lunes, 19 de febrero de 2018

LOS OLIVOS

En uno de esos días en los que las vacaciones aún no han empezado, pero ya están al caer, seguro que saben de lo que hablo: de cierta sensación de frágil libertad, de la conciencia de una expansión inesperada; en uno de esos días tan especiales, un hombre se sienta a tomar una cerveza en una terraza poco concurrida. Véanlo ahí, sin ningún misterio, provisto de una bolsa de gran tamaño en la que lleva dos radiografías de tórax –frontal y lateral, lo acostumbrado–, un libro, un estuche con sus gafas de sol, una factura. Todo vulgar, todo anodino, sin interés, sin gracia. Es por la tarde, a una hora ya avanzada en la que todavía hay luz natural para que ese hombre saque su libro, que ha comprado un par de horas antes, y lo empiece a leer. Así lo hace: véanlo. Ha hecho lo mismo otras muchas veces en su vida, y no hay nada que podamos subrayar de una acción semejante: quizá tan sólo la extrañeza cada vez mayor que produce ver a alguien leyendo en la vía pública, o simplemente leyendo donde quiera que sea, alguien que, sentado solo, no consulta su móvil sino que lee un libro. La terraza en la que ese hombre está sentado pertenece a un bar como tantos otros, uno de esos establecimientos pertrechados de una barra alargada, unas cuantas sillas altas y un camarero chino que prepara cafés de mala muerte o barraquitos. La luz afuera no es la mejor para leer. La singularidad de esa terraza reside en que quizá sea la única de toda la ciudad situada bajo una fila de olivos. Seis olivos –y el hombre que lee intenta recordar en vano otros olivos plantados en la misma ciudad– jalonan el comienzo de una de las calles comerciales más transitadas. Un poco más allá, la plaza que todas las guías consideran la más bella del lugar, o al menos la más animada, un rectángulo ajardinado cuyo centro ocupa una fuente a la que parecen haberse encaramado unos cuantos ángeles sonrientes. En uno de los bancos que conviven con las mesas de la terraza está sentado otro hombre, alguien a quien podría considerarse el prototipo del desheredado propio de esta ciudad: enjuto, con camisa de manga larga de una talla mayor que la suya, casi siempre de rayas, con la piel tostada, el pelo corto, aceitoso, la nariz afilada, enrojecida, entre treinta y cincuenta años, con un cigarrillo colgando de la mano izquierda, que cae sin gracia por fuera del apoyabrazos del banco, la mirada perdida, la otra mano entretenida en dar golpecitos periódicos al respaldo del banco con una vaga finalidad musical que materializa con el sonido metálico de lo que podría ser quizá un anillo o, mejor, una pulsera. Un tintineo que llega a ser cansino y que constituye un trasfondo típico para ese momento y ese lugar precisos. La musiquita. Después de un rato, ese hombre se levanta, tira al suelo la colilla, agarra con ambas manos, por encima de su cabeza, una de las ramas del olivo, se sostiene de ella como si de una barra olímpica se tratara, se estira, y el entumecimiento parece consustancial a su cuerpo, un cuerpo que podría llevar quizá horas sentado en ese banco, abandonado a la cadencia de una mano que golpea la madera y le saca una canción con un anillo de bisutería. Todos agradecen, de algún modo, que ese hombre se vaya, pues había llegado a resultar cargante su musiquilla sin encanto. El otro, el lector, ha guardado su libro, quizá porque ahora sí que ya apenas hay luz para leer. Véanlo cómo se dedica a seguir la estela de la gente que pasa: jóvenes con camisetas que les llegan a las rodillas y gorras que les ocultan buena parte de la cara, mujeres de mediana edad que llevan en el rostro, marcada a fuego, la oportunidad desvanecida años atrás, parejas de ancianos que deambulan como si la vida pudiera llevarlos todavía a otro lugar, hombres solitarios que no desearían volver nunca a sus casas por miedo a encontrarse con su propia sombra recostada en el sofá. Silencioso, en la mesa de al lado se ha sentado otro hombre, uno de esos solitarios que piden una cerveza, pasan quince minutos distraídos mirando también a la gente que pasa y luego se van como si su presencia allí hubiera sido tan etérea como la de un fantasma. Los olivos dan más sombra que otros árboles: parecen comerse la luz que los rodea. Esa terraza es como la avanzadilla de la oscuridad, de lo que ocupa luego, poco a poco, sigiloso, el resto de la calle, la plaza, los rostros. Quienes allí se sientan parecen sufrir algún tipo de mutismo. En la mesa de al lado, junto al lector que ya no lee, una anciana conversa, pero conversar es en este caso un decir, con una mujer de mediana edad. Esta última no habla, escribe la parte que le corresponde en el diálogo en unos papeles que va arrancando y que la anciana lee en voz alta antes de contestarle. Padece, al parecer, las secuelas de una operación de garganta, pues a veces se le oye una voz ronca, muy impedida, que la anciana casi parece incapaz de escuchar, pues con frecuencia la instiga a ofrecerle más papeles, escríbemelo, dice, pónmelo por escrito, le grita, y la mujer de mediana edad vuelve a coger el taco de papeles y escribe con letra no siempre inteligible –“¿qué pone aquí?, ¿ansia?, entonces le faltaría una i”– lo que quiere decir. No hay forma de saber qué piensa el hombre que ha guardado su libro, quizá no piensa en nada, quizá se siente tan vacío como el tórax de la radiografía, un mero armazón de huesos enganchados los unos a los otros con carne delicuescente dentro, algo que podría no estar ahí, una imagen adherida al papel fotográfico de la vida. La cerveza está deliciosa, bien fresquita, y eso que es de la marca local que tantas decepciones le ha procurado. Estirarse y colgar de un árbol, de un olivo, en concreto, eso sería lo que quisiera hacer, repiquetear obstinadamente la canción y luego irse con la música a otra parte, como aquel, como el desheredado que se marchó de allí tambaleándose. Los olivos son árboles que inspiran calma, comunión. Arrancarse de ellos es arrojarse a la ciudad. Se estaba tan bien allí, pensó. Recuérdenlo.

domingo, 11 de febrero de 2018

ACURRUCADO

No fue hasta mucho después cuando se dio cuenta de que llevaba horas en la misma posición. El tiempo se le había pasado volando. No, quizás, porque hubiera estado entretenido en nada –pues nada había hecho desde que había llegado allí–, sino porque, de alguna manera, el haberse quedado quieto, inmovilizado, en una posición intermedia entre estar en cuclillas y arrodillado, semiescondido entre dos arbustos, había tenido para él el efecto de olvidarse de sí mismo: y olvidarse de uno mismo es uno de los modos de conseguir que el tiempo desaparezca o se transforme. Sobre cómo llegó hasta allí no sabe nada. Se encuentra en un lugar indeterminado del barranco que une la ciudad con la cumbre, cerca de una de las grandes curvas que la fuerza del agua ha trazado durante milenios. Hay un bosquecillo de arbustos en uno de los laterales del cauce y ahí se encuentra él, entre acuclillado y de rodillas, vestido con pantalones vaqueros y una chaqueta gris bastante envejecida, como las que se ponía de adolescente y no se quitaba casi ni para dormir. Mira las piedras del lecho. La tierra humedecida. Hierba temblorosa. Hormigas que acuden en fila a rematar el cadáver de alguna abeja o escarabajo. Recupera recuerdos de anoche, sabe que se internó entre la multitud que bailaba en la primera noche del carnaval: esa forma ondulante de atravesar las calles abarrotadas le hacía regresar a lo que en sus primeras veces, en sus primeras salidas de carnaval, le había hecho sentirse devorado por la multitud y a la vez aislado dentro de ella, poseído y desposeído al mismo tiempo, como un alma en pena que busca su cuerpo entre los cuerpos o como un animal acorralado que intenta escapar de sus depredadores. Ahora, tantos años después, las sensaciones son otras, y todo se ha vuelto más lúdico, menos serio, como un reto que se precia de lanzarse a sí mismo para saber de qué será esta vez capaz, si podrá como entonces ir hasta el final de la muchedumbre que baila y regresar a través de los quioscos, deteniéndose en algunos de ellos para absorber el carácter de cada uno, el ambiente que lo define, cada quiosco con sus peculiaridades, sus enseñas y blasones, su público, su música. Como otras muchas veces, recorría aquellos vericuetos sin disfraz alguno, vestido de calle, con esa chaqueta que reservaba para este tipo de noches, una chaqueta que guardaba en casa de su madre y que lo transformaba en una especie de vagabundo, un ruinoso ejemplar de buscavidas que, al pedir un ron en uno de los quioscos, miraba con desgana al camarero y amagaba con no pagar su consumición, aunque al final colocaba sobre el mostrador de metal tres euros o cuatro, lo que costara, sin mirar otra cosa que su vaso de plástico, concentrado en el sabor dulzón del ron barato y perdido en las circunvoluciones de la música mezclada con la brisa que soplaba desde el mar. Ahora, acurrucado entre los dos arbustos que lo protegen de las ráfagas de viento frío, no recuerda cómo llegó hasta allí, si lo trajo alguien en coche o vino caminando desde la parte baja de la ciudad. En épocas menos solitarias de su vida, cuando jugaba a la promiscuidad y todas las noches terminaba en distinta compañía, alguna vez había conducido o sido conducido hasta aquellos parajes, por la carretera que bordea el barranco, para encontrar un lugar en el que beber la última cerveza o mantener relaciones sexuales. Recuerda el frío de la capota del coche contra su espalda desnuda y un cuerpo, o muchos cuerpos, incapaz, incapaces de brindar el calor suficiente para contrarrestar aquella tiritera. Recuerda recodos apartados en los que era fácil retirarse de la vista de cualquiera para abandonarse al más salvaje de los actos. Ahora, sin embargo, se encuentra solo, y sin coche, en el interior del barranco, entre dos arbustos, sin saber cuánto tiempo lleva allí, como si hubiera llegado por sus propios medios para escapar de algo o para esperar a alguien. Más arriba, lo sabe por sus otras visitas, hay unas casas dispersas, en las laderas de las montañas, en las que viven familias poco sociables, incluso algún individuo introvertido que de vez en cuando baja a la ciudad a comprar alcohol para sus noches en vela. En el tiempo que lleva sin moverse de allí no ha pasado ningún coche y el único movimiento ha sido el de un par de conejos que, bajo la luz indecisa de la luna, ha visto deslizarse entre las piedras del barranco, sus cuerpos de lana plateada como monedas que la cumbre lanza a la ventura de los barrancos. Un poco más adelante, en el lado contrario, hay una hacienda que nunca supo si estaba habitada o no, un lugar con un portón junto al que alguna vez vio coches aparcados, quizá visitantes ocasionales de fin de semana, o cuidadores de cultivos no siempre prósperos, pero que ahora parece completamente silencioso, incluso lóbrego. Se mira los zapatos y los encuentra sucios, no sólo manchados de bebidas y meados, sino cubiertos de polvo, lo que le hace pensar que debió de llegar allí a pie, incluso por medio del barranco y no tanto por la carretera, como si en algún momento de la noche festiva hubiera decidido cambiar de aires, buscar la soledad, echar a andar por el barranco, refugiarse en un bosquecillo de arbustos. Se imagina estar esperando a alguien, quizá tras concertar una cita a través de alguna aplicación de móvil. O, simplemente, agazapado para saltar sobre el primero que pase, aunque sabe que, aparte del susto, sería incapaz de causar daño alguno a hombre o a mujer. Lo más probable es que se encuentre a la espera de una experiencia cuya condición desconoce: un ruido proferido por alguien, el derrumbe de un risco, la aparición de una cabra asustada, la comparecencia de un ser humano parecido a él y la subsiguiente conversación como si ambos se conocieran desde hace mucho tiempo. Cualquiera de esas experiencias, se dice, le valdría para justificar su presencia allí, probablemente debida a su cansancio de la fiesta, a la idea de que la transformación de lo festivo en una convención perfectamente previsible conlleva el desencanto y conduce al desvío, a la búsqueda de una contrafiesta, en el envés de la ciudad, es decir: a quedarse quieto en mitad de un barranco en medio de la noche. De su estancia allí tampoco recuerda apenas nada, como si no hubiera ocurrido nada, salvo el transcurso apacible de las horas. En algún momento debió de apagarse el fragor de la música, el griterío de la gente debió de quedar definitivamente a sus espaldas, y entonces comenzó un silencio por el que se dejó envolver con sumisión: no había que hacer nada para sentirse mejor, sólo estar allí sin moverse, permanecer a la escucha sin nada que escuchar, pese a los mil pequeños ruidos de la noche, y sin nada que ver, pese a los mil destellos de la luz de la luna diseminada alrededor. Fue entonces cuando, sumando todos esos pequeños ruidos, esos destellos, los olores y las sensaciones de todos sus sentidos, llegó a la conclusión de que llevaba mucho tiempo allí, gran parte de la noche, y que quizá no faltara demasiado para el amanecer. Su posición no había cambiado, su mirada había permanecido, quizá por efecto del alcohol o de alguna otra droga consumida, fija en lo que parecía un montículo construido para separar el barranco de la entrada a la hacienda abandonada. A veces, por el rabillo del ojo, veía las piedras del barranco, la tierra humedecida, hierba temblorosa, hormigas que acudían en fila a rematar el cadáver de alguna abeja o escarabajo. Veía y escuchaba como si lo más importante estuviera por llegar. Un coche en el que viajaran cuatro jóvenes, uno de los cuales iba a ser violado y asesinado y cuyo cuerpo iba a ser lanzado al barranco, unos metros más allá de donde él se encontraba. Los aullidos de una perra parturienta perteneciente a la hacienda. Un chubasco que duraría diez minutos y que haría brillar con más viveza el lecho del barranco. Un cuerpo joven que aparecería desnudo por la carretera, con los jirones de un disfraz enredados en la cintura, y que se tumbaría a dormir en medio del asfalto. Pero lo cierto es que cualquiera de esas apariciones o epifanías, improbables aunque no imposibles, lo hubiera perturbado y hubiera deshecho el instante infinito de su bienestar, de su estar allí acurrucado entre dos arbustos en medio de un barranco en lo más profundo de la noche.

miércoles, 7 de febrero de 2018

A POCOS DÍAS DEL CARNAVAL, RECUERDAS…

Una y otra vez, las sombras de la mente. Las mentiras oblicuas. Las mondas resbaladizas de la fruta. Sombras de la mente son las mentiras calladas. Callejeas. Cada casa, un fruto podrido. Una y otra vez, manos detenidas en quicios de ventanas. Manos resguardadas ante los méritos del día. Desvías la mirada. Miríadas de sombras, milagros de modorra, miradores de la mente. Te vas dejando raspar por las calles. En una esquina los árboles fruncen sus raíces en la mermelada de asfalto. Frotas los ojos contra todas las resoluciones. Frenesí. Fritura. Cada casa, una punzada de sombra. Frutas, una y otra vez, en la memoria. Un miércoles de ceniza, hace no mucho, entró el amigo, alelado, en un bar de siluetas, todo estaba sombrío, colmado de coca el aire del local, embebidos los ojos en el alcohol de muchas horas. El amigo lo contó y tú viste su casa al pasear por las calles que esconden las respuestas. Dijo que había entrado en el bar y se había dejado apretujar entre las sombras, en turbia soledad, confianza ciega, consentida desaparición del ser. Aún no estaba enfermo entonces el amigo. Calles que callan. Sombras de la mente, una y otra vez. Fisgoneas tras los cristales arrebujados en las sombras. Torres cilíndricas, jardines laterales, vidrieras ovaladas de los vestíbulos. Casas que no se ven, que no se oyen. Casas de porcelana en calles de cristal. Algunas veces, una casa de piedra, envejecida, como un menhir silencioso en medio del arrebol: su fachada como dada la vuelta, basta detenerse frente a ella para estar del otro lado del mundo, muy lejos de donde se está, en el revés de uno mismo, dando volteretas de instante en instante. Fijeza. Frenesí. Mentiras espolvoreadas. Por calles mojadas cruzas. Mondas de fruta secas, resbaladizas, como bragas sucias dejadas en un charco tras un minuto de sexo silencioso. Miríadas de seca sombra sobre los mismos pasos que hemos dado siempre. Calle arriba, calle abajo. Metros de obsesión. Esquina tras esquina, contenedores en cada una, cada esquina más mugrienta a medida que avanzas. El amigo no sabía entonces que ahora tendría un tumor. Penetraba resquicios entre los cuerpos. Barajaba su propia sombra con la de los demás. Supuración de todo acercamiento. Chispa de cualquier conversación. Festivo, salvaje, licencioso, el amigo había entrado en un bar repleto de máscaras. Se había acercado a la barra entre el sudor del frufrú. Un ron cargado y al baño para drogarse. Así es aquí. Sombras de madrugada. Morir es fácil con los ojos abiertos. Menos fácil con la mirada ciega. Se irá de este mundo, el amigo de las máscaras, con ojos vueltos del revés, apadrinando sombras, celebrando en la trastienda rituales de intervenciones mínimas, sembrando certezas con que rehacerlo todo en el último segundo. Musitando palabras más para los demás que para sí mismo. Él es así. (Tú callejeas, pero no entras en los bares si no es para desayunar. Huyes de las sombras que te aguardan enmascaradas en arcenes y solares, tras postigos y dédalos, dedos de dulzura aferrados al perímetro de los recuerdos. Das, dados o dedos, demoledores informes a jardines impasibles: el uno es la mejor de las tiradas; cuatro unos seguidos son un cáliz de bienvenida unidad: uno, uno, uno, uno; dos dirán que dan más, pero son muchos, muchos doses sin ningún uno son dosis delicadas de asimilar: dos dosis, dos, dosis de doses; tres veces tres y cuatro veces cuatro a saber cuántos seises suman; el cinco sigue al cuatro como el tres al dos y a todos los sigue siempre un síncope; cinco cincos seguidos suman veinticinco y entonces la jugada se vuelve arisca: cinco, cinco, cinco, cinco, cinco; infame, ¿no?) Todas las combinaciones posibles de las tiradas de dados son como las sombras que los dedos trazan cada tarde en el resol de las ventanas. Dedos solos que se han descolgado de la mano y que, como dudas o dados, atruenan en los tableros huecos de fachadas mudas. Una y otra vez, las sombras de la mente. Están ahí en una aureola de insatisfacción, de perdido contacto con la vida, saturado tropel de irrealidades. El amigo contaba el estupor y el brío del contacto, la tropelía del sudor, el pistoletazo de las risas, los arabescos de los disfraces locos. Nada de esto se perderá para él en el último segundo, en el último consciente, al menos, cuando aún no se haya hundido en el pérfido sopor del infortunio. Lanzas ahora para él los dados de los dedos, avanzas: uno, tres, dos, cinco, cinco, uno, seis, tres, tres, tres, cuatro, dos, seis, cinco. La única fortuna, poder lanzarlos otra vez. Y otra, y otra. Vivir entre dos puntos seguidos, un instante más. O entre comas, al menos. La máscara, la plaza, los palacios, la inconsistencia, el milagro, las sombras, las mentiras, el jardín, los bares, las casualidades, el tira y afloja de los dados diarios. El amigo contó más cosas, pero no las recuerdas. Pronto no las contará más y tú las recordarás. Un cuento y un recuerdo, un cuerdo y un recuento: ¿qué te apuestas?   

PRESENTACIÓN DE "LA ALTA RUTA" DE MAURICE CHAPPAZ EN TENERIFE


viernes, 26 de enero de 2018

ALGUIEN QUE MANOSEA SUS MUÑONES


Ahora son las imágenes, a falta de vida, lo que bulle en mí. Imágenes que tuvieran vida propia, se diría, y que se mueven por los recovecos de mi memoria –aunque en mí no hay ya memoria, sino otro tipo de reducto, menos sólido, de lo que una vez existió– como peces en el agua. Es decir, que las imágenes flotan, circulan, se desplazan, giran, se emboscan… ¿no hay un nombre para lo que hacen los peces en el agua? Pasan bajo los párpados bancos de imágenes tan parecidas como peces multicolores, alineadas como los soldados de un batallón, gráciles en su desfile y sobrecogedoras en su silencio, y ni una sola de esas imágenes es idéntica a otra, de cada una de ellas se desprende un matiz, una burbuja, una sombra que la distingue de las demás. Son las imágenes de lo que una vez fue vivido, o de lo que se supo que vivía, de lo que se escuchó en una historia viva –contada por una boca viva en medio de una noche carnal– lo que bulle en mí ahora, en este tiempo mío de la imposibilidad de vivir o de la imposición de las imágenes sobre la costra de la vida. En los anaqueles, dispuestas en un orden aparentemente caótico, en el interior de tarros sin etiquetas, en uno de los pasillos menos visitados de la despensa, adonde no llega apenas la luz de la bombilla que no siempre consigo encender, brillan, sin embargo, como con un brillo propio, o con el reflejo de un brillo, las más oscuras imágenes. Todas tienen que ver con aquel hombre. Un asesino, decían. Alguien que había matado a alguien y que había pasado algunos años en la cárcel por ello. Un hombre al que recuerdo ya en mi infancia, antes del asesinato y de la cárcel –si los hubo–, paseando por las mismas calles que yo, cruzándose conmigo frente a la farmacia, siempre con una bolsa en la mano, con ropa oscura, barba de tres días, mirada de piedra, frontal. Una de esas tantas personas que desaparecieron cuando me marché, que se evaporaron en el curso de la vida, en medio de mis múltiples viajes, como si fueran ellas las que habían dejado de existir y no yo el que me había ido. ¿Adónde van todos aquellos que se quedan en el lugar que abandonamos, todos aquellos que no nos llevamos con nosotros, ni siquiera en un frágil hatillo que nos permita luego recordarlos? La ciudad se los traga. Los devoran las calles. Y esas mismas calles los vomitan años después, cuando volvemos, otros, otros ellos también, pero los mismos, los de antes. Otro aquel hombre, con la misma mirada de piedra, algo más ladeada, su bolsa en la mano, quizá ahora de papel y no de plástico, la ropa oscura, más deteriorada, la barba poblada, canosa, descuidada. Transitamos ahora entre los vómitos de entonces, vómitos también nosotros, heces de quienes fuimos, en escupitajos transformados nuestros sueños. Hay un lugar en el que ese hombre, cada noche, se detiene, se embosca, fuma no sabe ni él mismo qué, visita a sus ancestros, viaja en el tiempo, manosea sus muñones, toca el tronco de un árbol para respirar, investiga los huecos de la realidad, permanece en silencio. Una vez lo vi allí, en ese lugar que sólo él conoce y que yo preferiría olvidar –¡pues yo no soy él, yo no soy él!–, pura imagen que se ha dado la vuelta y ha regresado al mundo de los vivos. Sombra viva en medio de la sombra muerta, silencio de la verdad en el huerto de la mentira, un hombre junto a un árbol sin que pueda saberse cuál es uno y cuál es otro. Eso aterra. Entre la persona asesinada, el asesino y yo, en ese mismo instante, parece haberse establecido un pacto, no un pacto de silencio sino de verdad: la verdad es esto, la verdad es esto, se escuchaba susurrar a las ramas del árbol –o a sus raíces–, sin que cupiera rebatir de modo alguno tal declaración. La persona asesinada, una equis en medio de toda esta ecuación diabólica, no parecía tener inconveniente en reunirse con quien había sido su asesino –si es que lo era– y alguien que pasaba por allí, un testigo, abogado defensor, fiscal o juez, fuera cual fuera mi misión en aquel aquelarre con trazas de juicio. Hubiera debido volver al cabo de unos días para escarbar en la tierra y encontrar quizá una cadena de plata, la foto de carné de un presidiario, una pata de gallo o una navaja de bolsillo. Ahora sólo puedo lamentarme por no haber dado el suficiente crédito a tal escena de fantasmas y por haber dejado sin investigar a aquel sujeto: yo, él, ello, el otro, quienquiera que fuese. Las imágenes cruzan también como bandadas, si levantamos la vista al cielo, o como proles de roedores camino de las alcantarillas menos sucias de nuestra conciencia. Su desfile es como el de los adioses de otro tiempo: levantan mucho polvo y no dejan sino cadáveres.  

lunes, 15 de enero de 2018

ESTOY EN PARÍS CON UN LIBRO DE JEAN-LOUIS GIOVANNONI EN LAS MANOS

Estoy en París con un libro de Jean-Louis Giovannoni en las manos: me lo ha regalado un amigo y hace poco lo he estado hojeando en un café. Estoy en uno de esos cruces de París en donde el río pasa como al fondo de un escenario, el de las vidas ajenas, un río sucio y dorado al que tantas veces nosotros, y quizá también ellos, nos hemos asomado en busca de respuestas que sólo pueden ser amargas. Estoy en París a punto de cruzar uno de esos largos pasos de zebra junto al Sena, quizá cerca del bulevar Henri IV o incluso en los alrededores de la Gare de Lyon –recuerdo el momento pero no el lugar, la sensación pero no la vivencia, recuerdo las sombras sin la luz. Estoy en París, solo, al atardecer, deambulando después de salir de una de esas brasseries donde a los jóvenes trotamundos como yo un café les cuesta un ojo de la cara y por eso lo apuramos hasta que el camarero empieza a revolotear a nuestro alrededor con cara de pocos amigos y entonces, cuando nos pregunta qué más va a tomar el señor, nos hacemos los que no entendemos bien el francés… y nos marchamos. Estoy en París y Jean-Louis Giovannoni, con quien he hablado esa misma mañana por teléfono, me ha dicho que estará fuera unos días y que a su regreso podríamos vernos, y yo no sé aún cuántos días más me quedaré en París y le digo que volveré a llamarlo antes de marcharme. Recuerdo que el libro que llevo en las manos se titula Pas japonais y que sus poemas, al menos los pocos que he leído, son de esos que lo hacen a uno sentirse más frágil y a la vez más felizmente consciente de su fragilidad. Estoy al borde de una acera, a punto de cruzar una calle, quizá el bulevar Henri IV o quizá cualquier otra avenida de las que confluyen en la Gare de Lyon, y por algún motivo no me decido a cruzarla, me quedo contemplando la cubierta del libro de Jean-Louis Giovannoni, su finura radiante, sintiendo su delicado tacto en mis manos, y me digo: llevas ahora mismo un libro de Jean-Louis Giovannoni en las manos, o es el libro el que acaso te está llevando de paseo por París. Paso a paso, con paso japonés. El libro parece saber mucho más de lo que dice, incluso tan sólo hojeado, apenas presentido, con sus páginas apretadas como si escondieran un gran secreto, como si no hubiera sido fácil decirlo todo hasta ese punto, y recuerdo haber pensado que leerlo en esas condiciones, en la irrupción de una inestabilidad hasta entonces desconocida, como si fuera el libro a convertirse en el testigo de una catarsis, de una liberación, no podría significar sino destruir el propio acto de la lectura, volverse uno mismo una diana contra la que los poemas dispararían sus dardos. Estoy en París y no sé adónde ir. Los coches circulan a mi alrededor como si se dirigieran todos a la periferia: tan impetuosos, frenéticos, tan amenazantes. Los dedos se aferran al libro de Jean-Louis Giovannoni, se dejan seducir por la suavidad levemente rugosa del cartón elegido para la cubierta: casi diría al tocarla que las letras del título están estampadas en un ligero bajorrelieve y que puedo recorrerlas una a una mientras mi mirada se detiene en el balcón de una esquina, en su piedra recubierta de una capa de hollín, casi tan sucia como el río. En un piso como esos vivirá quizá Jean-Louis Giovannoni. Su voz al teléfono era la de alguien que lleva mucho tiempo solo, recluido como en el fin del mundo, acostumbrado al silencio y temeroso, por ello, del exceso de palabras. Paso japonés: paso dado en el reverso de la ansiedad, paso dado como una suprema desnudez, paso sigiloso que se da en las cenizas de la conciencia y de la percepción. Llevo Pas japonais en la mano, sin apenas haberlo leído, y creo que cualquier esquina de mi vida me devolverá a esta de ahora, como si los pasos que vayan a irse encadenando fueran dejando atrás una horma, un surco, una sucesión de huellas que me llevaría, aun con dificultad, con incertidumbre, hasta esta esquina indecisa. No hay adónde ir porque ya estoy aquí, en París, cerca del Quai des Célestins, saludando con una mano al que seré de mayor, visitando con el envés de la memoria las vueltas de la vida. Tengo veinticuatro años, mi tren ha llegado esta mañana desde Jena a la Gare du Nord y mi maleta está depositada en la pensión Ladagnous, donde madame Ladagnous me ha prometido que tendré una habitación libre esta noche. Allí habrá de ir a buscarme mañana Stéfan Drouart y yo no estaré porque habré salido una hora antes, pero esa es otra historia. Ahora mismo, con el libro de Jean-Louis Giovannoni entre las manos, la mirada distraída en los revoloteos de la luz que cae envuelta por la sombra, junto al río que fue, en medio de esta tarde de París que no tendría por qué regresar, me pregunto si algún día será posible volver a este lugar de otra manera, con el libro leído, con la indecisión transformada en incertidumbre, el tacto conservado y la mirada aún disponible, volver para dar unos cuantos pasos más, sin afán de saber adónde hubiera ido, adónde fui, simplemente por darlos, por cruzar quizá la avenida y esperar allí a que se haga de noche.

martes, 9 de enero de 2018

CHINYERO

Ahora ya no intento nombrar: me contento con que las cosas me penetren. Me dejo columpiar en medio de los pinos y no busco nombres para lo que desconozco. Sé que llevo en mí todos los nombres y ninguno. La arena es como mi propia piel: rasposa y cenicienta. Si hubiera venido aquí hace quince años estaría aventurando metáforas y ripios en vez de avanzar en círculos, desentumecer los huesos, disipar toda tentación de hablar mientras el paisaje se convierte en un nuevo surco, una nueva inscripción borrosa en la mente.


¿Alguna vez escuchaste cómo el viento soliviantaba las copas de los pinos, mientras abajo, al pie de las raíces, junto al camino, el silencio se escondía, se refugiaba en los pies, rebotaba entre los troncos?  Hay árboles que saben cuándo va a cobijarse en ellos un pájaro, y para qué. Los hay de lomo azulado, los hay grises y casi transparentes, los hay del color de la miel y la pinocha. Pájaros y pinos, digo.


Allá, a lo lejos, la lava se contrajo,  ¿hace cuántos milenios?, y engendró esos roques, incisiones, frentes negras. ¡Así que aquí es donde se celebran esos conciliábulos sobre los que leímos en libros quemados por la sal de tantas mareas! Asustan, son máscaras negras carentes de ojos, de bocas, puras narices que nos olfatean al pasar y reconocen en nuestro aliento el hedor de las alimañas. 


Pero hay que continuar, seguir en círculo la estela de lo irreparable. Supe entonces que me dirigía hacia otro tiempo, pero empeñándome en acudir a él desde el otro lado, desde el lado de acá, sin darme cuenta de que ese rodeo era impracticable. Para llegar a aquel otro tiempo –soñado o recordado, qué más da– debía hacerlo desde el lado de allá, debía situarme justo al revés, intercambiar mi posición con la del vigilante del origen y esperar a que empezaran a desplazarse nuestros respectivos lugares. Había, era cierto, otro tiempo más allá, no sé si en medio de la memoria o el olvido, pero para llegar a él no podía hacerse sino de esa extraña manera.


¡La frontera entre la colada y los pinos! Pon tu pie aquí, me dije, y siente cómo se quema. Salta hacia atrás para salvarte. El volcán es nuestro mejor dibujante. ¡Menudo Pollock está hecho para manchar de lava lo que se le ponga por delante! Pero sabe pararse cuando corresponde. Prevé que unos cuantos milenios después su gracieta será admirada como un ejercicio de precisión y que se propondrá como modelo de equilibrio entre la desmesura y la armonía, entre el caos y la elegancia.


Cuando, en algún momento del camino circular, surge el volcán a la derecha, tenebroso, intacto, protegido incluso por la normativa (“está terminantemente prohibido ascender a los volcanes”), lo miro casi como si, de algún modo, ya lo conociera. Este volcán, me digo, entró en erupción cuando mi abuela tenía cuatro años de edad. Ella decía recordarlo, o quizá se lo contaran años después. En cualquier caso, no hace tanto de esto: 1909. Poco más de un siglo. Ante un volcán como este, uno tendría que subir al cráter y dejarse caer por él como el loco de Empédocles. Alimañas, alimañas es lo que somos, ya lo he dicho.


Más sencillo y menos irresponsable que transformarlo todo en palabras es caminar en silencio, apagar los restos de toda combustión interior –con el riesgo de aproximarse demasiado a ese otro borde del que no se regresa–, para probar al menos si no es así como mejor se puede percibir lo que un lugar como este nos brinda: un poco de calma, aire muy limpio, realidad, tiempo, cordura. No digo que, si hay oportunidad, no pueda uno preguntarse, asombrarse o desear a partir de determinados indicios, marcas, señuelos, pero sí que quizá lo más importante aquí es darse cuenta de que en ese momento es este el mejor lugar del mundo para estar; y no sólo darse cuenta, sino sentirlo con toda el alma, sin ambages, sin trabas.


lunes, 8 de enero de 2018

REGRESO DE VACACIONES


El profesor regresa de sus vacaciones. Entra en el aula. Los alumnos se encuentran sentados, en silencio. Repasan sus cuadernos, leen sus libros, afilan los lápices. El profesor ha saludado al entrar, pero no recibe respuesta. A su “Buenos días” le contesta un espeso silencio. Los alumnos no parecen haber estado esperándolo, ni siquiera repasar las lecciones que explicó antes de las vacaciones. Cada uno lee algo diferente o repasa el cuaderno de una asignatura que se diría elegida al azar. El profesor piensa que un silencio tan extraño sólo podría obedecer a la conmoción de volver a clase después de las vacaciones, conmoción que él también experimenta pero que preferiría combatir con algo de conversación, sonrisas, un intercambio de ideas. Los alumnos no levantan sus cabezas de los pupitres, parecen estar leyendo algo que realmente les interesa. De hecho, el profesor duda de que los alumnos se hayan percatado de su presencia. Ni siquiera durante sus explicaciones más apasionadas se han mostrado nunca tan concentrados, tan atentos. Se sienta en su mesa y repite el saludo: “Buenos días”. Nadie le responde. Se levanta y pasea entre los pupitres. Apuntes, libros de texto, fotocopias, gráficos, esquemas, resúmenes, ejercicios, fracciones. Regresa a la parte delantera del aula, junto a la pizarra. Mira a cada alumno a la cara: son los suyos, no se ha equivocado de aula. Las vacaciones, que no han durado tanto, no han producido cambios en sus rostros. Ni siquiera otro peinado, un piercing nuevo, gafas de otro color. Siguen siendo Ramiro, Inés, Gonzalo, Julieta, Fran y todos los demás. El profesor enciende el ordenador y conecta el cañón de proyección. Introduce su lápiz de memoria en la ranura correspondiente. Abre una presentación preparada hace unos días: “La Celestina: autoría, temas, personajes”. La repasa mentalmente para recordar los datos más útiles. Carraspea. Anuncia: “Hoy, mis queridos alumnos, comenzaremos el estudio de La Celestina, uno de los libros más relevantes de nuestra literatura”. Pasa a la segunda diapositiva. Aparece el retrato de un caballero medieval, de mirada torva, junto a la cubierta de un incunable de difícil lectura. Nada demasiado apasionante, desde luego. Los alumnos continúan su estudio concentrado, en completo silencio. “Durante mucho tiempo se creyó que La Celestina era un libro de autor anónimo, pero un día se descubrió un acróstico…” Silencio. “Por cierto, ¿alguien sabe lo que es un acróstico?” Los alumnos pasan tranquilamente las páginas, uno afila su lápiz, otro opera con la calculadora. El profesor proyecta la siguiente diapositiva. “Fernando de Rojas afirma haber encontrado el primer acto de una obra dialogada y haberla completado en quince días. ¿Les importaría tomar apuntes de lo que voy diciendo, por favor?” Gráficos, fracciones, esquemas, resúmenes. Nadie se inmuta. El profesor despliega su sonrisa más benevolente y dice: “Ya sé, cabrones, que La Celestina es un petardo de obra, pero tengan la más completa seguridad de que estoy dispuesto a arruinarles la vida a todos si no se saben hasta la última coma de lo que estoy explicando”. Ni un murmullo. El profesor se rasca los sobacos, se tira un pedo, saca la lengua, cacarea. Ni por esas. Cuando quedan unos minutos para el final de la clase, se baja los pantalones y les enseña el culo a sus alumnos. Estos, que parecen cada vez más ensimismados en sus apuntes, ni siquiera se dan cuenta. Se oye de pronto el timbre que indica el cambio de clase. Los alumnos guardan su material en las mochilas, se levantan, salen del aula en silencio.

sábado, 6 de enero de 2018

LOS ANTSCHETSCH

Decían que vivía allí enfrente, pero nunca lo vimos entrar o salir, acaso alguna vez creyéramos haber imaginado verlo asomado a la cristalera del balcón, o por lo menos haber visto lo que parecía su silueta recortada al atardecer detrás de unas cortinas: la figura bien formada, corpulenta, de un hombre de mediana edad, extranjero, rubio, alemán, tenista. Decían incluso que era el director de aquel hotel, aunque ni siquiera estábamos seguros de que aquello fuera un hotel y no tan sólo un complejo de apartamentos; y quienes lo decían afirmaban haberlo visto jugando, casi siempre a la misma hora, a media tarde, en la cancha de tenis del hotel (o lo que fuera) con un joven que podría ser su hijo. Mira, los Antschetsch, decían. Sin embargo, se creía que el hijo no vivía con el padre. Únicamente se los veía juntos, o se decía haberlos visto juntos, en la cancha de tenis, por la tarde, cuando posiblemente el trabajo del padre como director del hotel –o como administrador del complejo de apartamentos– ya había terminado, incluso dejando un rato en la sobremesa para dormir la siesta. 

Zumban las pelotas que se lanzan a un lado y otro de la red: el joven juega de un modo más agresivo, saca con efecto, sube hasta la red, espera la volea, salta, remata, regresa a la línea de fondo para volver a sacar. Le está dando una paliza a su padre, pero, como este podrá luego relajarse con un baño en su habitación, intentará olvidar que, inexorablemente, su juventud ya ha quedado atrás y ahora tiene casi sesenta años. El señor Antschetsch, cuya familia procedía de los Sudetes alemanes, se ha hecho a sí mismo. Después de la guerra, su madre, viuda, lo envió a estudiar a Múnich, donde aprendió el italiano en unos cursos organizados por la Cámara de Comercio con vistas a formar a jóvenes alemanes dispuestos a ejercer de guías turísticos para los grupos de turistas culturales procedentes del norte de Italia. El señor Antschetsch estudió también rudimentos de contabilidad. Su buena planta, su capacidad para hacer amigos incluso donde parecía imposible hacerlos, su sonrisa generadora de confianza y su irresistible atractivo para hombres y mujeres lo situó muy pronto en un puesto de cierta responsabilidad en una empresa dedicada a la promoción inmobiliaria en la frontera de Baviera con Austria. No le resultó muy complicado dar el salto a Italia, donde acabó conociendo a un empresario de la restauración convencido de que invertir en Canarias –años setenta– no era ni mucho menos descabellado. 

El señor Antschetsch llegó a Tenerife como contable de uno de los primeros restaurantes que se abrieron en la isla; Bertini, su jefe, sin embargo, prescindió de él muy pronto, pues no conseguía que se le acercaran ni las empleadas ni las clientas, que caían todas en brazos de Antschetsch y, tras la consabida noche de amor, acababan fugándose o dándose a la bebida. Fruto de una de esas noches, se dice, fue el hijo de Antschetsch, quien, por aquel entonces, y tras aprender algo de inglés y español, ya se había convertido en recepcionista de uno de los primeros hoteles del sur. Se ha oído decir que ella era una joven holandesa que trabajaba en un restaurante como camarera, pero también se dice que podría haber sido una canaria casada con un empresario catalán a quienes Antschetsch agasajó una noche con una cena en uno de los restaurantes de moda en Los Cristianos, cena que tuvo como resultado que el empresario volviera al hotel borracho como un piojo y que su mujer se quedara un rato más con Antschetsch en lo que se supone que pudo ser un rápido encuentro amoroso. 

Lo cierto es que su hijo, que fue, que Antschetsch supiera, el único que tuvo, no había conocido a su madre. Se había criado inicialmente con su padre, pero a los quince años se había ido de casa y se había amancebado con una mujer de treinta, divorciada, vital, independiente, que lo había convertido en su amante y le había enseñado las artes de la mancebía. Padre e hijo, por tanto, no tenían muchas ocasiones de verse, y ni siquiera se soportaban demasiado (el hijo le reprochaba al padre los graves secretos que atenazaron en vano su infancia y el padre al hijo su marcha, su amancebamiento, su vida malgastada). Con el paso del tiempo, los momentos en los que se juntaban para jugar al tenis se convirtieron en fugaces reconciliaciones que, aunque invariablemente terminaran con la victoria del hijo, suponían al menos un reencuentro, les permitían intercambiar alguna palabra sobre sus respectivas vidas y los emplazaban hasta una próxima ocasión. 

Puede decirse que el tenis los había mantenido precariamente unidos. El juego del padre, a diferencia del del hijo, era defensivo, socarrón, inteligente, sólo que las piernas ya no le respondían como cuando era joven y ahora ya no llegaba a pelotas que para él, entonces, eran pan comido: canchanchaneaba por la cancha y eso, junto a las derrotas, lo dejaba de mal humor. A pesar del baño posterior, a pesar de la cena, muchas veces en la agradable terraza del hotel (apartotel), el señor Antschetsch se iba a la cama malpuesto, con un disgusto que nunca era capaz de prevenir. Quienes lo habían visto asomado a la cristalera del balcón de su habitación hablaban de una sombra de mal agüero, de alguien que degustaba durante mucho tiempo una copa tras otra. Nosotros nunca lo vimos, pese a que vivíamos enfrente. Acaso alguna vez creyéramos haber imaginado verlo asomado a la cristalera del balcón, o por lo menos haber visto lo que parecía su silueta recortada al atardecer detrás de unas cortinas. Nos aseguraban que allí había vivido Antschetsch, el alemán que se suicidó lanzándose por el balcón a los dos años de instalarnos. Toda esa época fue difícil y algunos no estaban hechos para sobrevivirla. Nosotros también teníamos por entonces nuestros propios problemas, pero no debían de ser tan graves como los del señor Antschetsch, pues seguimos viviendo allí un tiempo más, hasta que nos mudamos.