martes, 26 de diciembre de 2017

SOBRE UN ESCRITO DEL SEÑOR FRANCISCO LEÓN REFERENTE A LA ANULACIÓN DEL CONCURSO DISPOSITIVO VÓRTICE 2018


El pasado 16 de junio de 2017 TEA, Tenerife Espacio de las Artes, daba a conocer las bases de Dispositivo Vórtice 2018, una convocatoria pública a través de la cual se buscaba al equipo encargado de desarrollar la propuesta editorial y las sesiones presenciales de este programa de TEA que quiere contribuir a la reflexión contemporánea sobre la producción cultural así como al pensamiento crítico relacionado con ella. Los abajo firmantes, Rafael-José Díaz, Verónica Galán y Mariano de Santa Ana, nos presentamos con el proyecto titulado ‘Cabina crítica’. El 10 de noviembre se dio a conocer el fallo de la convocatoria, que recayó por unanimidad en el otro proyecto presentado, titulado ‘Sur Absoluto’. La comisión de valoración estuvo presidida por el gerente de TEA, Jerónimo Cabrera, e integrada por el escritor y crítico Daniel Duque, el escritor y traductor Jordi Doce, la comisaria y cofundadora de Beta-Local de Puerto Rico, Michy Marxuach; la comisaria, crítica independiente y directora del Máster Internacional de Fotografía Contemporánea y Proyectos Personales de EFTI en Madrid, María Santoyo; y por el conservador de la Colección de TEA, Isidro Hernández.


El 14 de diciembre TEA difundió en su web una resolución de la Gerencia, firmada por el señor Jerónimo Cabrera, por la que se anulaba el procedimiento. Ese mismo día por la tarde los abajo firmantes publicamos un comunicado en el que manifestábamos que lamentábamos las circunstancias que condujeron a la anulación del concurso y deplorábamos la conducta observada durante el procedimiento por el señor Jordi Doce, miembro del comité de valoración, y por el señor Isidro Hernández, conservador, como se ha dicho, de TEA y participante en el mismo, según esa resolución, en calidad de secretario. En aquel comunicado adelantamos, igualmente, nuestra decisión de no presentarnos a la anunciada reedición de esta convocatoria de Dispositivo Vórtice 2018.


Ahora, después de que el señor Francisco León, director del proyecto ‘Sur Absoluto’, publicase en su blog un texto titulado “Prefijar un destino” [consultado por última vez el 26 de diciembre de 2017 a las 17.15 h.; ver nota al final de este texto] en el que hace graves afirmaciones que nos afectan, nos vemos obligados a detallar públicamente lo que en el primer comunicado apuntábamos de modo sucinto y que, para no generar más tensión, hubiésemos preferido no dar a conocer. 
 

¿Por qué dijimos que deplorábamos la conducta observada durante el procedimiento por el señor Jordi Doce?


1)   El señor Jordi Doce fue miembro, junto al señor Francisco León y otros señores, del comité de dirección de la revista ‘Piedra y Cielo’.


2) La revista 'Piedra y Cielo' publicaba a su vez un suplemento llamado ‘Sur Absoluto’, coincidente en el título con el proyecto presentado por el señor León y su equipo a la convocatoria Dispositivo Vórtice 2018.


3)  El señor Doce profesa una enemistad manifiesta hacia Rafael-José Díaz, tal y como puede constatarse en un correo electrónico dirigido en 2012 por el primero al segundo. 
 
4)  Durante el proceso de deliberación del comité de valoración, el señor Doce nunca comunicó al resto de sus integrantes las circunstancias anteriormente referidas, según nos informó el señor Isidro Hernández, conservador de TEA, en una reunión que Rafael-José Díaz solicitó formalmente al gerente de TEA, señor Jerónimo Cabrera, por medio de un correo electrónico enviado a su cuenta oficial, y que se celebró el lunes 27 de noviembre entre las 13.00 y las 14.00 h. en la sede de TEA. A la misma, por parte de 'Cabina crítica', acudimos Rafael-José Díaz y Verónica Galán –por tanto, no solo Rafael-José Díaz, como afirma el señor León–, y lo hicimos, además, en representación de Mariano de Santa Ana, que no pudo estar presente.


5)  A pesar de que el señor León sostiene que es “cosa harto difícil desde el punto de vista técnico” que la enemistad manifiesta del señor Doce hacia Rafael-José Díaz “pudiera ser demostrad[a] fehacientemente”, una copia del correo que así lo hace le fue entregada al gerente de TEA, quien dio trámite de audiencia al señor Doce para que se explicara sobre el particular.


¿Por qué dijimos que deplorábamos la conducta observada durante el procedimiento por el señor Isidro Hernández?


1)  El señor Hernández estaba perfectamente al corriente de que el señor Doce fue miembro, como el señor León, del comité de dirección de la revista ‘Piedra y Cielo’, la cual, como hemos indicado, publicaba el suplemento ‘Sur Absoluto’. No en balde, el señor Hernández fue colaborador de ‘Piedra y Cielo’, como puede comprobar cualquiera mediante una simple consulta en internet del anuncio que 'Sur Absoluto' hace del número 10 de 'Piedra y Cielo'. Esta circunstancia se la acreditamos también al gerente de TEA durante nuestra reunión, ante el propio señor Hernández. Sin embargo, y pese a estar en el concurso en calidad de conservador de TEA y de actuar en el mismo como secretario, el señor Hernández no se la transmitió en ningún momento a los miembros del comité de valoración. Así lo reconoció él mismo en la reunión. 

2) Durante ese encuentro, el señor Hernández reconoció, además, sin que los representantes de ‘Cabina crítica’ le hubiésemos inquirido por ello, que él mismo sugirió el nombre del señor Doce como integrante del comité de valoración.

¿Acreditamos ante TEA alguna otra irregularidad susceptible de conducir a la anulación del procedimiento?

Sí. Acreditamos que la señora Esther Ramón, que concurría como redactora jefe de ‘Sur Absoluto’, no cumplía con la base segunda (“Participantes”) que indica lo siguiente: “Podrán participar aquellas personas que acrediten experiencia previa o vinculación profesional en el desarrollo en Canarias de proyectos editoriales sobre textos críticos relacionados con la cultura o la práctica artística contemporánea, así como en la difusión en medios de comunicación del Archipiélago de este tipo de trabajos.”

A continuación reproducimos el currículo de la señora Ramón tal y como figuraba en la web de TEA cuando se anunció que el equipo de ‘Sur Absoluto’ había ganado el concurso. En el mismo, como se puede comprobar, no se acredita experiencia previa o vinculación profesional alguna de la señora Ramón con proyectos editoriales del Archipiélago:

Esther Ramón (Madrid, 1970) es poeta, doctora en Teoría de la Literatura y Literatura comparada por la Universidad Autónoma de Madrid, profesora de escritura creativa y crítica literaria. Ha sido coordinadora de redacción de la revista ‘Minerva’ (Círculo de Bellas Artes de Madrid), ha dirigido el programa de poesía de Radio Círculo ‘Definición de savia’, y ha sido coordinadora de la revista de la Bienal de Arte Contemporáneo de Oslo ‘OP1. Art and Public Realms’. Asimismo, ha dirigido ‘Digging Project’, la sección de insertos textuales de LIAF 2013, bienal de arte de las Islas Lofoten (Noruega). Ha publicado los poemarios ‘Tundra’, ‘Reses’ (galardonado con el Premio Ojo crítico en 2008), ‘Grisú’, ‘Sales’, ‘Caza con hurones’, ‘Desfrío’ y ‘Morada’, entre otros. Algunos de sus poemas figuran en antologías como ‘Panic Cure’. ‘Poetry from Spain for the 21st Century’ o en el monográfico ‘Poètes d'Espagne’ de la ‘Revista Europe’, en 2005. Ha colaborado en ‘Cuadernos Hispanoamericanos’, ‘Revista de Libros’, ‘Archipiélago’, ‘Ínsula’, ‘Quimera’, ‘Nayagua’, ‘Turia’ o ‘El Crítico’ y ha participado en libros colectivos como el reciente ‘Lecturas de Paul Celan’. Fue profesora de poesía en Bates College y ha impartido talleres de poesía en distintos centros penitenciarios y en instituciones como La Casa Encendida o en la Fundación Centro de Poesía José Hierro.

Curiosamente, la señora Ramón pudo haber acreditado al menos una colaboración con una publicación de Canarias, justamente con la revista mencionada, 'Piedra y Cielo', cuyo número 11 se anuncia en el suplemento ‘Sur absoluto’; pero, por las razones que fuera, prefirió no hacerlo.

En su carta oficial de reclamación al director insular de Cultura y al gerente de TEA concerniente a la anulación del fallo, que pasó por el registro de la institución, y que reproduce en su blog, el señor León, supuestamente junto con el resto de su equipo (el señor Ángel Padrón y la señora Ramón), sostiene de nuevo que Rafael-José Díaz se reunió “de forma extraoficial con el Gerente y el Conservador de TEA —Jerónimo Cabrera e Isidro Hernández”. Amén de que, por alguna razón que desconocemos, omite el dato de la presencia de Verónica Galán en el encuentro, no nos parece correcto que diga en un escrito de esta naturaleza que esta reunión, en la que no estuvo presente, fue una cita “extraoficial” y que no haga por acreditar su afirmación, cosa por lo demás imposible.
 
En la misma carta el señor León reproduce el punto quinto de la resolución de anulación del concurso, firmada por el señor Jerónimo Cabrera y publicada en la web oficial de TEA, que reza como sigue: «El lunes, 27 de noviembre de 2017, en reunión mantenida en las instalaciones de TEA Tenerife Espacio de las Artes a petición de representantes de ‘Cabina crítica’, uno de los proyectos presentados, se entregan documentos susceptibles de fundamentar una impugnación de las actuaciones efectuadas en el presente procedimiento». En la resolución del gerente queda claro, por tanto, que la reunión que mantuvo con Rafael-José Díaz y con Verónica Galán tuvo carácter oficial y que se celebró en respuesta a una petición oficial nuestra. De modo que, por si quedaba alguna duda, es el propio señor León quien, en su carta al gerente y al director insular de Cultura, señor José Luis Rivero, acredita este hecho que pretende ocultar.

En este escrito un texto que, por otra parte, oscila con frecuencia entre el "yo" singular y el "nosotros" plural, haciendo así dudar de quién lo firma realmente hay, además, otro párrafo que creemos necesario citar en su integridad:

“Queremos dejar constancia, además, de algunas reflexiones finales. A la vista de los acontecimientos, nos preocupa tanto el alto grado de intimidación a que ha sido sometida la institución en este caso, como el modo en que, desde TEA, se ha respondido a ella. No de otra manera puede entenderse la solución adoptada. Asimismo, nos preguntamos si, del mismo modo arbitrario como ahora ha sucedido, también TEA, su Gerente, ex secretarios o cualesquiera otras personas —el propio Sr. Díaz, por ejemplo— podrán inmiscuirse siempre que lo deseen en los contenidos del proyecto Sur Absoluto, o de quien resulte ganador de la nueva convocatoria, con la posibilidad de que, como ya ha sucedido en otros casos recientes, el mismo proyecto sea cancelado, censurado o inhabilitado ante cualquier tipo de queja que pueda derivarse de los contenidos de la revista o los talleres. Nos preguntamos si realmente una institución que puede ser intimidada de modo tan elocuente, podrá mantener la independencia de un proyecto crítico basado en el juicio crítico mismo, como es este, cuando, como ahora se ha visto, TEA ha denegado de manera tan desatinada la facultad para el mismo tipo de juicio a los miembros del Jurado de Dispositivo Vórtice 2018. Las respuestas a estas cuestiones, a la vista de lo sucedido, se vuelven para nosotros información imprescindible para valorar si a partir de ahora procede o no nuestra continuidad en el proyecto.”

¿Por qué en una carta oficial dirigida al director insular de Cultura del Cabildo de Tenerife y al gerente de TEA y que ahora, además, el señor León publica en su blog, los miembros de ‘Sur Absoluto’ aseguran que la institución ha estado sometida a “un alto grado de intimidación”? ¿Por qué sostienen que la entidad “puede ser intimidada de modo tan elocuente” sin aportar una sola prueba en tal sentido? ¿Se referirán acaso a la reunión, oficial, en TEA, en la que Rafael-José Díaz y Verónica Galán transmitieron al gerente las evidencias de las irregularidades cometidas durante la resolución del concurso? Sea como fuere, reiteramos que no nos presentaremos a la reedición de la convocatoria y queremos dejar claro que lo único que nos ha hecho actuar al presentar ante TEA las pruebas que han conducido a la anulación de la misma es velar por los elementales principios de transparencia y honestidad que han de guiar convocatorias como esta.*

                                                        En Santa Cruz de Tenerife, a 26 de diciembre de 2017.

* Nota del 30 de diciembre de 2017. El señor Francisco León ha retirado de su blog el texto "Prefijar un destino", que contenía graves afirmaciones que nos afectaban a los integrantes del equipo 'Cabina crítica'. Dado que nuestro texto de respuesta al señor León no se entiende sin el mismo y, sobre todo, porque el señor León no se ha disculpado públicamente con nosotros, hemos considerado conveniente añadir esta nota aclaratoria a nuestro escrito de respuesta. 

                                                       Rafael-José Díaz, Verónica Galán, Mariano de Santa Ana

jueves, 7 de diciembre de 2017

LA FRONTERA DEL DESPERTAR


       * Toni Quero, Párpados, III Premio Dos Passos a la Primera Novela, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017.     

Hace mucho tiempo pensaba que los párpados eran una especie de mutilación al revés: una añadidura, un apéndice que nos permitía desconectar por un momento del mundo, replegarnos en cierta interioridad salvífica, en el último reducto que nos quedaba para escapar de las astillas –casi siempre impredecibles– de la realidad. Hoy en día soy más propenso a pensar que, por el contrario, los párpados nos permiten conectarnos de un modo más sutil, con frecuencia más pernicioso y dañino, con lo que nos rodea: nos acercan a lo que somos ahí fuera, en la mescolanza de lo real, con más intensidad, pero casi siempre nos hacen sufrir más, nos condenan a ser conscientes del propio acto de mirar lo que casi nunca desearíamos ver. Posiblemente esté ahora tan equivocado como lo estaba entonces y los párpados no signifiquen esto o lo otro, sino muchas posibilidades a la vez. Abrirlos, en cualquier caso, es para Duna, la protagonista femenina de la novela Párpados, de Toni Quero (Sabadell, 1978), un ejercicio cada vez más difícil. Siente caballos, el peso de muchos caballos, sobre sus párpados, y empezar un nuevo día, salir a la mañana con los ojos abiertos para seguir viviendo, lo que para cualquiera de nosotros es un acto casi reflejo en el que sólo con posterioridad podemos reconocer ciertos visos de afirmación del ser, de hiperactividad o de autosuperación, es para ella cada vez más complicado. En la novela asistimos a su progresivo desmoronamiento. Duna es movediza, volátil, insegura, enigmática, esquiva. Los pocos momentos de comunión –¿cuatro, cinco en toda la novela?– que se dan entre ella y el protagonista masculino, narrador autobiográfico de la obra, son descritos como instantes de gran fragilidad, casi como espejismos de un contacto auténtico que inmediatamente devuelven la imagen de la separación, de la dolorosa incomunicación entre ambos personajes. 

            Es significativo que la novela comience con la escena en la que Duna saca al narrador protagonista de un sueño profundo: un animal indefinido, amenazador, que se le volverá a aparecer en nuevas pesadillas a lo largo de la novela, rodea al personaje. El círculo se cierra con las palabras finales, el mismo siseo, el mismo “despierta”, dicho ahora por la voz fantasmal de una Duna ya muerta, vuelta definitivamente a su mundo de sombras, que resuena en la mente del protagonista, quien, por su parte, se ha transformado en una especie de autómata, un sonámbulo que camina ya por la vida completamente desorientado. Entre estos dos paréntesis, estas dos voces que son la misma pero entre las que media la distancia entre la vida y la muerte, Párpados narra dos meses de un verano absolutamente mágico y devastador. La novela comienza en el Delta del Ebro, en un apartamento que pertenecido a la madre de Duna y en el que ella y su pareja han decidido instalarse antes de entrar a trabajar en el bar que el Bardo, tío de Duna, regenta en La Ràpita. Duna, dibujante, y el protagonista, fotógrafo, antiguos compañeros de universidad, llevan algunos años de relación, con el único lapso de un año en el que Duna decidió interrumpir el contacto, marcharse a Berlín e iniciar allí una nueva vida con otra persona. Fracasado este intento, la pareja vuelve a encontrarse y decide darse una nueva oportunidad. No hay, sin embargo, más expectativas laborales para ellos que la oferta del Bardo de incorporarse a su restaurante de la playa para desempeñar allí, eso sí, los puestos más bajos: camarera, marmitón, poco más. Gracias a un dinero que el narrador protagonista consigue al vender su equipo fotográfico, la pareja decide renunciar a la oferta del Bardo y cruzar la frontera con Francia sin un objetivo claramente definido.

            Algunos de los momentos de “comunión” o, si se prefiere este otro término, de “plenitud”, se dan cuando los dos personajes, montados en la moto del protagonista masculino, ruedan a toda velocidad por autopistas o carreteras: parece ser esa especie de “vuelo”, la más vertiginosa movilidad en medio de un viaje sin rumbo ni objetivos, el único medio de acceder a un estado de conexión entre dos personajes que han decidido recomponer una relación sin grandes esperanzas de conseguirlo. Varias veces, mientras ruedan así, en medio de bandadas de pájaros o arboledas evanescentes, vemos la mirada del protagonista, a través del espejo retrovisor, fija en el pelo de Duna, o en su mejilla, que refleja el atardecer, o sentimos cómo los dedos de Duna se aferran a la cintura del conductor como si fuera esa su única posibilidad de escapar de la desgracia. Hay casi siempre un desequilibrio entre las actitudes de Duna y el protagonista: mientras ella se abstrae dibujando, nada o permanece dormida durante horas en la habitación de un hostal, fuera de la realidad, él la fotografía, la observa una y otra vez como para retenerla, la busca durante días cuando ella se “fuga” del hostal en Berlín, permanece siempre a su lado como si supiera que esa permanencia del contacto es la única garantía de que Duna no se desvanezca, no se evapore para siempre. 

            En algún momento de la novela el protagonista se pregunta qué es real y qué es ficticio. Más adelante, mientras busca a Duna en Berlín, recurre a las fotografías que le ha ido tomando desde que la conoció en la universidad, como si en ellas pudiera encontrar alguna pista para encontrarla: “[…] pero no hay nada ahí, los personajes actúan en un escenario desnudo. Sólo es una bonita historia de amor a la que los guionistas introducen secundarios para hacerla avanzar […]”. De alguna manera, esta conciencia del carácter ficticio de la vida, o, mejor dicho, la posibilidad de que la historia vivida sea parte de una ficción y avance sólo con el objetivo de cumplir con un guion y que la película sea “rodada” hasta el final, forma parte esencial de la personalidad del protagonista, incapaz, de algún modo, de ver la verdad de Duna, de descifrarla para salvarla. Cerca del final afirma: “Duna percibe mis dudas; para mí es indescifrable, pero ella puede leerme como un libro abierto.” Así, como si nos fuera ofreciendo fotografías de su inseguridad, de su incapacidad para descifrar, cada capítulo ahonda un poco más en la desgracia de no saber, de no poder comprender lo que ocurre ahí mismo, frente a nosotros, dentro de la persona a la que amamos. Nos identificamos tanto con el protagonista porque lo vemos todo a través de sus ojos: pero somos lectores de una ceguera. Por eso, cuando en el capítulo 98, el antepenúltimo del libro, sucede el desenlace fatal, para nosotros resulta igual de inesperado que para el narrador. Nos encontramos contemplando con él un islote danés que contiene una fortaleza abandonada, buscamos el encuadre apropiado para fotografiarlo… cuando de pronto la realidad nos “despierta” con su zarpa, el sueño (la ceguera) en el que hemos vivido esta “bonita historia de amor” se convierte en un espacio vacío, un mundo sin nadie, sin tiempo, sin sentido, en el que sólo resuenan, al fondo, miles de imágenes, fotografías mudas que, de pronto, se funden a negro.

jueves, 30 de noviembre de 2017

LA HUIDA

Huyó, por el devastado salón, hasta el otro extremo de la casa. Pero la casa no era demasiado grande. Sólo disponía de dos habitaciones. Su única solución era huir unas veces a una y otras veces a otra. Llegar a una de ellas era olvidar lo que en la otra lo estaba amenazando, y viceversa. Descansaba por un tiempo, intentaba pensar en otra cosa, se desentendía de lo que hacía un instante lo mortificaba. Y luego, cuando volvía a sentir los traqueteos, los zumbidos, escapaba de nuevo: se iba hasta la otra habitación, unos cuantos metros más allá. Se serenaba otra vez, respiraba hondo, miraba un cuadro colgado en la pared. Subía la persiana, aspiraba un poco de luz, cada vez menos luz, pues se acercaba el invierno. Se sentaba en el filo de la cama. Y entonces volvía la inquietud, como un globo que explota, otros globos que explotan, alguien que comienza a martillear un tabique. Sale zumbando hacia la cocina, bebe un poco de agua, se come unas nueces, friega la loza, mira la fecha de caducidad de unos yogures. De pronto resuenan unos pasos, y un fragor de voces, amplificado por la caja de la escalera, se filtra por debajo de la puerta. Un coche arranca. Se le rompe una copa, recoge los pedazos, tropieza con una silla, la pata chirría al arrastrarse por el suelo. La persiana de madera se golpea contra el marco de la ventana. La puerta de la calle se ha quedado abierta. El coche lleva ya un rato con el motor encendido. De la cocina pasa al salón. No hay donde estar. El teléfono suena. Lo coge y lo lleva al dormitorio, lo pone sobre la cama. Al otro lado, alguien se desgañita, creyendo que él lo escucha, y reclama una respuesta. Sale del dormitorio, cruza el pasillo hasta la habitación que da a la calle. Por la ventana entreabierta ronronea el motor encendido. Debe de hacer ya diez minutos desde que lo arrancaron. Otro coche se detiene a su lado. Cree que el aparcamiento va a quedar disponible y toca la bocina. El coche aparcado le responde por ese mismo medio que no, que no se va a marchar. El otro reanuda bruscamente la circulación, acelera, frena en la curva que hay un poco más abajo. Deja con un par de zancadas la habitación que da a la calle, cierra la puerta, intenta olvidar el chirrido de las ruedas marcado en el asfalto, en las venas de la garganta, entra en el baño, cierra la puerta. Abre la ventana del patinillo, introduce la cabeza y mira hacia arriba. Por las tuberías circula, reconfortante, el agua de la cisterna de los vecinos de arriba. Se deja extasiar por esa cantilena, pero enseguida lo sobresalta un portazo, no sabe bien si del segundo o del tercero. Resiste un poco más con la cabeza dentro del patinillo, que sigue pareciéndole, a pesar del eco del portazo que retumba todavía, el lugar más tranquilo de la casa. Se lava las manos, varias veces. Espera un poco más dentro del baño, quizá ya hayan bajado los vecinos del segundo –o del tercero– y no se oigan sus pasos en la escalera. Sale del baño y vuelve al dormitorio. La cama es un remanso de dos metros de largo. Se tumba. No hay nada que hacer. Respira. Deja que el aire se quede unos segundos en el vientre. Lo repite tres veces. No está seguro de que el coche siga arrancado todavía. Se deja caer al suelo, se tumba boca abajo contra el frío de las losetas, sin camisa. La habitación no se lo traga como desearía. Todo raspa. Todo es borde que rebota. Todo reverbera inquietud, cansancio. No permanece sino unos pocos segundos en esa posición de decúbito prono. El silencio no existe. Las paredes son de papel; las puertas, de seda. Por el vientre suben hasta su cerebro los quejidos de las tripas. No es hambre: es infección, gastritis crónica, la consecuencia de haber comido mucho y mal durante años. Se levanta, se desviste, se ducha. El ruido del agua lo libera por unos minutos. Se sincroniza con su corazón. Lo alivia. Sale del baño, ya está de nuevo en la sala. Se sienta en el incómodo cheslón, mira la estantería. Nada es de verdad. ¿Todo está contrayéndose? ¿Todo está dilatándose? Vaga sobre la alfombra, entre los vasos amontonados en un rincón y la pila de libros sin leer desde hace meses. Coge uno de ellos, se recuesta a leerlo, la luz no es suficiente. No consigue concentrarse más de un párrafo seguido. Se levanta, va al baño y deja que el agua le caiga cinco minutos sobre la cabeza, necesita volver a sentirla sobre su piel. Sirenas, bocinas, motores suenan a lo lejos. Cuando dejan de oírse, los sigue oyendo.  

miércoles, 29 de noviembre de 2017

"PARA UNA FOGATA", QUINCE AÑOS DESPUÉS


Releo hoy, quince años después, este librito del año 2000, Para una fogata: ligero, mínimo, tan delgado que se diría transparente, escrito en ocho días de junio, como en un rapto de estío, producto del comienzo del verano, de la incorporación al merecido descanso vacacional tras un nuevo curso universitario concluido. Se diría que es esta una escritura vacante, que deambula, se recrea, transpira, se despereza y se deja llevar por lo que Eugenio Padorno denomina “las amasaduras del azar”. Una escritura que está también especialmente atenta a cualquier signo que la devuelva al pasado, pero no a un pasado cualquiera, sino a precisos momentos de otros veranos, sobre todo, en la isla natal o en aquella otra de los veranos, casi siempre en la orilla, junto a la playa, sobre la arena, o dentro del mar. La lectura de este cuaderno procede casi como un acompañamiento: Eugenio Padorno nos invita a ser testigos de su propio témoignage, es decir, asistimos a la circulación de su mirada a través de paseos que son casi siempre regresos a lugares imprevisibles de su propio pasado, contemplado en todo momento con asombro. No sabemos –salvo que conociéramos la intimidad familiar de nuestro autor, lo que sólo ocurriría en quienes estén muy próximos a él– quiénes son Mati, Maru, Juanuco, Carlos, Luis, Alberto, nombres que aparecen en estas páginas vinculados a ese pasado, pero sabemos que su recuerdo es muy vivo y que suele estar asociado a impresiones sensoriales hondamente presentes en la memoria: la necesidad de evitar la sombra y las corrientes si se volvía sudoroso de los juegos, ciertas operaciones de alquimia infantil en la cocina, correrías por el Paseo de Las Canteras. La “alta pobreza de la iluminación” que el autor quisiera obtener como resultado de desprenderse de todo lo innecesario tras lanzarlo a las metafóricas hogueras de San Juan parece materializarse en este breve cuaderno de pobreza e iluminación: lo que la escritura recoge ha sido tamizado por la implacable combustión de las fogatas, no hay aquí nada que no sea esencial o que esté ahí sin que haya sido previamente depurado o cercenado por esa metafórica máquina de despojarse que es la escritura tal y como nuestro autor la concibe. Lo que en cierto modo singulariza la escritura de Eugenio Padorno –y no sólo la de este cuaderno– es la conciencia de que ese despojamiento, esa deseada economía conducente al hallazgo de la iluminación y el conocimiento, no son posibles sin arrastrar consigo un poso que el autor denomina en este libro “las pesadillas del tiempo, el destino y la muerte”. La permanente interferencia de imágenes traumáticas en medio del deseo de transparencia constituye, a mi entender, una de las características que hacen que la poesía –y la prosa, que en su caso viene a ser lo mismo– de Eugenio Padorno sea tan singular, resulte a veces tan difícil de comprender en su integridad y ofrezca al mismo tiempo la posibilidad de identificarse con ella desde las propias y diversas vivencias del lector en su tránsito por “el tiempo, el destino y la muerte”.

Pocas veces una plaquette tan breve ha conseguido ser tantas cosas a la vez: reflexión sobre un libro de poemas en marcha, diario fechado de las vivencias del comienzo de un verano, apuntes sobre la condición de la memoria y su relación con la propia identidad, baúl de borradores de poemas, inventario de recuerdos dispersos… Pero, sobre todo, si tuviéramos que destacar alguna de sus vertientes, Para  una fogata es un libro que se ofrece como en agradecimiento a “la mayor de las dádivas: la oportunidad a la conciencia de que percibiera el hecho de existir”. Esta es para mí la clave del libro, y quizá de buena parte de la obra de Eugenio Padorno: la conciencia que recuerda la conciencia de vivir, es decir, la superposición de momentos de la historia personal que emergen desde el pasado para que esa conciencia superlativa –cuyo epítome es quizá la escritura– los haga suyos, los filtre, de alguna manera, los arroje a esa personal hoguera de las vanidades hasta quedar despojados, esenciales, de nuevo vivos en la vida verdadera y actual del inasible presente. Esa conciencia podríamos decir que exacerbada lo es tanto más cuanto que está interiormente escindida por su condición insular: para Eugenio Padorno la insularidad –y aquí, me temo, no puedo sino simplificar más de lo que desearía– se reconoce en la conciencia de la escisión; el poeta, ser escindido por antonomasia dada su batalla permanente entre las palabras y las cosas, vive aquí su condición desde esa doble conciencia –o conciencia de la conciencia– que le lleva a subsumir su pasado en la imagen fragmentada de la isla-límite, la isla-laberinto o la isla-soledad.

Y entonces, y esto lo dice Eugenio Padorno una y otra vez, en el interior de ese laberinto, de esa ciudad de límites difusos o de esa playa de doble o hasta triple horizonte, incluso en el interior de esa casa que contiene la ciudad, la playa, el mar, lo único que la poesía busca –a su modo, sin buscar, tan solo echándose a ver qué resuelve el oleaje del tiempo– es una oscuridad fulgurante, una incitadora oscuridad, como (siempre me gusta recordarlo) la de aquel “pisapapeles en la arena” de un poema antiguo y memorable: de pronto, en lo que parecía destinado al olvido, o a ser devorado por una de tantas olas insulsas de la vana existencia –de la existencia devanada–, surge una imagen, una imagen a la vez oscura y luminosa que nos dice, esto es: que dice al poeta que la dice y que dice al lector que la lee, fundidos en esa palabra oscuramente luminosa, voz aún fresca y ya secada como la arena que el sol seca antes de que sea una vez más mojada por las olas copiosas. Así, también, la escritura de Para una fogata, o la escritura de otros cuadernos similares en los que Eugenio Padorno ha ido dejando testimonio de su testimonio: palabras que el mar se lleva tras fulgurar un instante bajo el cielo en la playa, palabras que se quedan en nosotros y, si ardieron junto con alguna de nuestras más íntimas verdades, “se hallarán en cada partícula de nuestras cenizas”.

                                                                                                                                 [2015]