jueves, 9 de noviembre de 2017

EL ACCESO

Como si se tratase de una de esas visiones que sólo se tienen en el lecho de muerte, del modo más tardío e inesperado, un día, sin buscarlo, dio con el acceso al submundo en el que vivían los puniti, esos seres que cantan con la boca cerrada y viven atados a las raíces de los árboles. 


Era una de esas tardes nebulosas, típicas de la ciudad. Se había levantado algo de viento. Durante unos minutos vio el agua de la dársena precipitarse contra los diques, sin salida. Los pocos paseantes se tapaban los cuellos porque el aire llegaba de través, no de frente, y era viscoso, grasiento, como si contuviera trazas de petróleo. Los hoteles, o al menos sus terrazas, lucían, sin embargo, esplendorosos, llenos de turistas de mediana edad que parecían disfrutar de un clima apacible. Deambuló por entre las distintas terrazas, con su típica figura de personaje poco sociable, mirando sólo de reojo a un lado y a otro no fuera a encontrarse de pronto con algún viejo amigo dispuesto a darle la tabarra. Ese día no había trasatlánticos estacionados en el puerto, sino buques de carga: era una de esas tardes grises, comerciales, en las que la ciudad no es sino un apéndice del puerto, sin que el puerto tenga, por el contrario, nada que ofrecerle a la ciudad. Dos mundos paralelos que no se tocan ni se conocen, pero que fluctúan el uno hacia el otro y que no podrían existir por separado. 


Fue justo en el límite entre ambos, en algún lugar de esa avenida construida para delimitar el final de la ciudad y el comienzo del puerto, o viceversa, donde encontró la entrada al mundo subterráneo donde vivían los puniti. Como casi todo el mundo, había oído hablar de ellos, conocía algunas de las leyendas que les contaban los padres a los hijos, pero nunca imaginó que un día podría encontrar un acceso a ese trasfondo que para los habitantes de la ciudad era siempre un tabú, un misterio, un mito. Los puniti, se decían, eran los responsables de que la ciudad supurara casi siempre esa extraña inestabilidad que sólo quienes vivían en ella desde niños alcanzaban a identificar con claridad: había lugares que parecían succionar lentamente a quienes allí se detenían, había zonas que, al atravesarlas, producían leves mareos, aprensiones. También se atribuía a los puniti el zumbido permanente que buena parte de los residentes sentía, un ronroneo que a algunos acababa desquiciando y que la mayoría creía debido a causas fisiológicas, a desarreglos mentales. En fin, nunca se sabrá cuándo comenzó la costumbre de trasladar a determinadas personas, acusadas de puniti, al subsuelo de la ciudad. Tampoco se sabía bien quién lo hacía, con qué medios, bajo qué órdenes.


Lo cierto es que los puniti, en esas raras circunstancias, debido a la incomunicación y al contacto con los miasmas del mar y del subsuelo, habían desarrollado la capacidad de cantar sin abrir la boca –que les era escrupulosamente cosida al ingresar en su cautividad–, no estaba claro si para comunicarse entre ellos o para provocar una molestia sutil pero constante en la ciudadanía que los había condenado a vivir bajo tierra. Para evitar que los puniti se escaparan se los había sometido a otra humillación: se les dejaba crecer el cabello, que era atado fuertemente a las raíces de los árboles plantados por toda la ciudad. Había quien decía que había tantos puniti como árboles y que cada vez que se arrancaba un árbol, lo que ocurría con frecuencia, se debía a la muerte de un punito. De hecho, el zumbido que producían llegaba en ocasiones a ser tan punzante –aunque había quien ni siquiera lo notaba– que su intensidad sólo era achacable a un número elevado de individuos.


Por eso, encontrar la entrada al reino de los puniti fue para él, aquella tarde, como una especie de regalo envenenado. Había entrado en un pequeño jardín por imperativas necesidades fisiológicas. Fue allí donde encontró la rejilla. Miró por ella y vio el acceso. Llegó a pensar, mientras bajaba por una mohosa escalerilla de metal, si acaso no era así como ingresaban los puniti al mundo del subsuelo: por propia voluntad, por azar. Estaba en medio de un oscuro laberinto. Se alumbró con la linterna del móvil y echó a andar. Creyó que sentía cierto alivio, que el zumbido no resultaba tan molesto allá abajo. Quizá los puniti no fueran, al cabo, sino una invención de las autoridades para atemorizar a la población. O acaso hubieran existido alguna vez y no fueran ahora sino parte del pasado. Quizá, se dijo, el zumbido, los mareos, el malestar, todos aquellos padecimientos, no fueran al cabo sino los estigmas de lo que una vez existió. Siguió andando. Las paredes, húmedas, exhalaban salitre. Sabía que del otro lado estaba el mar. 

Unos días más tarde encontraron su cuerpo entre los tetrápodos, sin dientes, como si se los hubieran arrancado uno a uno las olas.   

martes, 31 de octubre de 2017

EL DESPACHO

Lo llevan en volandas al despacho del nuevo catedrático. Más que un despacho, el lugar parece la sala de reuniones de un consejo de administración. El nuevo professor doktor viene del oeste. Es joven, de unos cuarenta años. Rubio, pálido, lampiño. Parece estar muy contento en su nuevo destino. Su sonrisa no se le borra ni un solo segundo de la cara. Durante los siguientes tres años, permanecerá allí, imperturbable (la sonrisa), pero no habrá más conversaciones entre ellos. La primera y única charla bastará para que el nuevo catedrático sepa que no tiene nada que compartir con el lector de español recién llegado. Su castellano es pulcro (aunque posiblemente menos pulcro que su francés o su italiano) y manifiesta admirar la prosperidad económica y la salud democrática de la España de la última década. Las relaciones bilaterales son inmejorables, de lo que es muestra inequívoca el lector enviado por el gobierno español para desempeñar sus funciones en la universidad, es decir, usted. Desde el gran ventanal del piso 24 de la torre de la universidad se divisan grandes extensiones de land, palabra que el lector de español, ese que acaba de ser calificado como "muestra inequívoca" en impecable castellano, aprenderá mucho más tarde y no comprenderá nunca del todo. Comienza una nueva era. Gentes de todas partes –y no sólo, como antes, de los países del orbe comunista– van llegando a la ciudad, que, en torno a una universidad volcada en recobrar el prestigio de otras épocas, está a punto de convertirse en un pequeño enclave cosmopolita. Van a suceder muchas cosas allí y quienes ahora mismo conversan en este despacho –mientras toman, sin duda, un café preparado por el asistente del catedrático en una de esas máquinas instaladas en los pasillos de todas las plantas– asistirán tan sólo a algunas de ellas, pero se creerán con todo derecho protagonistas de un tiempo nuevo. No tienen gran cosa que decirse, ni lo harán durante los tres años siguientes y, sin embargo, cada vez que se vean sabrán que comparten un momento histórico, que se encuentran asistiendo a una nueva era del mundo occidental y que, por poco que observen, percibirán una ingente cantidad de novedades que tan sólo una década después formarán parte de la vida cotidiana de los europeos. El nuevo catedrático parece ser uno de esos expertos en las partículas adverbiales del español medieval, especialidad que compagina con el estudio de la evolución de los verbos irregulares en el francés del Renacimiento: cualquier pequeño matiz de la lengua es percibido con el respeto y la admiración de, por ejemplo, un entomólogo que se enfrentase a un ejemplar intacto de una especie rara de mariposa tropical. Mientras conversan, el lector se sabe escuchado con un interés que va más allá del sentido de sus insulsas palabras: es en ese instante objeto de estudio, material para un futuro artículo sobre las variedades prosódicas del español meridional actual. Y, a pesar de eso, siguen conversando como si nada. Unos minutos antes, en uno de sus primeros intentos de hablar alemán, ha sido bruscamente corregido por una de las asistentes de otro de los catedráticos, una joven licenciada leonesa, por no haber colocado al final de la oración, después de los complementos, el participio verbal. Terrible cosa que delata el nulo o escaso dominio de la lengua por parte de un lector recién nombrado por el ministerio en cuyos méritos debió de haber figurado el conocimiento de la lengua del país receptor. Esto huele a chamusquina, habrá pensado la asistente, que algunos años más tarde mantendrá una sonada relación con otro catedrático, ya en otra universidad, en el oeste. Aunque esta es otra historia, es evidente que por entonces nuestro lector de español ya sabía el suficiente alemán como para enterarse de chismes (y hasta para propalarlos). En fin, que el nuevo professor doktor, con su piel reluciente de nórdico de pura cepa, se recuesta en el sillón de oficina y mira hacia una mesa impoluta sobre la que en los próximos tres años redactará informes, corregirá trabajos, preparará clases y acuñará conceptos novedosos para el estudio de la sintaxis del aragonés occidental del siglo XI. El lector de español mira por la ventana y observa quizá una grulla que se posa a lo lejos, en la margen derecha de un río sin nombre, en una breve pausa en medio de la gran migración.     

jueves, 12 de octubre de 2017

LA MARAÑA

Lo que de lejos parecía un bosque resultó no ser sino una maraña. Escaló el terraplén agarrándose del tronco ralo de un arbusto. La maraña lo acogió como un cuerpo enfermo recibe otra enfermedad: las dos enfermedades se mezclan hasta convertirse en una dolencia sin nombre. Intentó buscar algún camino. Anduvo algunos metros, pero enseguida lo detenían las ramas impenetrables, los troncos atravesados, la espesa coyuntura de todo tipo de ramajes partidos que impedían el paso. Fue en otra dirección. Pensó que había tenido más suerte, pues por allí parecía haber un camino, pero a los quince o veinte metros se encontró atrapado, incluso sin saber muy bien cómo salir de aquel embrollo, pues los últimos metros los había dado apartando ramas insidiosas, doblándose para introducirse en medio de las estribaciones e incluso dejando que las estrías de los troncos le rozaran las piernas para poder ir un poco más allá. Se dio cuenta de que en la maraña no había caminos. Que era una insensatez intentar avanzar tropezándose cada vez con más obstáculos, pues en algún momento se vería imposibilitado de seguir y quizá ni siquiera podría volver atrás. Quedarse allí, en medio de una maraña que de lejos parecía un bosque fascinante, descubrir en el corazón de lo impenetrable que nada de lo que había previsto era como lo había previsto, que no había allí ningún estímulo para la sensibilidad ni para la razón, quedarse allí parado, en medio del falso bosque, en la desabrida maraña, era otro modo de perderse, perderse ahora sin ninguna esperanza de encontrar nada, perder incluso el sentido de la propia pérdida, y no simular ya que pudiera haber siempre algo tras de lo cual partir: aceptar que la maraña era un lugar sin ningún camino, sin pretensiones, sin misterios, sin nada por descubrir, sin emociones que sentir dentro de él, sin merodeos por los que aventurarse, sin experiencias dignas de ser vividas. La maraña era como un lugar al que se llega después de haber experimentado algunas de esas cosas sin demasiado entusiasmo, un lugar para purgarse o para no equivocarse demasiado, para detener lo que nos incita a desvivirnos y para desvanecernos, de algún modo, como sujetos de cualquier vivencia. La enfermedad que se trae, si no del todo original, sí al menos originada en fases concretas, anteriores, de la vida, se mezcla allí con una dolencia nueva, la de la incapacidad de hacer nada se vuelva uno hacia donde se vuelva, una especie de inmovilidad en medio de un paisaje vacío de tan lleno, desolado de tan espeso. Pensó en el coche que había dejado en el borde de la pista de tierra y no estuvo seguro de que fuera a estar allí a su regreso. Imaginó que al llegar lo vería rodeado por tres o cuatro asaltadores de caminos –¿dónde si no iban a operar los asaltadores de caminos sino en un lugar como aquel?–, gentes con la cara embadurnada de esa capa de tizne que en algunas personas parece instalarse allí, amenazadora, sórdida, desde que son niños. Mientras estaba en medio de la maraña, le dio por pensar que alrededor de su coche iban a congregarse los habitantes de aquellas regiones perdidas y que, mientras él permaneciera atrapado en su interior, practicarían rituales propiciatorios de la fertilidad, bañarían su coche de leche recién ordeñada, se subirían a la capota y copularían los unos con los otros mientras su coche chirriaba junto a la hierba segada. Creyó que era su presencia dentro de la maraña, la prohibición que con ella había transgredido, lo que desencadenaría unos rituales que llevaban tiempo sin practicarse en aquellas tierras altas. Supo que en cuanto él llegara al coche aquellos campesinos se dispersarían. No creía ya que fueran asaltadores de caminos. Le fascinaba más pensar en unos rituales invocatorios de la lluvia, en unas ceremonias solitarias provocadas por su profanación de la maraña: veía desde allí dentro los cuerpos desnudos, las penetraciones compulsivas, la leche derramada sobre la chapa negra del coche. Para abandonar la maraña hubo de regresar al terraplén desde el que había accedido, agarrarse de nuevo al tronco del principio y dejarse caer al camino que desde abajo parecía terminar en un bosque. Bajó apesadumbrado todo aquel camino cubierto de espigas. A un lado y a otro se veían tierras de labranza hacía mucho agostadas. Llegó a la pista forestal. Caminó aún un buen trecho hasta llegar a su coche. Este brillaba tanto en medio de los árboles que le pareció un objeto mágico, un tótem, los restos de un altar de obsidiana. Nada había ocurrido a su alrededor, sino tan sólo en su mente. Todo era como antes de emprender el camino hasta el bosque que había resultado no serlo. Lo único que había cambiado de sitio era la maraña, que ahora se movía con él en el coche.   

miércoles, 11 de octubre de 2017

jueves, 28 de septiembre de 2017

LOS FANTASMAS (O EL HOMBRE SENTADO EN UN BANCO)


Lo bueno –o lo terrible– de llevar mucho tiempo sin vivir en un lugar es que, poco después de regresar, un día, de pronto, empiezan a aparecer fantasmas. Esos fantasmas se parecen a personas que en otro tiempo, reales, uno frecuentaba. Creo poder afirmar que se ponen de acuerdo para aparecer todos el mismo día, uno de esos que están a punto de terminar sin mayores novedades, un jueves como el de hoy, por ejemplo. Entonces, cruzando un paso de zebra de la avenida marítima, se nos materializa una pareja de ancianos que en nuestra otra vida –si podemos hablar así– fueron los padres de un amigo del colegio, un compañero que alguna vez nos invitaba a merendar en su casa, en el salón comedor que ostentaba un piano de pared y unos ventanales con vistas al puerto, y en el que su madre, por entonces una mujer de treinta y cinco años, nos servía unos bizcochos que parecían acabantes de sacar del horno mientras nos sonreía desde su juventud recién abandonada. Ahora va cojeando del brazo del marido, que arrastra los pies, mientras la avenida ha sido literalmente tomada por hordas de practicantes del footing y del running que confrontan sus miradas perdidas con una ciudad que parecen no reconocer. ¿Serán ellos también fantasmas? Si acaso lo son, no pertenecen a la misma especie que los otros, pues aquellos, los ancianos que fueron un día los padres de mi amigo, o esta otra pareja igual de mayor que pasa ahora junto a las antiguas instalaciones del casino, son fantasmas personales, quiero decir, seres que una vez existieron y que quizá todavía sigan existiendo en lo que llamamos realidad, mientras que esa masa anónima de incivilizados corredores son fantasmas, diríamos, advenedizos, refractarios a cualquier identificación con un mundo precedente; es más, son fantasmas sin rostro, descabezados, a los que apenas si se les ve una espalda cubierta con un chándal sucio y prolongada por extremidades desproporcionadas. La ciudad misma, el espacio en el que todas estas apariciones tienen lugar, está cubierta de una pátina de alucinación: el puerto navega perdido entre los contenedores, las grúas levantan los brazos como pidiendo auxilio, unas plataformas petrolíferas amenazan con volver más negro el cielo de la noche negra y donde antaño hubo una estación de viajeros hay ahora luces fluorescentes que anuncian la celebración de una fiesta privada. Todo está patas arriba y todo está a la vez como revitalizado. Las antiguas categorías no nos sirven para describir lo que pasa. Nos detenemos en medio de esta marabunta de fantasmas desaforados y no nos damos cuenta de que estamos ocupando un carril bici por el que vienen a toda velocidad unos faros que se nos clavan en los ojos. En el barranco crecen lo que en algunos relatos rioplatenses llaman yuyos y cuyo nombre local hemos olvidado o quizá nunca supimos. Sentado en un banco solitario, cerca de la sede de los prácticos del puerto, un hombre delgado fuma junto a un hato en el que parece llevar resumida su vida. Los fantasmas pierden por un momento su preponderancia. Frente a esa figura salida de una novela, o llegada desde un país muy lejano, quizá nórdico, los fantasmas se desmaterializan y toda la luz mental de este instante recae en ese personaje aparentemente anodino que parece descansar de un largo viaje. Quiere contarnos una historia, estoy seguro. Pero o bien nosotros no tenemos tiempo para escucharla o bien son demasiado estridentes las voces que nos rodean, las voces de todos estos fantasmas que parlotean sobre sus fútiles vidas. Otro día, si está sentado en el mismo banco y si la fiesta privada no se lo lleva por delante, hablaremos con él, nos sentaremos a escuchar su historia y nos hablará de una hija a la que perdió en un accidente ferroviario, o de su primer amor, hace más de treinta años, una iraní a la que conoció en una discoteca de Roma y que años después regresó a su país para cuidar a sus padres –y él nunca la ha olvidado, aunque no volvió a saber de ella. Nos contará también sus aventuras en un barco que hacía la ruta entre Trinidad e Isla Margarita y en el que llegó a formar parte de un cártel que traficaba con drogas sintéticas. La historia de su vida, a falta de alguien que la escuche, se disuelve por ahora entre el enjambre de muertos vivos que abarrotan las calles. Algún día me gustaría ser, en una ciudad como esta, pero en la que no se hable esta lengua, en la que nadie pueda entenderme, en una ciudad de otro océano, dejada de la mano del tiempo, como esta, un personaje sentado en un banco junto a una fiesta privada, fumando mientras piensa en lo que dejó atrás, un personaje que recuerda un relato escrito hace mucho en el que un hombre estaba sentado en un banco rodeado de fantasmas.

lunes, 25 de septiembre de 2017

UNA PETICIÓN AL PRESIDENTE CLAVIJO

Hoy he creado mi primera petición en la plataforma www.change.com. El texto es el siguiente: 

Presidente Clavijo: dentro de poco tendrá usted que nombrar al jurado que fallará el Premio Canarias de Literatura 2018. Con esta petición los abajo firmantes queremos transmitirle nuestra más firme convicción de que este año debería elegirse un jurado independiente, cuyos miembros no sean los mismos que año tras año, trienio tras trienio, década tras década, desde tiempos inmemoriales, vienen fallando ese premio sin las más elementales garantías de ecuanimidad, justicia, atención a los méritos objetivos de los candidatos e independencia de criterio (véase si no la errática trayectoria del premio, los importantes escritores que no lo han recibido, la escasez de voces femeninas galardonadas, el desprestigio que todo esto ha conllevado, etc.). La presencia a título prácticamente vitalicio de escritores como Juan-Manuel García Ramos, Juan Cruz Ruiz o Justo Jorge Padrón en el jurado del Premio Canarias de Literatura no favorece la transparencia y la imparcialidad con las que un galardón tan destacado debería ser fallado. Creemos que tiene usted ahora una oportunidad inmejorable para renovar completamente el jurado de este premio y que, por el bien de las letras insulares, debería aprovecharla.

Si crees que debes firmar, puedes hacerlo aquí

viernes, 15 de septiembre de 2017

EL LETARGO, VERSIÓN KINDLE

Es un placer anunciar que mi libro El letargo ya está disponible también en versión Kindle. Puede conseguirse en este enlace.

jueves, 14 de septiembre de 2017

CREPÚSCULO

Me pregunté si me quedaba

algo más por hacer: palpar,

coser, dejarme ir

hacia la luz

por la calle que llevaba hasta el colegio,

y si no bastaba con rodar

hasta que la luz misma pusiera

fin a mi desubicada

memoria,

por un día no fiel

a circunstancias del pasado,

sino al círculo mismo

que sobrevuela el ojo corroído

por la pantalla dorada

de lo que antiguamente llamábamos crepúsculo,

ahora ya una imagen

incomprensible para el ojo

que, sin embargo, persigue

el señuelo de aquello

que una vez aprendió,

un saber que ahora espera

nacer de nuevo despojado

de aliento, y mientras tanto

la noche despedaza

la lengua que, sin saber,

se acomoda debajo de la lengua.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

NOCHE DE REYES


Mecánica de niebla y de silencio
en la afásica zona de diciembre
en que el candor perdido,
transformado en una cáscara sensible,
se desdibuja bajo nuestros rostros,
los rostros de los hijos huérfanos
de la mendacidad
de las sonrisas huecas. ¿Cuántas
pollas caben, me pregunté,
en ese coño ebrio, cuántas omisiones
resiste aún el ano complaciente,
cuántas vísperas faltan
para la alocución definitiva,
preguntaste?
Y voy a a responderte, a respondernos:
caben, resisten, faltan
todas las pollas, omisiones, vísperas
(respectivamente o no)
que ahora mismo dilatan la impaciencia
de quienes nunca supimos
hacer otra cosa que separarnos
de la muerte ajena,
rezagarnos en la minucia restallante
de los intersticios (¿viste?),
tozudos como alimañas apostadas
en el umbral de un suceso
siempre aplazado, siempre
intempestivo (¿me comprendes?),
justo este instante
de niebla y de silencio
del que nunca podremos escapar.

lunes, 4 de septiembre de 2017

MONTE DEL AGUA



No sé qué escribí entonces, aunque podría releerlo. Está publicado en un librito de pobre factura y escasa difusión. Creo que se trataba de una especie de relato sin continuidad, quizá la primera muestra de este tipo de escritura que me aventuré a practicar después de muchos años componiendo poemas en razón de una fórmula que, como todas las fórmulas, acabó por revelarse fallida y castrante. Quizá el truco estuvo, aquella vez, en no partir de un momento vivido, sino justamente de algo no vivido, de lo que había quedado encapsulado en el revés de lo vivido y que, precisamente por eso, era más intenso, se desataba con menos rigor, se desparramaba casi libremente por la página. Relato sin continuidad quería decir que los personajes, si los había, no representaban sino el armazón sobre el que se sostenían las sensaciones descritas, las conversaciones inventadas, las capturas silenciosas de los rostros al trasluz. No recuerdo tampoco en qué condiciones tuvo lugar el paseo real que engendró aquel relato, si el día era nítido o si, por el contrario, dominaba la niebla. Supongo que, si no la había, niebla, quiero decir, el relato la habría inventado. Qué mejor que la niebla para revelar lo discontinuo, lo amasado en el torpor de un intercambio sin fisuras, lo deshilachado a lo largo de los pasos dados por los excursionistas. El Monte del Agua es como un turgente pezón humedecido por un deseo innombrable. Se entra en él como si no fuera a salirse de él. Cuanto más se adentran los pasos más oscuridad se cava y más humedad se respira: se diría que fuera a entrarse en el ombligo del agua, en la fosa de la negrura última y, sin embargo, también la oscuridad se respira y también el agua lo cubre todo allí, del modo más sutil, como si se mezclaran, apenas indivisas, agua y oscuridad, lo húmedo y lo tenebroso, ombligo y pezón, raíz y nervio. Aquel relato sin continuidad que recogía una aventura posadolescente que posiblemente yo mismo, y menos con las herramientas de que por entonces estaba dotado, ni siquiera había comprendido bien no debió haber figurado nunca en aquel librito de pobre factura, compuesto, sin embargo, por otros textos algo menos endebles, un pequeño adelanto de lo que por entonces me encontraba escribiendo. Es curioso cómo la memoria construye o deja que se construyan en ella lugares que no han existido sino en un mapa muy distraídamente trazado. Las curvas, por ejemplo. Son las mismas que entonces. Dos o tres curvas que parecían sacadas de aquel relato que no he querido releer y que dibujan en el interior de lo recorrido el sentido sinuoso del bosque, sus recovecos cada vez más escondidos, su ascenso en espiral, la serpiente que se retuerce debajo de los pies. Y algún claro, también. Uno de esos huecos en los que los árboles parecen haber dejado espacio para que algo ocurra, y algo debió de haber ocurrido, si no en aquel relato sin continuidad, sí al menos en otros, no escritos por mí, apenas intuidos, ¿o si no qué hacían allí esas cáscaras de manzana esparcidas junto a unas piedras y ya resecas junto a esos clínex en lo que parecía la escena de un crimen, un crimen sin más víctimas que los personajes de una novela no escrita, de un cuento no narrado, de una leyenda de amores imposibles? Investiguemos un poco. O, más allá, “seis árboles plantados en recuerdo de los seis ángeles que murieron en el accidente de la galería Piedra de los Cochinos en 2007”, o algo similar, escrito por una mano temblorosa junto a una piedra cubierta de muchas otras piedrecillas de la memoria. ¿Cómo irse de allí sin añadir una más a aquella colección en equilibrio, incluso, si no una oración, sí un pensamiento con relativa capacidad para imaginar las vidas de los seis ángeles devorados por el extravío, por la bouche d’ombre, la galería asesina? Más allá, las telas de araña flotan entre dos ramas, mágicos encajes de la licuefacción. Aparecen de pronto en el borde del camino, sin que parezca haber arañas en ellas: han sido dibujadas con las gotas más gráciles y están allí para que el genio del bosque juegue con ellas lamiéndolas con su lengua invisible. Columpios que la brisa distribuye a lo largo del bosque para que las hormigas sepan lo que significa estar en el aire, ellas que no juegan nunca. Voy en dirección contraria a la otra vez, a aquel otro domingo de cuando tenía veinte años y el silencio no era tan necesario como ahora. Ahora lo bebo y lo aspiro con desesperación, me lo llevo conmigo aunque a la menor bocina, al menor grito se disipe, y con él el bosque entero y sus helechos, sus telas de araña y sus musgos trepadores. En algún momento habrá que dar la vuelta. El bosque no tiene límites. Descubrirlo es negarlo. No siento ninguna apetencia ahora por los símbolos, por las significaciones. No busco compartir ningún sentido. Ni siquiera puedo inventar un nudo de correspondencias, pues lo que hay es la imposibilidad de la lectura y la desaparición de las señales. En medio de esta soledad, en el mismo centro de este vértigo de todas las disoluciones, surge, aún, el resplandor del bosque, el silencio de su mundo verdeoscuro, el imposible sueño de estar y no estar en él a la vez.