al expulsado, que a partir de entonces pudo construirse una personalidad, desempeñar libremente su profesión, comprarse una casa, fundar una familia. Nadie duda, sin embargo, de que estas consecuencias positivas, si las hubo, vinieron después de un periodo de suspensión en el vacío, de perplejidad ante la nueva situación vital, incluso de hondo desamparo.


Objeto de controversia sigue siendo asimismo el peliagudo asunto de si el expulsado pudo prever o no que iba a serlo. Quienes opinan que la expulsión no fue un proceso repentino creen, en buena lógica, que el expulsado debió de percibir determinadas señales durante los meses previos a la expulsión. Miradas de reojo. Llamadas sin responder. Facturas sin firmar. Risas abortadas. En esa fase que no sería descabellado denominar fase de pre-expulsión, el expulsado pasa de ser considerado un miembro más de la corporación a ser visto como un cuerpo extraño, como un intruso. De forma quizá no del todo consciente, sus todavía compañeros empiezan a tratarlo con cierta distancia, con menor camaradería; que quien luego va a ser expulsado perciba o no estas muestras de prevención estará en relación con la mayor o menor dependencia que haya llegado a sentir respecto de su integración en el grupo. Si se trata de un individuo dependiente, las muestras de rechazo lo irán minando hasta hacerle sentir su nueva condición de expulsado como un castigo o una condena por alguna acción que quizá ni siquiera consiga precisar. Si, en cambio, estamos ante un individuo más bien independiente, la exclusión o el alejamiento de sus compañeros no serán considerados sino un fenómeno transitorio de difícil explicación que se espera reconducir con el paso del tiempo. Que la expulsión constituya o no un mazazo para el expulsado dependerá en gran medida de cómo viva este periodo de pre-expulsión anteriormente descrito.


En lo que casi todo el mundo concuerda, sin embargo, es en que el expulsado merecía su expulsión. Al parecer se la había ganado a pulso. Es comprensible que una corporación no pueda seguir admitiendo en su seno a individuos en los que no puede confiar, miembros que no muestran plena convicción o simbiosis con las creencias corporativas. En estos casos, el periodo de pre-expulsión puede concebirse como una fase pedagógica orientada a la corrección de determinadas conductas o al reforzamiento de la comprensión del sistema de valores que rige la corporación. Son muchos los ejemplos de individuos reconducidos, de cuerpos que empezaron a ser considerados extraños y que tras un proceso de pulimiento y de afinación fueron reintegrados en la comunidad corporativa. La expulsión sería, así pues, la última reacción del sistema ante la presencia de cuerpos extraños sin ninguna posibilidad de ser asimilados. En el caso que nos ocupa, se cree que la expulsión tuvo lugar después de varios periodos fallidos de pre-expulsión correctiva, fases sucesivas en las que la corporación, de modos más o menos imaginativos, hizo esfuerzos por reeducar al individuo díscolo en aras de su reincorporación a la comunidad. Quienes han estudiado el caso enumeran los siguientes procedimientos: encuentros entre pares, charlas de concienciación, conferencias plenarias, entrevistas con la autoridad, talleres de autoexploración en dependencias aisladas. Se sobreentiende que ninguna de estas tácticas debió de dar resultado y que la expulsión se consideró el último recurso capaz de preservar la pureza de los ideales de la corporación. Los cuerpos extraños que se mantienen en un ámbito comunitario sin ser expulsados acaban contagiando a los individuos con los que conviven y la propagación de sus valores e ideas pone en peligro la integridad corporativa. El bisturí de la expulsión no es en estos casos sino una medida terapéutica que no tiene por qué dañar ni a una parte ni a la otra: se separa el grano de la paja y se deja que la paja intente dar grano por su cuenta. No hará falta explicar que el expulsado es aquí la paja y la corporación, el grano.