lunes, 15 de enero de 2018

ESTOY EN PARÍS CON UN LIBRO DE JEAN-LOUIS GIOVANNONI EN LAS MANOS

Estoy en París con un libro de Jean-Louis Giovannoni en las manos: me lo ha regalado un amigo y hace poco lo he estado hojeando en un café. Estoy en uno de esos cruces de París en donde el río pasa como al fondo de un escenario, el de las vidas ajenas, un río sucio y dorado al que tantas veces nosotros, y quizá también ellos, nos hemos asomado en busca de respuestas que sólo pueden ser amargas. Estoy en París a punto de cruzar uno de esos largos pasos de zebra junto al Sena, quizá cerca del bulevar Henri IV o incluso en los alrededores de la Gare de Lyon –recuerdo el momento pero no el lugar, la sensación pero no la vivencia, recuerdo las sombras sin la luz. Estoy en París, solo, al atardecer, deambulando después de salir de una de esas brasseries donde a los jóvenes trotamundos como yo un café les cuesta un ojo de la cara y por eso lo apuramos hasta que el camarero empieza a revolotear a nuestro alrededor con cara de pocos amigos y entonces, cuando nos pregunta qué más va a tomar el señor, nos hacemos los que no entendemos bien el francés… y nos marchamos. Estoy en París y Jean-Louis Giovannoni, con quien he hablado esa misma mañana por teléfono, me ha dicho que estará fuera unos días y que a su regreso podríamos vernos, y yo no sé aún cuántos días más me quedaré en París y le digo que volveré a llamarlo antes de marcharme. Recuerdo que el libro que llevo en las manos se titula Pas japonais y que sus poemas, al menos los pocos que he leído, son de esos que lo hacen a uno sentirse más frágil y a la vez más felizmente consciente de su fragilidad. Estoy al borde de una acera, a punto de cruzar una calle, quizá el bulevar Henri IV o quizá cualquier otra avenida de las que confluyen en la Gare de Lyon, y por algún motivo no me decido a cruzarla, me quedo contemplando la cubierta del libro de Jean-Louis Giovannoni, su finura radiante, sintiendo su delicado tacto en mis manos, y me digo: llevas ahora mismo un libro de Jean-Louis Giovannoni en las manos, o es el libro el que acaso te está llevando de paseo por París. Paso a paso, con paso japonés. El libro parece saber mucho más de lo que dice, incluso tan sólo hojeado, apenas presentido, con sus páginas apretadas como si escondieran un gran secreto, como si no hubiera sido fácil decirlo todo hasta ese punto, y recuerdo haber pensado que leerlo en esas condiciones, en la irrupción de una inestabilidad hasta entonces desconocida, como si fuera el libro a convertirse en el testigo de una catarsis, de una liberación, no podría significar sino destruir el propio acto de la lectura, volverse uno mismo una diana contra la que los poemas dispararían sus dardos. Estoy en París y no sé adónde ir. Los coches circulan a mi alrededor como si se dirigieran todos a la periferia: tan impetuosos, frenéticos, tan amenazantes. Los dedos se aferran al libro de Jean-Louis Giovannoni, se dejan seducir por la suavidad levemente rugosa del cartón elegido para la cubierta: casi diría al tocarla que las letras del título están estampadas en un ligero bajorrelieve y que puedo recorrerlas una a una mientras mi mirada se detiene en el balcón de una esquina, en su piedra recubierta de una capa de hollín, casi tan sucia como el río. En un piso como esos vivirá quizá Jean-Louis Giovannoni. Su voz al teléfono era la de alguien que lleva mucho tiempo solo, recluido como en el fin del mundo, acostumbrado al silencio y temeroso, por ello, del exceso de palabras. Paso japonés: paso dado en el reverso de la ansiedad, paso dado como una suprema desnudez, paso sigiloso que se da en las cenizas de la conciencia y de la percepción. Llevo Pas japonais en la mano, sin apenas haberlo leído, y creo que cualquier esquina de mi vida me devolverá a esta de ahora, como si los pasos que vayan a irse encadenando fueran dejando atrás una horma, un surco, una sucesión de huellas que me llevaría, aun con dificultad, con incertidumbre, hasta esta esquina indecisa. No hay adónde ir porque ya estoy aquí, en París, cerca del Quai des Célestins, saludando con una mano al que seré de mayor, visitando con el envés de la memoria las vueltas de la vida. Tengo veinticuatro años, mi tren ha llegado esta mañana desde Jena a la Gare du Nord y mi maleta está depositada en la pensión Ladagnous, donde madame Ladagnous me ha prometido que tendré una habitación libre esta noche. Allí habrá de ir a buscarme mañana Stéfan Drouart y yo no estaré porque habré salido una hora antes, pero esa es otra historia. Ahora mismo, con el libro de Jean-Louis Giovannoni entre las manos, la mirada distraída en los revoloteos de la luz que cae envuelta por la sombra, junto al río que fue, en medio de esta tarde de París que no tendría por qué regresar, me pregunto si algún día será posible volver a este lugar de otra manera, con el libro leído, con la indecisión transformada en incertidumbre, el tacto conservado y la mirada aún disponible, volver para dar unos cuantos pasos más, sin afán de saber adónde hubiera ido, adónde fui, simplemente por darlos, por cruzar quizá la avenida y esperar allí a que se haga de noche.

martes, 9 de enero de 2018

CHINYERO

Ahora ya no intento nombrar: me contento con que las cosas me penetren. Me dejo columpiar en medio de los pinos y no busco nombres para lo que desconozco. Sé que llevo en mí todos los nombres y ninguno. La arena es como mi propia piel: rasposa y cenicienta. Si hubiera venido aquí hace quince años estaría aventurando metáforas y ripios en vez de avanzar en círculos, desentumecer los huesos, disipar toda tentación de hablar mientras el paisaje se convierte en un nuevo surco, una nueva inscripción borrosa en la mente.


¿Alguna vez escuchaste cómo el viento soliviantaba las copas de los pinos, mientras abajo, al pie de las raíces, junto al camino, el silencio se escondía, se refugiaba en los pies, rebotaba entre los troncos?  Hay árboles que saben cuándo va a cobijarse en ellos un pájaro, y para qué. Los hay de lomo azulado, los hay grises y casi transparentes, los hay del color de la miel y la pinocha. Pájaros y pinos, digo.


Allá, a lo lejos, la lava se contrajo,  ¿hace cuántos milenios?, y engendró esos roques, incisiones, frentes negras. ¡Así que aquí es donde se celebran esos conciliábulos sobre los que leímos en libros quemados por la sal de tantas mareas! Asustan, son máscaras negras carentes de ojos, de bocas, puras narices que nos olfatean al pasar y reconocen en nuestro aliento el hedor de las alimañas. 


Pero hay que continuar, seguir en círculo la estela de lo irreparable. Supe entonces que me dirigía hacia otro tiempo, pero empeñándome en acudir a él desde el otro lado, desde el lado de acá, sin darme cuenta de que ese rodeo era impracticable. Para llegar a aquel otro tiempo –soñado o recordado, qué más da– debía hacerlo desde el lado de allá, debía situarme justo al revés, intercambiar mi posición con la del vigilante del origen y esperar a que empezaran a desplazarse nuestros respectivos lugares. Había, era cierto, otro tiempo más allá, no sé si en medio de la memoria o el olvido, pero para llegar a él no podía hacerse sino de esa extraña manera.


¡La frontera entre la colada y los pinos! Pon tu pie aquí, me dije, y siente cómo se quema. Salta hacia atrás para salvarte. El volcán es nuestro mejor dibujante. ¡Menudo Pollock está hecho para manchar de lava lo que se le ponga por delante! Pero sabe pararse cuando corresponde. Prevé que unos cuantos milenios después su gracieta será admirada como un ejercicio de precisión y que se propondrá como modelo de equilibrio entre la desmesura y la armonía, entre el caos y la elegancia.


Cuando, en algún momento del camino circular, surge el volcán a la derecha, tenebroso, intacto, protegido incluso por la normativa (“está terminantemente prohibido ascender a los volcanes”), lo miro casi como si, de algún modo, ya lo conociera. Este volcán, me digo, entró en erupción cuando mi abuela tenía cuatro años de edad. Ella decía recordarlo, o quizá se lo contaran años después. En cualquier caso, no hace tanto de esto: 1909. Poco más de un siglo. Ante un volcán como este, uno tendría que subir al cráter y dejarse caer por él como el loco de Empédocles. Alimañas, alimañas es lo que somos, ya lo he dicho.


Más sencillo y menos irresponsable que transformarlo todo en palabras es caminar en silencio, apagar los restos de toda combustión interior –con el riesgo de aproximarse demasiado a ese otro borde del que no se regresa–, para probar al menos si no es así como mejor se puede percibir lo que un lugar como este nos brinda: un poco de calma, aire muy limpio, realidad, tiempo, cordura. No digo que, si hay oportunidad, no pueda uno preguntarse, asombrarse o desear a partir de determinados indicios, marcas, señuelos, pero sí que quizá lo más importante aquí es darse cuenta de que en ese momento es este el mejor lugar del mundo para estar; y no sólo darse cuenta, sino sentirlo con toda el alma, sin ambages, sin trabas.


lunes, 8 de enero de 2018

REGRESO DE VACACIONES


El profesor regresa de sus vacaciones. Entra en el aula. Los alumnos se encuentran sentados, en silencio. Repasan sus cuadernos, leen sus libros, afilan los lápices. El profesor ha saludado al entrar, pero no recibe respuesta. A su “Buenos días” le contesta un espeso silencio. Los alumnos no parecen haber estado esperándolo, ni siquiera repasar las lecciones que explicó antes de las vacaciones. Cada uno lee algo diferente o repasa el cuaderno de una asignatura que se diría elegida al azar. El profesor piensa que un silencio tan extraño sólo podría obedecer a la conmoción de volver a clase después de las vacaciones, conmoción que él también experimenta pero que preferiría combatir con algo de conversación, sonrisas, un intercambio de ideas. Los alumnos no levantan sus cabezas de los pupitres, parecen estar leyendo algo que realmente les interesa. De hecho, el profesor duda de que los alumnos se hayan percatado de su presencia. Ni siquiera durante sus explicaciones más apasionadas se han mostrado nunca tan concentrados, tan atentos. Se sienta en su mesa y repite el saludo: “Buenos días”. Nadie le responde. Se levanta y pasea entre los pupitres. Apuntes, libros de texto, fotocopias, gráficos, esquemas, resúmenes, ejercicios, fracciones. Regresa a la parte delantera del aula, junto a la pizarra. Mira a cada alumno a la cara: son los suyos, no se ha equivocado de aula. Las vacaciones, que no han durado tanto, no han producido cambios en sus rostros. Ni siquiera otro peinado, un piercing nuevo, gafas de otro color. Siguen siendo Ramiro, Inés, Gonzalo, Julieta, Fran y todos los demás. El profesor enciende el ordenador y conecta el cañón de proyección. Introduce su lápiz de memoria en la ranura correspondiente. Abre una presentación preparada hace unos días: “La Celestina: autoría, temas, personajes”. La repasa mentalmente para recordar los datos más útiles. Carraspea. Anuncia: “Hoy, mis queridos alumnos, comenzaremos el estudio de La Celestina, uno de los libros más relevantes de nuestra literatura”. Pasa a la segunda diapositiva. Aparece el retrato de un caballero medieval, de mirada torva, junto a la cubierta de un incunable de difícil lectura. Nada demasiado apasionante, desde luego. Los alumnos continúan su estudio concentrado, en completo silencio. “Durante mucho tiempo se creyó que La Celestina era un libro de autor anónimo, pero un día se descubrió un acróstico…” Silencio. “Por cierto, ¿alguien sabe lo que es un acróstico?” Los alumnos pasan tranquilamente las páginas, uno afila su lápiz, otro opera con la calculadora. El profesor proyecta la siguiente diapositiva. “Fernando de Rojas afirma haber encontrado el primer acto de una obra dialogada y haberla completado en quince días. ¿Les importaría tomar apuntes de lo que voy diciendo, por favor?” Gráficos, fracciones, esquemas, resúmenes. Nadie se inmuta. El profesor despliega su sonrisa más benevolente y dice: “Ya sé, cabrones, que La Celestina es un petardo de obra, pero tengan la más completa seguridad de que estoy dispuesto a arruinarles la vida a todos si no se saben hasta la última coma de lo que estoy explicando”. Ni un murmullo. El profesor se rasca los sobacos, se tira un pedo, saca la lengua, cacarea. Ni por esas. Cuando quedan unos minutos para el final de la clase, se baja los pantalones y les enseña el culo a sus alumnos. Estos, que parecen cada vez más ensimismados en sus apuntes, ni siquiera se dan cuenta. Se oye de pronto el timbre que indica el cambio de clase. Los alumnos guardan su material en las mochilas, se levantan, salen del aula en silencio.

sábado, 6 de enero de 2018

LOS ANTSCHETSCH

Decían que vivía allí enfrente, pero nunca lo vimos entrar o salir, acaso alguna vez creyéramos haber imaginado verlo asomado a la cristalera del balcón, o por lo menos haber visto lo que parecía su silueta recortada al atardecer detrás de unas cortinas: la figura bien formada, corpulenta, de un hombre de mediana edad, extranjero, rubio, alemán, tenista. Decían incluso que era el director de aquel hotel, aunque ni siquiera estábamos seguros de que aquello fuera un hotel y no tan sólo un complejo de apartamentos; y quienes lo decían afirmaban haberlo visto jugando, casi siempre a la misma hora, a media tarde, en la cancha de tenis del hotel (o lo que fuera) con un joven que podría ser su hijo. Mira, los Antschetsch, decían. Sin embargo, se creía que el hijo no vivía con el padre. Únicamente se los veía juntos, o se decía haberlos visto juntos, en la cancha de tenis, por la tarde, cuando posiblemente el trabajo del padre como director del hotel –o como administrador del complejo de apartamentos– ya había terminado, incluso dejando un rato en la sobremesa para dormir la siesta. 

Zumban las pelotas que se lanzan a un lado y otro de la red: el joven juega de un modo más agresivo, saca con efecto, sube hasta la red, espera la volea, salta, remata, regresa a la línea de fondo para volver a sacar. Le está dando una paliza a su padre, pero, como este podrá luego relajarse con un baño en su habitación, intentará olvidar que, inexorablemente, su juventud ya ha quedado atrás y ahora tiene casi sesenta años. El señor Antschetsch, cuya familia procedía de los Sudetes alemanes, se ha hecho a sí mismo. Después de la guerra, su madre, viuda, lo envió a estudiar a Múnich, donde aprendió el italiano en unos cursos organizados por la Cámara de Comercio con vistas a formar a jóvenes alemanes dispuestos a ejercer de guías turísticos para los grupos de turistas culturales procedentes del norte de Italia. El señor Antschetsch estudió también rudimentos de contabilidad. Su buena planta, su capacidad para hacer amigos incluso donde parecía imposible hacerlos, su sonrisa generadora de confianza y su irresistible atractivo para hombres y mujeres lo situó muy pronto en un puesto de cierta responsabilidad en una empresa dedicada a la promoción inmobiliaria en la frontera de Baviera con Austria. No le resultó muy complicado dar el salto a Italia, donde acabó conociendo a un empresario de la restauración convencido de que invertir en Canarias –años setenta– no era ni mucho menos descabellado. 

El señor Antschetsch llegó a Tenerife como contable de uno de los primeros restaurantes que se abrieron en la isla; Bertini, su jefe, sin embargo, prescindió de él muy pronto, pues no conseguía que se le acercaran ni las empleadas ni las clientas, que caían todas en brazos de Antschetsch y, tras la consabida noche de amor, acababan fugándose o dándose a la bebida. Fruto de una de esas noches, se dice, fue el hijo de Antschetsch, quien, por aquel entonces, y tras aprender algo de inglés y español, ya se había convertido en recepcionista de uno de los primeros hoteles del sur. Se ha oído decir que ella era una joven holandesa que trabajaba en un restaurante como camarera, pero también se dice que podría haber sido una canaria casada con un empresario catalán a quienes Antschetsch agasajó una noche con una cena en uno de los restaurantes de moda en Los Cristianos, cena que tuvo como resultado que el empresario volviera al hotel borracho como un piojo y que su mujer se quedara un rato más con Antschetsch en lo que se supone que pudo ser un rápido encuentro amoroso. 

Lo cierto es que su hijo, que fue, que Antschetsch supiera, el único que tuvo, no había conocido a su madre. Se había criado inicialmente con su padre, pero a los quince años se había ido de casa y se había amancebado con una mujer de treinta, divorciada, vital, independiente, que lo había convertido en su amante y le había enseñado las artes de la mancebía. Padre e hijo, por tanto, no tenían muchas ocasiones de verse, y ni siquiera se soportaban demasiado (el hijo le reprochaba al padre los graves secretos que atenazaron en vano su infancia y el padre al hijo su marcha, su amancebamiento, su vida malgastada). Con el paso del tiempo, los momentos en los que se juntaban para jugar al tenis se convirtieron en fugaces reconciliaciones que, aunque invariablemente terminaran con la victoria del hijo, suponían al menos un reencuentro, les permitían intercambiar alguna palabra sobre sus respectivas vidas y los emplazaban hasta una próxima ocasión. 

Puede decirse que el tenis los había mantenido precariamente unidos. El juego del padre, a diferencia del del hijo, era defensivo, socarrón, inteligente, sólo que las piernas ya no le respondían como cuando era joven y ahora ya no llegaba a pelotas que para él, entonces, eran pan comido: canchanchaneaba por la cancha y eso, junto a las derrotas, lo dejaba de mal humor. A pesar del baño posterior, a pesar de la cena, muchas veces en la agradable terraza del hotel (apartotel), el señor Antschetsch se iba a la cama malpuesto, con un disgusto que nunca era capaz de prevenir. Quienes lo habían visto asomado a la cristalera del balcón de su habitación hablaban de una sombra de mal agüero, de alguien que degustaba durante mucho tiempo una copa tras otra. Nosotros nunca lo vimos, pese a que vivíamos enfrente. Acaso alguna vez creyéramos haber imaginado verlo asomado a la cristalera del balcón, o por lo menos haber visto lo que parecía su silueta recortada al atardecer detrás de unas cortinas. Nos aseguraban que allí había vivido Antschetsch, el alemán que se suicidó lanzándose por el balcón a los dos años de instalarnos. Toda esa época fue difícil y algunos no estaban hechos para sobrevivirla. Nosotros también teníamos por entonces nuestros propios problemas, pero no debían de ser tan graves como los del señor Antschetsch, pues seguimos viviendo allí un tiempo más, hasta que nos mudamos. 

martes, 26 de diciembre de 2017

SOBRE UN ESCRITO DEL SEÑOR FRANCISCO LEÓN REFERENTE A LA ANULACIÓN DEL CONCURSO DISPOSITIVO VÓRTICE 2018


El pasado 16 de junio de 2017 TEA, Tenerife Espacio de las Artes, daba a conocer las bases de Dispositivo Vórtice 2018, una convocatoria pública a través de la cual se buscaba al equipo encargado de desarrollar la propuesta editorial y las sesiones presenciales de este programa de TEA que quiere contribuir a la reflexión contemporánea sobre la producción cultural así como al pensamiento crítico relacionado con ella. Los abajo firmantes, Rafael-José Díaz, Verónica Galán y Mariano de Santa Ana, nos presentamos con el proyecto titulado ‘Cabina crítica’. El 10 de noviembre se dio a conocer el fallo de la convocatoria, que recayó por unanimidad en el otro proyecto presentado, titulado ‘Sur Absoluto’. La comisión de valoración estuvo presidida por el gerente de TEA, Jerónimo Cabrera, e integrada por el escritor y crítico Daniel Duque, el escritor y traductor Jordi Doce, la comisaria y cofundadora de Beta-Local de Puerto Rico, Michy Marxuach; la comisaria, crítica independiente y directora del Máster Internacional de Fotografía Contemporánea y Proyectos Personales de EFTI en Madrid, María Santoyo; y por el conservador de la Colección de TEA, Isidro Hernández.


El 14 de diciembre TEA difundió en su web una resolución de la Gerencia, firmada por el señor Jerónimo Cabrera, por la que se anulaba el procedimiento. Ese mismo día por la tarde los abajo firmantes publicamos un comunicado en el que manifestábamos que lamentábamos las circunstancias que condujeron a la anulación del concurso y deplorábamos la conducta observada durante el procedimiento por el señor Jordi Doce, miembro del comité de valoración, y por el señor Isidro Hernández, conservador, como se ha dicho, de TEA y participante en el mismo, según esa resolución, en calidad de secretario. En aquel comunicado adelantamos, igualmente, nuestra decisión de no presentarnos a la anunciada reedición de esta convocatoria de Dispositivo Vórtice 2018.


Ahora, después de que el señor Francisco León, director del proyecto ‘Sur Absoluto’, publicase en su blog un texto titulado “Prefijar un destino” [consultado por última vez el 26 de diciembre de 2017 a las 17.15 h.; ver nota al final de este texto] en el que hace graves afirmaciones que nos afectan, nos vemos obligados a detallar públicamente lo que en el primer comunicado apuntábamos de modo sucinto y que, para no generar más tensión, hubiésemos preferido no dar a conocer. 
 

¿Por qué dijimos que deplorábamos la conducta observada durante el procedimiento por el señor Jordi Doce?


1)   El señor Jordi Doce fue miembro, junto al señor Francisco León y otros señores, del comité de dirección de la revista ‘Piedra y Cielo’.


2) La revista 'Piedra y Cielo' publicaba a su vez un suplemento llamado ‘Sur Absoluto’, coincidente en el título con el proyecto presentado por el señor León y su equipo a la convocatoria Dispositivo Vórtice 2018.


3)  El señor Doce profesa una enemistad manifiesta hacia Rafael-José Díaz, tal y como puede constatarse en un correo electrónico dirigido en 2012 por el primero al segundo. 
 
4)  Durante el proceso de deliberación del comité de valoración, el señor Doce nunca comunicó al resto de sus integrantes las circunstancias anteriormente referidas, según nos informó el señor Isidro Hernández, conservador de TEA, en una reunión que Rafael-José Díaz solicitó formalmente al gerente de TEA, señor Jerónimo Cabrera, por medio de un correo electrónico enviado a su cuenta oficial, y que se celebró el lunes 27 de noviembre entre las 13.00 y las 14.00 h. en la sede de TEA. A la misma, por parte de 'Cabina crítica', acudimos Rafael-José Díaz y Verónica Galán –por tanto, no solo Rafael-José Díaz, como afirma el señor León–, y lo hicimos, además, en representación de Mariano de Santa Ana, que no pudo estar presente.


5)  A pesar de que el señor León sostiene que es “cosa harto difícil desde el punto de vista técnico” que la enemistad manifiesta del señor Doce hacia Rafael-José Díaz “pudiera ser demostrad[a] fehacientemente”, una copia del correo que así lo hace le fue entregada al gerente de TEA, quien dio trámite de audiencia al señor Doce para que se explicara sobre el particular.


¿Por qué dijimos que deplorábamos la conducta observada durante el procedimiento por el señor Isidro Hernández?


1)  El señor Hernández estaba perfectamente al corriente de que el señor Doce fue miembro, como el señor León, del comité de dirección de la revista ‘Piedra y Cielo’, la cual, como hemos indicado, publicaba el suplemento ‘Sur Absoluto’. No en balde, el señor Hernández fue colaborador de ‘Piedra y Cielo’, como puede comprobar cualquiera mediante una simple consulta en internet del anuncio que 'Sur Absoluto' hace del número 10 de 'Piedra y Cielo'. Esta circunstancia se la acreditamos también al gerente de TEA durante nuestra reunión, ante el propio señor Hernández. Sin embargo, y pese a estar en el concurso en calidad de conservador de TEA y de actuar en el mismo como secretario, el señor Hernández no se la transmitió en ningún momento a los miembros del comité de valoración. Así lo reconoció él mismo en la reunión. 

2) Durante ese encuentro, el señor Hernández reconoció, además, sin que los representantes de ‘Cabina crítica’ le hubiésemos inquirido por ello, que él mismo sugirió el nombre del señor Doce como integrante del comité de valoración.

¿Acreditamos ante TEA alguna otra irregularidad susceptible de conducir a la anulación del procedimiento?

Sí. Acreditamos que la señora Esther Ramón, que concurría como redactora jefe de ‘Sur Absoluto’, no cumplía con la base segunda (“Participantes”) que indica lo siguiente: “Podrán participar aquellas personas que acrediten experiencia previa o vinculación profesional en el desarrollo en Canarias de proyectos editoriales sobre textos críticos relacionados con la cultura o la práctica artística contemporánea, así como en la difusión en medios de comunicación del Archipiélago de este tipo de trabajos.”

A continuación reproducimos el currículo de la señora Ramón tal y como figuraba en la web de TEA cuando se anunció que el equipo de ‘Sur Absoluto’ había ganado el concurso. En el mismo, como se puede comprobar, no se acredita experiencia previa o vinculación profesional alguna de la señora Ramón con proyectos editoriales del Archipiélago:

Esther Ramón (Madrid, 1970) es poeta, doctora en Teoría de la Literatura y Literatura comparada por la Universidad Autónoma de Madrid, profesora de escritura creativa y crítica literaria. Ha sido coordinadora de redacción de la revista ‘Minerva’ (Círculo de Bellas Artes de Madrid), ha dirigido el programa de poesía de Radio Círculo ‘Definición de savia’, y ha sido coordinadora de la revista de la Bienal de Arte Contemporáneo de Oslo ‘OP1. Art and Public Realms’. Asimismo, ha dirigido ‘Digging Project’, la sección de insertos textuales de LIAF 2013, bienal de arte de las Islas Lofoten (Noruega). Ha publicado los poemarios ‘Tundra’, ‘Reses’ (galardonado con el Premio Ojo crítico en 2008), ‘Grisú’, ‘Sales’, ‘Caza con hurones’, ‘Desfrío’ y ‘Morada’, entre otros. Algunos de sus poemas figuran en antologías como ‘Panic Cure’. ‘Poetry from Spain for the 21st Century’ o en el monográfico ‘Poètes d'Espagne’ de la ‘Revista Europe’, en 2005. Ha colaborado en ‘Cuadernos Hispanoamericanos’, ‘Revista de Libros’, ‘Archipiélago’, ‘Ínsula’, ‘Quimera’, ‘Nayagua’, ‘Turia’ o ‘El Crítico’ y ha participado en libros colectivos como el reciente ‘Lecturas de Paul Celan’. Fue profesora de poesía en Bates College y ha impartido talleres de poesía en distintos centros penitenciarios y en instituciones como La Casa Encendida o en la Fundación Centro de Poesía José Hierro.

Curiosamente, la señora Ramón pudo haber acreditado al menos una colaboración con una publicación de Canarias, justamente con la revista mencionada, 'Piedra y Cielo', cuyo número 11 se anuncia en el suplemento ‘Sur absoluto’; pero, por las razones que fuera, prefirió no hacerlo.

En su carta oficial de reclamación al director insular de Cultura y al gerente de TEA concerniente a la anulación del fallo, que pasó por el registro de la institución, y que reproduce en su blog, el señor León, supuestamente junto con el resto de su equipo (el señor Ángel Padrón y la señora Ramón), sostiene de nuevo que Rafael-José Díaz se reunió “de forma extraoficial con el Gerente y el Conservador de TEA —Jerónimo Cabrera e Isidro Hernández”. Amén de que, por alguna razón que desconocemos, omite el dato de la presencia de Verónica Galán en el encuentro, no nos parece correcto que diga en un escrito de esta naturaleza que esta reunión, en la que no estuvo presente, fue una cita “extraoficial” y que no haga por acreditar su afirmación, cosa por lo demás imposible.
 
En la misma carta el señor León reproduce el punto quinto de la resolución de anulación del concurso, firmada por el señor Jerónimo Cabrera y publicada en la web oficial de TEA, que reza como sigue: «El lunes, 27 de noviembre de 2017, en reunión mantenida en las instalaciones de TEA Tenerife Espacio de las Artes a petición de representantes de ‘Cabina crítica’, uno de los proyectos presentados, se entregan documentos susceptibles de fundamentar una impugnación de las actuaciones efectuadas en el presente procedimiento». En la resolución del gerente queda claro, por tanto, que la reunión que mantuvo con Rafael-José Díaz y con Verónica Galán tuvo carácter oficial y que se celebró en respuesta a una petición oficial nuestra. De modo que, por si quedaba alguna duda, es el propio señor León quien, en su carta al gerente y al director insular de Cultura, señor José Luis Rivero, acredita este hecho que pretende ocultar.

En este escrito un texto que, por otra parte, oscila con frecuencia entre el "yo" singular y el "nosotros" plural, haciendo así dudar de quién lo firma realmente hay, además, otro párrafo que creemos necesario citar en su integridad:

“Queremos dejar constancia, además, de algunas reflexiones finales. A la vista de los acontecimientos, nos preocupa tanto el alto grado de intimidación a que ha sido sometida la institución en este caso, como el modo en que, desde TEA, se ha respondido a ella. No de otra manera puede entenderse la solución adoptada. Asimismo, nos preguntamos si, del mismo modo arbitrario como ahora ha sucedido, también TEA, su Gerente, ex secretarios o cualesquiera otras personas —el propio Sr. Díaz, por ejemplo— podrán inmiscuirse siempre que lo deseen en los contenidos del proyecto Sur Absoluto, o de quien resulte ganador de la nueva convocatoria, con la posibilidad de que, como ya ha sucedido en otros casos recientes, el mismo proyecto sea cancelado, censurado o inhabilitado ante cualquier tipo de queja que pueda derivarse de los contenidos de la revista o los talleres. Nos preguntamos si realmente una institución que puede ser intimidada de modo tan elocuente, podrá mantener la independencia de un proyecto crítico basado en el juicio crítico mismo, como es este, cuando, como ahora se ha visto, TEA ha denegado de manera tan desatinada la facultad para el mismo tipo de juicio a los miembros del Jurado de Dispositivo Vórtice 2018. Las respuestas a estas cuestiones, a la vista de lo sucedido, se vuelven para nosotros información imprescindible para valorar si a partir de ahora procede o no nuestra continuidad en el proyecto.”

¿Por qué en una carta oficial dirigida al director insular de Cultura del Cabildo de Tenerife y al gerente de TEA y que ahora, además, el señor León publica en su blog, los miembros de ‘Sur Absoluto’ aseguran que la institución ha estado sometida a “un alto grado de intimidación”? ¿Por qué sostienen que la entidad “puede ser intimidada de modo tan elocuente” sin aportar una sola prueba en tal sentido? ¿Se referirán acaso a la reunión, oficial, en TEA, en la que Rafael-José Díaz y Verónica Galán transmitieron al gerente las evidencias de las irregularidades cometidas durante la resolución del concurso? Sea como fuere, reiteramos que no nos presentaremos a la reedición de la convocatoria y queremos dejar claro que lo único que nos ha hecho actuar al presentar ante TEA las pruebas que han conducido a la anulación de la misma es velar por los elementales principios de transparencia y honestidad que han de guiar convocatorias como esta.*

                                                        En Santa Cruz de Tenerife, a 26 de diciembre de 2017.

* Nota del 30 de diciembre de 2017. El señor Francisco León ha retirado de su blog el texto "Prefijar un destino", que contenía graves afirmaciones que nos afectaban a los integrantes del equipo 'Cabina crítica'. Dado que nuestro texto de respuesta al señor León no se entiende sin el mismo y, sobre todo, porque el señor León no se ha disculpado públicamente con nosotros, hemos considerado conveniente añadir esta nota aclaratoria a nuestro escrito de respuesta. 

                                                       Rafael-José Díaz, Verónica Galán, Mariano de Santa Ana

jueves, 30 de noviembre de 2017

LA HUIDA

Huyó, por el devastado salón, hasta el otro extremo de la casa. Pero la casa no era demasiado grande. Sólo disponía de dos habitaciones. Su única solución era huir unas veces a una y otras veces a otra. Llegar a una de ellas era olvidar lo que en la otra lo estaba amenazando, y viceversa. Descansaba por un tiempo, intentaba pensar en otra cosa, se desentendía de lo que hacía un instante lo mortificaba. Y luego, cuando volvía a sentir los traqueteos, los zumbidos, escapaba de nuevo: se iba hasta la otra habitación, unos cuantos metros más allá. Se serenaba otra vez, respiraba hondo, miraba un cuadro colgado en la pared. Subía la persiana, aspiraba un poco de luz, cada vez menos luz, pues se acercaba el invierno. Se sentaba en el filo de la cama. Y entonces volvía la inquietud, como un globo que explota, otros globos que explotan, alguien que comienza a martillear un tabique. Sale zumbando hacia la cocina, bebe un poco de agua, se come unas nueces, friega la loza, mira la fecha de caducidad de unos yogures. De pronto resuenan unos pasos, y un fragor de voces, amplificado por la caja de la escalera, se filtra por debajo de la puerta. Un coche arranca. Se le rompe una copa, recoge los pedazos, tropieza con una silla, la pata chirría al arrastrarse por el suelo. La persiana de madera se golpea contra el marco de la ventana. La puerta de la calle se ha quedado abierta. El coche lleva ya un rato con el motor encendido. De la cocina pasa al salón. No hay donde estar. El teléfono suena. Lo coge y lo lleva al dormitorio, lo pone sobre la cama. Al otro lado, alguien se desgañita, creyendo que él lo escucha, y reclama una respuesta. Sale del dormitorio, cruza el pasillo hasta la habitación que da a la calle. Por la ventana entreabierta ronronea el motor encendido. Debe de hacer ya diez minutos desde que lo arrancaron. Otro coche se detiene a su lado. Cree que el aparcamiento va a quedar disponible y toca la bocina. El coche aparcado le responde por ese mismo medio que no, que no se va a marchar. El otro reanuda bruscamente la circulación, acelera, frena en la curva que hay un poco más abajo. Deja con un par de zancadas la habitación que da a la calle, cierra la puerta, intenta olvidar el chirrido de las ruedas marcado en el asfalto, en las venas de la garganta, entra en el baño, cierra la puerta. Abre la ventana del patinillo, introduce la cabeza y mira hacia arriba. Por las tuberías circula, reconfortante, el agua de la cisterna de los vecinos de arriba. Se deja extasiar por esa cantilena, pero enseguida lo sobresalta un portazo, no sabe bien si del segundo o del tercero. Resiste un poco más con la cabeza dentro del patinillo, que sigue pareciéndole, a pesar del eco del portazo que retumba todavía, el lugar más tranquilo de la casa. Se lava las manos, varias veces. Espera un poco más dentro del baño, quizá ya hayan bajado los vecinos del segundo –o del tercero– y no se oigan sus pasos en la escalera. Sale del baño y vuelve al dormitorio. La cama es un remanso de dos metros de largo. Se tumba. No hay nada que hacer. Respira. Deja que el aire se quede unos segundos en el vientre. Lo repite tres veces. No está seguro de que el coche siga arrancado todavía. Se deja caer al suelo, se tumba boca abajo contra el frío de las losetas, sin camisa. La habitación no se lo traga como desearía. Todo raspa. Todo es borde que rebota. Todo reverbera inquietud, cansancio. No permanece sino unos pocos segundos en esa posición de decúbito prono. El silencio no existe. Las paredes son de papel; las puertas, de seda. Por el vientre suben hasta su cerebro los quejidos de las tripas. No es hambre: es infección, gastritis crónica, la consecuencia de haber comido mucho y mal durante años. Se levanta, se desviste, se ducha. El ruido del agua lo libera por unos minutos. Se sincroniza con su corazón. Lo alivia. Sale del baño, ya está de nuevo en la sala. Se sienta en el incómodo cheslón, mira la estantería. Nada es de verdad. ¿Todo está contrayéndose? ¿Todo está dilatándose? Vaga sobre la alfombra, entre los vasos amontonados en un rincón y la pila de libros sin leer desde hace meses. Coge uno de ellos, se recuesta a leerlo, la luz no es suficiente. No consigue concentrarse más de un párrafo seguido. Se levanta, va al baño y deja que el agua le caiga cinco minutos sobre la cabeza, necesita volver a sentirla sobre su piel. Sirenas, bocinas, motores suenan a lo lejos. Cuando dejan de oírse, los sigue oyendo.  

miércoles, 29 de noviembre de 2017

"PARA UNA FOGATA", QUINCE AÑOS DESPUÉS


Releo hoy, quince años después, este librito del año 2000, Para una fogata: ligero, mínimo, tan delgado que se diría transparente, escrito en ocho días de junio, como en un rapto de estío, producto del comienzo del verano, de la incorporación al merecido descanso vacacional tras un nuevo curso universitario concluido. Se diría que es esta una escritura vacante, que deambula, se recrea, transpira, se despereza y se deja llevar por lo que Eugenio Padorno denomina “las amasaduras del azar”. Una escritura que está también especialmente atenta a cualquier signo que la devuelva al pasado, pero no a un pasado cualquiera, sino a precisos momentos de otros veranos, sobre todo, en la isla natal o en aquella otra de los veranos, casi siempre en la orilla, junto a la playa, sobre la arena, o dentro del mar. La lectura de este cuaderno procede casi como un acompañamiento: Eugenio Padorno nos invita a ser testigos de su propio témoignage, es decir, asistimos a la circulación de su mirada a través de paseos que son casi siempre regresos a lugares imprevisibles de su propio pasado, contemplado en todo momento con asombro. No sabemos –salvo que conociéramos la intimidad familiar de nuestro autor, lo que sólo ocurriría en quienes estén muy próximos a él– quiénes son Mati, Maru, Juanuco, Carlos, Luis, Alberto, nombres que aparecen en estas páginas vinculados a ese pasado, pero sabemos que su recuerdo es muy vivo y que suele estar asociado a impresiones sensoriales hondamente presentes en la memoria: la necesidad de evitar la sombra y las corrientes si se volvía sudoroso de los juegos, ciertas operaciones de alquimia infantil en la cocina, correrías por el Paseo de Las Canteras. La “alta pobreza de la iluminación” que el autor quisiera obtener como resultado de desprenderse de todo lo innecesario tras lanzarlo a las metafóricas hogueras de San Juan parece materializarse en este breve cuaderno de pobreza e iluminación: lo que la escritura recoge ha sido tamizado por la implacable combustión de las fogatas, no hay aquí nada que no sea esencial o que esté ahí sin que haya sido previamente depurado o cercenado por esa metafórica máquina de despojarse que es la escritura tal y como nuestro autor la concibe. Lo que en cierto modo singulariza la escritura de Eugenio Padorno –y no sólo la de este cuaderno– es la conciencia de que ese despojamiento, esa deseada economía conducente al hallazgo de la iluminación y el conocimiento, no son posibles sin arrastrar consigo un poso que el autor denomina en este libro “las pesadillas del tiempo, el destino y la muerte”. La permanente interferencia de imágenes traumáticas en medio del deseo de transparencia constituye, a mi entender, una de las características que hacen que la poesía –y la prosa, que en su caso viene a ser lo mismo– de Eugenio Padorno sea tan singular, resulte a veces tan difícil de comprender en su integridad y ofrezca al mismo tiempo la posibilidad de identificarse con ella desde las propias y diversas vivencias del lector en su tránsito por “el tiempo, el destino y la muerte”.

Pocas veces una plaquette tan breve ha conseguido ser tantas cosas a la vez: reflexión sobre un libro de poemas en marcha, diario fechado de las vivencias del comienzo de un verano, apuntes sobre la condición de la memoria y su relación con la propia identidad, baúl de borradores de poemas, inventario de recuerdos dispersos… Pero, sobre todo, si tuviéramos que destacar alguna de sus vertientes, Para  una fogata es un libro que se ofrece como en agradecimiento a “la mayor de las dádivas: la oportunidad a la conciencia de que percibiera el hecho de existir”. Esta es para mí la clave del libro, y quizá de buena parte de la obra de Eugenio Padorno: la conciencia que recuerda la conciencia de vivir, es decir, la superposición de momentos de la historia personal que emergen desde el pasado para que esa conciencia superlativa –cuyo epítome es quizá la escritura– los haga suyos, los filtre, de alguna manera, los arroje a esa personal hoguera de las vanidades hasta quedar despojados, esenciales, de nuevo vivos en la vida verdadera y actual del inasible presente. Esa conciencia podríamos decir que exacerbada lo es tanto más cuanto que está interiormente escindida por su condición insular: para Eugenio Padorno la insularidad –y aquí, me temo, no puedo sino simplificar más de lo que desearía– se reconoce en la conciencia de la escisión; el poeta, ser escindido por antonomasia dada su batalla permanente entre las palabras y las cosas, vive aquí su condición desde esa doble conciencia –o conciencia de la conciencia– que le lleva a subsumir su pasado en la imagen fragmentada de la isla-límite, la isla-laberinto o la isla-soledad.

Y entonces, y esto lo dice Eugenio Padorno una y otra vez, en el interior de ese laberinto, de esa ciudad de límites difusos o de esa playa de doble o hasta triple horizonte, incluso en el interior de esa casa que contiene la ciudad, la playa, el mar, lo único que la poesía busca –a su modo, sin buscar, tan solo echándose a ver qué resuelve el oleaje del tiempo– es una oscuridad fulgurante, una incitadora oscuridad, como (siempre me gusta recordarlo) la de aquel “pisapapeles en la arena” de un poema antiguo y memorable: de pronto, en lo que parecía destinado al olvido, o a ser devorado por una de tantas olas insulsas de la vana existencia –de la existencia devanada–, surge una imagen, una imagen a la vez oscura y luminosa que nos dice, esto es: que dice al poeta que la dice y que dice al lector que la lee, fundidos en esa palabra oscuramente luminosa, voz aún fresca y ya secada como la arena que el sol seca antes de que sea una vez más mojada por las olas copiosas. Así, también, la escritura de Para una fogata, o la escritura de otros cuadernos similares en los que Eugenio Padorno ha ido dejando testimonio de su testimonio: palabras que el mar se lleva tras fulgurar un instante bajo el cielo en la playa, palabras que se quedan en nosotros y, si ardieron junto con alguna de nuestras más íntimas verdades, “se hallarán en cada partícula de nuestras cenizas”.

                                                                                                                                 [2015]