sábado, 24 de marzo de 2018

DECANTACIONES DEL DESEO



A la poesía puede llegarse por muchos caminos. Unas veces es la intensidad de lo vivido la que, fulminada poco después por la inexorable impermanencia de la vida, nos lleva a contemplarla como un cadáver reluciente: allá, a lo lejos, los despojos de nuestras pasiones, nos decimos, brillan y seducen todavía, nos convocan para que los conservemos, para que hagamos con ellos una especie de homúnculo dotado de nuestras mismas facciones, de nuestros ojos un día fascinados por la belleza y por el mundo, de nuestros brazos que formaron parte de ese mismo mundo y se mezclaron con él, de nuestras piernas que lo recorrieron, unas veces ansiosas y otras casi contemplativas, de nuestra entrepierna, también, claro, que nos brindó los momentos más perfectos y más inolvidables de nuestra danza en medio de la realidad; dotado también, sobre todo, ese homúnculo hecho con palabras, de un pálido reflejo de la sede de la memoria y del deseo, de la conciencia y la esperanza, es decir, dotado del cerebro que teje y desteje averiguaciones sobre lo que somos, sobre cuánto de ardor y cuánto de agonía hay en la vida que se nos da a vivir.


Otras veces, la poesía surge como el ensueño de lo no vivido, la alegoría de lo que hubiéramos podido ser, un memorial de las plegarias no atendidas que restallan en medio de lo vivido como piedras que, colgadas al cuello, nos arrastraran hasta el fondo de una no vida, de algo parecido a un destino incumplido: el exacto revés de lo que somos aquí y ahora.


Hay muchos otros caminos por los que puede llegarse hasta la poesía, aunque la poesía, más que un lugar al que se llega, es la imposibilidad de llegar a lugar alguno: pero llegar a esa imposibilidad de un lugar al que llegar es ya un lugar al que se llega, por raro que esto, dicho así, pueda parecernos. José Enrique Lite Otazo acaba de publicar un libro que, de algún modo, y a pesar de su brevedad, o tal vez porque esa brevedad es justamente condensación de posibilidades, refleja algunos de estos caminos que permiten llegar al no lugar de la poesía. Los diecinueve textos que contiene conviven con otras tantas imágenes de diversos artistas en un diálogo que va más allá de lo que suele ser habitual en este tipo de libros “ilustrados”. Los poemas navegan en medio de las imágenes, las imágenes parecen respaldarlos o cobijarlos. Los poemas surgen como breves momentos de descanso en un mundo de imágenes inquietantes que el lector va dejando atrás como quien se interna en un bosque desconocido al filo del anochecer: todo un mundo crepuscular, de enroscados y obsesivos trazados lunares, subacuáticos, indescifrables, le sale al paso a quien avanza en la lectura de unos poemas que han querido respirar entre lianas, dejarse seducir por las salobres sustancias que los envuelven como paisajes de otro mundo que se hubieran incrustado de pronto en el nuestro.


Supiste que vivir es el título elegido para el libro. Una frase inacabada, como lo es siempre la vida. Una frase sin atributos, como lo es cada uno de nosotros, perdidos como estamos en esta época de preguntas sin respuesta y puntos suspensivos abiertos cada día entre abismo y abismo. El título refleja la paradoja de una certeza a la que se le ha sumado un vacío. Sabiduría y vida aparecen aquí unidas indisolublemente, pues no en vano el único saber importante, válido, parece decírsenos, es el obtenido por medio de la vida, en el mismo tráfico de vivir, en la baba y embriaguez de lo vivido. Y, sin embargo, por muy indisolublemente unidas que estén, su propio vínculo comporta un vacío: nos falta la respuesta a esa pregunta que nos hacemos y con la que abrimos el libro ávidos de respuesta. ¿Qué es vivir?  ¿Cuál es el significado de la vida? Esa pregunta que todo poeta se hace y que ninguno está en condiciones de contestar. La pregunta, por tanto, carece de sentido desde el momento en que se sabe que no puede ser respondida. Por eso, se diría, José Enrique Lite Otazo formula el título como una afirmación en suspenso: lo que falta es secundario, lo importante es ese saber adquirido en el periplo de vivir.


El primero de los poemas, que da título al libro, parece responder por un instante a esa pregunta, pero su respuesta es engañosa. La vida es un grito, nos dice. Un grito animal de desamparo. Debajo de ese grito está la sangre que hierve y debajo de esa sangre el cuerpo que no miente nunca y debajo de ese cuerpo los cuerpos de ceniza que se mezclaron con ese cuerpo nuestro y que conforman la sustancia del olvido sobre la que vuelve a brotar el grito. ¿Es este atroz juego de Sísifo la vida? En los siguientes poemas, José Enrique Lite Otazo irá desmenuzando sus razones o sinrazones sobre qué pueda ser el vivir, sobre el amor, cuya pasión de compañía encuentra su sentido “con tal de conseguir / que caminemos juntos / hacia ninguna parte”, sobre la fulgurante irrealidad de lo que llamamos realidad, sobre el sinsentido del estoicismo y la verdad incuestionable del deseo, ese mantra que no significa nada y que, sin embargo, parece contener todas las respuestas.


Se trata de un libro que debe ser leído –¿qué libro de poemas no?– con calma, dejando que las palabras vayan llegando hasta algún lugar dentro de nosotros por medio del diálogo y la confidencia. Es este tipo de lectura el que permite descubrir cuánto de decantación, de madurez, de lejanía y cercanía a la vez respecto de la propia existencia afloran entre estas páginas. El pasajero roto que habla en estos poemas ha traído de sus viajes una pequeña colección de imágenes que quizá puedan ayudarnos en nuestra propia travesía: las ha decantado, seleccionado, sin duda, de entre muchas otras, ha elegido las que mejor reflejan la rotura y el paso, la condición inmutable del viaje y la quiebra permanente del pasajero. En lo que aquí se denomina el “infame veneno del presente” se es incapaz de dar nada por perdido. Las pérdidas vienen después, cuando ese veneno se ha transformado en recuerdo, en una pócima tan sólo nominal, en la piel desechada por la serpiente que avanza sobre la piel siempre nueva del mundo. Saber que mereció la pena vivir, sobre todo si se vivió de acuerdo con lo que la vida probablemente es, es decir, pasión, inconstancia, arrojo, deseo, extinción, vacío, viene a ser como una ganancia añadida a la propia vida, uno de esos premios que, en una tómbola, recaen inesperadamente en alguien que, por haber jugado mucho, apenas quiso jugar ese día y que, sin embargo, en ese momento, comprende la importancia del juego cotidiano y guarda lo ganado para siempre, bajo siete llaves. O lo comparte, como José Enrique Lite Otazo, en un bello libro hecho para unos cuantos amigos.


* José Enrique Lite Otazo, Supiste que vivir, Ediciones Sin aquí, 2018.
   

miércoles, 14 de marzo de 2018

NODOS




FRENTE AL LLANO DE UCANCA

Ahora que,
por primera vez en todo el día,
ves un poco de azul
entreabierto en el cielo por encima
de las últimas nubes, después de conducir
por curvas siempre iguales a través
de la niebla de abril ─en este último
invierno de la isla sin inviernos─,
miras
todos esos caprichos que una vez fueron dones,
el llano estremecido bajo el paso
de las nubes que viajan tenaces sin destino,
las piruetas que traza, equilibrista, la lava
desde hace milenios
o la pasividad de las retamas,
cuya fuerza reside en saberse estar quietas cuando la niebla decide atravesarlas;
miras
lo que siempre has venido aquí a mirar
y sientes, por primera vez,
que no hay nada que ver, que todo
lo mirado otras veces no fue acaso mirado
o que un ojo que mira
es una forma de estar más cerca del abismo
donde no hay ojo ni abismo
ni retamas ni nubes ni volcanes ni nada.*


* "Frente al Llano de Ucanca" es uno de los cinco poemas míos que se han publicado en Nodos (Next Door Publishers, 2017), libro coordinado por Gustavo A. Schwartz y Víctor E. Bermúdez. 

lunes, 5 de marzo de 2018

LO QUE ELLOS VEN, LO QUE VEO YO

Lo que ellos ven, me temo, no se parece en nada a lo que veo yo. Ellos vienen a visitar a un hijo, su primogénito, de cuarenta y seis años, alguien que cuando era niño pasaba mucho tiempo encerrado en su cuarto, alguien que, es verdad, no tenía entonces demasiados amigos, pero que luego sí que tuvo unos cuantos. Vienen a visitar y a compartir el domingo con su hijo mayor, que vive solo y no duerme bien, que da clases y dedica su tiempo libre a escribir, y lo que ven es la confirmación de lo que saben: que vive solo y que no duerme bien, que a veces corrige exámenes y que dedica su tiempo libre a leer y a escribir. Lo que yo veo, en cambio, es la escisión, la fractura, el empozamiento, la discontinuidad. Veo la separación y la lejanía, la incomunicación y la distancia. Ellos ven la realidad a partir de un mapa que llevan incorporado desde hace muchos años y que apenas ha sufrido variaciones sustanciales. Yo soy incapaz de ver la realidad, veo sólo una sombra previa a las cosas, y los mapas los he ido tachando y corrigiendo durante mucho tiempo: no pueden ayudarme, ya no entiendo las tachaduras ni las correcciones. Vienen a visitarme y organizan un mediodía que es perfecto para ellos, y que tendría que serlo también para mí, y lo que resulta es un mediodía casi perfecto para ellos y una fuente incesante de preguntas para mí. ¿Cuándo dejó todo de ser como antes? ¿Qué podría yo hacer para volver a ser el que era? ¿Quién soy ahora? ¿Cómo recuperar el equilibrio, la fluidez, la proporción? Lo que ellos ven, cuando almorzamos juntos mientras el telediario escupe su ramillete de desgracias y estupideces, es a un hijo al que le ha ido medianamente bien en la vida, que disfruta de un puesto de trabajo fijo, alguien a quien la existencia no ha tratado demasiado mal pero que, para decirlo todo, no parece haber hecho demasiados esfuerzos por integrarse en ninguno de los modelos que ellos le han ofrecido y que, por este motivo, lleva una vida un tanto rara, con aficiones difíciles de compartir y con un modus vivendi que ellos, definitivamente, no acaban de entender del todo. Lo que yo veo, mientras compartimos el delicioso jurel al horno que mi madre ha preparado, es esto: los veo a ellos, a mis padres, muchos años después, los mismos de entonces y sin embargo tan cambiados, tan mayores, y me veo a mí mismo apartado, irreconocible, desfigurado, como un extraterrestre que, de pronto, hubiera ocupado mi cuerpo y al que ellos siguieran viendo como su hijo pero que ya no es capaz de sentir nada de lo que sentía antes, pues le han sido extirpadas las glándulas pertinentes, un ser solitario e incapaz de entender qué hace en cada momento allí donde está, por qué hace en cada momento lo que hace: un desastre, en definitiva, en todos los sentidos. Veo fisuras sin cuento donde ellos ven continuidad. Veo a alguien que debió haber llevado una vida diferente, o que cree haber debido haber llevado una vida diferente y que no entiende lo que le ocurre, alguien que extraña lo que no vivió y que se sepulta en el sentimiento de que no haberlo vivido lo convierte en un desgraciado y un abyecto. Lo que ellos ven, o lo que yo veo que ellos ven, es a alguien que persigue ciertas metas, poco claras o poco comunes, es verdad, pero que en cualquier caso ha demostrado su relativa solvencia a la hora de hacerse a sí mismo: alguien que podría haber sido incluso un buen marido, un buen padre o, llegado el momento, un buen abuelo, si la vida no hubiera elegido para él otros derroteros, menos convencionales. Lo que yo veo es un dibujo desquiciado, lleno de tachones, cuyo borrador apenas se reconoce bajo una maraña de rayas demenciales que se amontonan unas sobre otras. Ver eso es doloroso porque cualquier mirada querría ser correspondida con alguna reacción de la realidad. O quizá lo que duela es saber que lo que ellos ven es lo que ya no soy y lo que yo veo es lo que voy camino de ser. Me figuro que, mientras almorzamos y compartimos de postre unas naranjas, unos yogures, deberíamos ser como una piña, una trinidad perfectamente cohesionada, padre, madre e hijo enlazados por un cordón parecido al umbilical: seres conectados por una inefable corriente no destinada a debilitarse. Lo que siento, sin embargo, es que siempre estoy lejos, en otro lugar, fuera de allí, fuera de mí, ni aquí ni allá, ido o perdido, irrecuperable, oculto no sólo para ellos sino para mí mismo y para cualquiera, enfermo de impresencia, herido de alteridad, desubicado, hueco, insonoro, insípido. Alguien que no sabe nada y que no sabe ya a nada. Una especie de muerto en vida, pero, eso sí, con bastante apetito.    

lunes, 19 de febrero de 2018

LOS OLIVOS

En uno de esos días en los que las vacaciones aún no han empezado, pero ya están al caer, seguro que saben de lo que hablo: de cierta sensación de frágil libertad, de la conciencia de una expansión inesperada; en uno de esos días tan especiales, un hombre se sienta a tomar una cerveza en una terraza poco concurrida. Véanlo ahí, sin ningún misterio, provisto de una bolsa de gran tamaño en la que lleva dos radiografías de tórax –frontal y lateral, lo acostumbrado–, un libro, un estuche con sus gafas de sol, una factura. Todo vulgar, todo anodino, sin interés, sin gracia. Es por la tarde, a una hora ya avanzada en la que todavía hay luz natural para que ese hombre saque su libro, que ha comprado un par de horas antes, y lo empiece a leer. Así lo hace: véanlo. Ha hecho lo mismo otras muchas veces en su vida, y no hay nada que podamos subrayar de una acción semejante: quizá tan sólo la extrañeza cada vez mayor que produce ver a alguien leyendo en la vía pública, o simplemente leyendo donde quiera que sea, alguien que, sentado solo, no consulta su móvil sino que lee un libro. La terraza en la que ese hombre está sentado pertenece a un bar como tantos otros, uno de esos establecimientos pertrechados de una barra alargada, unas cuantas sillas altas y un camarero chino que prepara cafés de mala muerte o barraquitos. La luz afuera no es la mejor para leer. La singularidad de esa terraza reside en que quizá sea la única de toda la ciudad situada bajo una fila de olivos. Seis olivos –y el hombre que lee intenta recordar en vano otros olivos plantados en la misma ciudad– jalonan el comienzo de una de las calles comerciales más transitadas. Un poco más allá, la plaza que todas las guías consideran la más bella del lugar, o al menos la más animada, un rectángulo ajardinado cuyo centro ocupa una fuente a la que parecen haberse encaramado unos cuantos ángeles sonrientes. En uno de los bancos que conviven con las mesas de la terraza está sentado otro hombre, alguien a quien podría considerarse el prototipo del desheredado propio de esta ciudad: enjuto, con camisa de manga larga de una talla mayor que la suya, casi siempre de rayas, con la piel tostada, el pelo corto, aceitoso, la nariz afilada, enrojecida, entre treinta y cincuenta años, con un cigarrillo colgando de la mano izquierda, que cae sin gracia por fuera del apoyabrazos del banco, la mirada perdida, la otra mano entretenida en dar golpecitos periódicos al respaldo del banco con una vaga finalidad musical que materializa con el sonido metálico de lo que podría ser quizá un anillo o, mejor, una pulsera. Un tintineo que llega a ser cansino y que constituye un trasfondo típico para ese momento y ese lugar precisos. La musiquita. Después de un rato, ese hombre se levanta, tira al suelo la colilla, agarra con ambas manos, por encima de su cabeza, una de las ramas del olivo, se sostiene de ella como si de una barra olímpica se tratara, se estira, y el entumecimiento parece consustancial a su cuerpo, un cuerpo que podría llevar quizá horas sentado en ese banco, abandonado a la cadencia de una mano que golpea la madera y le saca una canción con un anillo de bisutería. Todos agradecen, de algún modo, que ese hombre se vaya, pues había llegado a resultar cargante su musiquilla sin encanto. El otro, el lector, ha guardado su libro, quizá porque ahora sí que ya apenas hay luz para leer. Véanlo cómo se dedica a seguir la estela de la gente que pasa: jóvenes con camisetas que les llegan a las rodillas y gorras que les ocultan buena parte de la cara, mujeres de mediana edad que llevan en el rostro, marcada a fuego, la oportunidad desvanecida años atrás, parejas de ancianos que deambulan como si la vida pudiera llevarlos todavía a otro lugar, hombres solitarios que no desearían volver nunca a sus casas por miedo a encontrarse con su propia sombra recostada en el sofá. Silencioso, en la mesa de al lado se ha sentado otro hombre, uno de esos solitarios que piden una cerveza, pasan quince minutos distraídos mirando también a la gente que pasa y luego se van como si su presencia allí hubiera sido tan etérea como la de un fantasma. Los olivos dan más sombra que otros árboles: parecen comerse la luz que los rodea. Esa terraza es como la avanzadilla de la oscuridad, de lo que ocupa luego, poco a poco, sigiloso, el resto de la calle, la plaza, los rostros. Quienes allí se sientan parecen sufrir algún tipo de mutismo. En la mesa de al lado, junto al lector que ya no lee, una anciana conversa, pero conversar es en este caso un decir, con una mujer de mediana edad. Esta última no habla, escribe la parte que le corresponde en el diálogo en unos papeles que va arrancando y que la anciana lee en voz alta antes de contestarle. Padece, al parecer, las secuelas de una operación de garganta, pues a veces se le oye una voz ronca, muy impedida, que la anciana casi parece incapaz de escuchar, pues con frecuencia la instiga a ofrecerle más papeles, escríbemelo, dice, pónmelo por escrito, le grita, y la mujer de mediana edad vuelve a coger el taco de papeles y escribe con letra no siempre inteligible –“¿qué pone aquí?, ¿ansia?, entonces le faltaría una i”– lo que quiere decir. No hay forma de saber qué piensa el hombre que ha guardado su libro, quizá no piensa en nada, quizá se siente tan vacío como el tórax de la radiografía, un mero armazón de huesos enganchados los unos a los otros con carne delicuescente dentro, algo que podría no estar ahí, una imagen adherida al papel fotográfico de la vida. La cerveza está deliciosa, bien fresquita, y eso que es de la marca local que tantas decepciones le ha procurado. Estirarse y colgar de un árbol, de un olivo, en concreto, eso sería lo que quisiera hacer, repiquetear obstinadamente la canción y luego irse con la música a otra parte, como aquel, como el desheredado que se marchó de allí tambaleándose. Los olivos son árboles que inspiran calma, comunión. Arrancarse de ellos es arrojarse a la ciudad. Se estaba tan bien allí, pensó. Recuérdenlo.

domingo, 11 de febrero de 2018

ACURRUCADO

No fue hasta mucho después cuando se dio cuenta de que llevaba horas en la misma posición. El tiempo se le había pasado volando. No, quizás, porque hubiera estado entretenido en nada –pues nada había hecho desde que había llegado allí–, sino porque, de alguna manera, el haberse quedado quieto, inmovilizado, en una posición intermedia entre estar en cuclillas y arrodillado, semiescondido entre dos arbustos, había tenido para él el efecto de olvidarse de sí mismo: y olvidarse de uno mismo es uno de los modos de conseguir que el tiempo desaparezca o se transforme. Sobre cómo llegó hasta allí no sabe nada. Se encuentra en un lugar indeterminado del barranco que une la ciudad con la cumbre, cerca de una de las grandes curvas que la fuerza del agua ha trazado durante milenios. Hay un bosquecillo de arbustos en uno de los laterales del cauce y ahí se encuentra él, entre acuclillado y de rodillas, vestido con pantalones vaqueros y una chaqueta gris bastante envejecida, como las que se ponía de adolescente y no se quitaba casi ni para dormir. Mira las piedras del lecho. La tierra humedecida. Hierba temblorosa. Hormigas que acuden en fila a rematar el cadáver de alguna abeja o escarabajo. Recupera recuerdos de anoche, sabe que se internó entre la multitud que bailaba en la primera noche del carnaval: esa forma ondulante de atravesar las calles abarrotadas le hacía regresar a lo que en sus primeras veces, en sus primeras salidas de carnaval, le había hecho sentirse devorado por la multitud y a la vez aislado dentro de ella, poseído y desposeído al mismo tiempo, como un alma en pena que busca su cuerpo entre los cuerpos o como un animal acorralado que intenta escapar de sus depredadores. Ahora, tantos años después, las sensaciones son otras, y todo se ha vuelto más lúdico, menos serio, como un reto que se precia de lanzarse a sí mismo para saber de qué será esta vez capaz, si podrá como entonces ir hasta el final de la muchedumbre que baila y regresar a través de los quioscos, deteniéndose en algunos de ellos para absorber el carácter de cada uno, el ambiente que lo define, cada quiosco con sus peculiaridades, sus enseñas y blasones, su público, su música. Como otras muchas veces, recorría aquellos vericuetos sin disfraz alguno, vestido de calle, con esa chaqueta que reservaba para este tipo de noches, una chaqueta que guardaba en casa de su madre y que lo transformaba en una especie de vagabundo, un ruinoso ejemplar de buscavidas que, al pedir un ron en uno de los quioscos, miraba con desgana al camarero y amagaba con no pagar su consumición, aunque al final colocaba sobre el mostrador de metal tres euros o cuatro, lo que costara, sin mirar otra cosa que su vaso de plástico, concentrado en el sabor dulzón del ron barato y perdido en las circunvoluciones de la música mezclada con la brisa que soplaba desde el mar. Ahora, acurrucado entre los dos arbustos que lo protegen de las ráfagas de viento frío, no recuerda cómo llegó hasta allí, si lo trajo alguien en coche o vino caminando desde la parte baja de la ciudad. En épocas menos solitarias de su vida, cuando jugaba a la promiscuidad y todas las noches terminaba en distinta compañía, alguna vez había conducido o sido conducido hasta aquellos parajes, por la carretera que bordea el barranco, para encontrar un lugar en el que beber la última cerveza o mantener relaciones sexuales. Recuerda el frío de la capota del coche contra su espalda desnuda y un cuerpo, o muchos cuerpos, incapaz, incapaces de brindar el calor suficiente para contrarrestar aquella tiritera. Recuerda recodos apartados en los que era fácil retirarse de la vista de cualquiera para abandonarse al más salvaje de los actos. Ahora, sin embargo, se encuentra solo, y sin coche, en el interior del barranco, entre dos arbustos, sin saber cuánto tiempo lleva allí, como si hubiera llegado por sus propios medios para escapar de algo o para esperar a alguien. Más arriba, lo sabe por sus otras visitas, hay unas casas dispersas, en las laderas de las montañas, en las que viven familias poco sociables, incluso algún individuo introvertido que de vez en cuando baja a la ciudad a comprar alcohol para sus noches en vela. En el tiempo que lleva sin moverse de allí no ha pasado ningún coche y el único movimiento ha sido el de un par de conejos que, bajo la luz indecisa de la luna, ha visto deslizarse entre las piedras del barranco, sus cuerpos de lana plateada como monedas que la cumbre lanza a la ventura de los barrancos. Un poco más adelante, en el lado contrario, hay una hacienda que nunca supo si estaba habitada o no, un lugar con un portón junto al que alguna vez vio coches aparcados, quizá visitantes ocasionales de fin de semana, o cuidadores de cultivos no siempre prósperos, pero que ahora parece completamente silencioso, incluso lóbrego. Se mira los zapatos y los encuentra sucios, no sólo manchados de bebidas y meados, sino cubiertos de polvo, lo que le hace pensar que debió de llegar allí a pie, incluso por medio del barranco y no tanto por la carretera, como si en algún momento de la noche festiva hubiera decidido cambiar de aires, buscar la soledad, echar a andar por el barranco, refugiarse en un bosquecillo de arbustos. Se imagina estar esperando a alguien, quizá tras concertar una cita a través de alguna aplicación de móvil. O, simplemente, agazapado para saltar sobre el primero que pase, aunque sabe que, aparte del susto, sería incapaz de causar daño alguno a hombre o a mujer. Lo más probable es que se encuentre a la espera de una experiencia cuya condición desconoce: un ruido proferido por alguien, el derrumbe de un risco, la aparición de una cabra asustada, la comparecencia de un ser humano parecido a él y la subsiguiente conversación como si ambos se conocieran desde hace mucho tiempo. Cualquiera de esas experiencias, se dice, le valdría para justificar su presencia allí, probablemente debida a su cansancio de la fiesta, a la idea de que la transformación de lo festivo en una convención perfectamente previsible conlleva el desencanto y conduce al desvío, a la búsqueda de una contrafiesta, en el envés de la ciudad, es decir: a quedarse quieto en mitad de un barranco en medio de la noche. De su estancia allí tampoco recuerda apenas nada, como si no hubiera ocurrido nada, salvo el transcurso apacible de las horas. En algún momento debió de apagarse el fragor de la música, el griterío de la gente debió de quedar definitivamente a sus espaldas, y entonces comenzó un silencio por el que se dejó envolver con sumisión: no había que hacer nada para sentirse mejor, sólo estar allí sin moverse, permanecer a la escucha sin nada que escuchar, pese a los mil pequeños ruidos de la noche, y sin nada que ver, pese a los mil destellos de la luz de la luna diseminada alrededor. Fue entonces cuando, sumando todos esos pequeños ruidos, esos destellos, los olores y las sensaciones de todos sus sentidos, llegó a la conclusión de que llevaba mucho tiempo allí, gran parte de la noche, y que quizá no faltara demasiado para el amanecer. Su posición no había cambiado, su mirada había permanecido, quizá por efecto del alcohol o de alguna otra droga consumida, fija en lo que parecía un montículo construido para separar el barranco de la entrada a la hacienda abandonada. A veces, por el rabillo del ojo, veía las piedras del barranco, la tierra humedecida, hierba temblorosa, hormigas que acudían en fila a rematar el cadáver de alguna abeja o escarabajo. Veía y escuchaba como si lo más importante estuviera por llegar. Un coche en el que viajaran cuatro jóvenes, uno de los cuales iba a ser violado y asesinado y cuyo cuerpo iba a ser lanzado al barranco, unos metros más allá de donde él se encontraba. Los aullidos de una perra parturienta perteneciente a la hacienda. Un chubasco que duraría diez minutos y que haría brillar con más viveza el lecho del barranco. Un cuerpo joven que aparecería desnudo por la carretera, con los jirones de un disfraz enredados en la cintura, y que se tumbaría a dormir en medio del asfalto. Pero lo cierto es que cualquiera de esas apariciones o epifanías, improbables aunque no imposibles, lo hubiera perturbado y hubiera deshecho el instante infinito de su bienestar, de su estar allí acurrucado entre dos arbustos en medio de un barranco en lo más profundo de la noche.