martes, 20 de junio de 2017

EL PAGO JUSTO DEL DESEO

* Sobre Noctilunia, de Roberto Toledo.



Tengo un amigo que publicó su primer libro hace ya muchos años. En aquella época mi amigo firmaba con sus dos nombres y sus dos apellidos. Debió de haber un momento en que se desprendió del primero de sus nombres y otro momento posterior en que lo hizo de su segundo apellido. Creo que no ocurrió al mismo tiempo porque yo, que soy algo más joven que él, lo recuerdo firmar de ese modo sólo a medias recortado: Roberto Toledo Palliser. En algún momento decidió firmar únicamente como lo hace ahora: Roberto Toledo. Yo no leí aquel primer libro suyo cuando se publicó. Por cronología, podría haberlo hecho, pues el libro tiene fecha de 1991, el año en que me encontraba cursando el tercer curso de la carrera; pero si tenemos en cuenta que el libro circuló tan sólo entre un pequeño grupo de “iniciados” y que en aquellos tiempos yo me contentaba con leer a autores como Lezama Lima o Marcel Proust, no había muchas posibilidades de que el libro de Roberto cayera en mis manos. Los libros tienen sus tiempos propios, no hay que apurarlos. Nunca se sabe cuándo llegan al lector que los desea, y tampoco el lector puede forzar los plazos: le basta con esperar y proyectar su deseo en un tiempo de lejanías que podrá o no ser fructífero, propicio. 


El libro del que hablo es un libro de portada negra. Las letras de su título y las del nombre del autor figuran en blanco sobre un negro brillante que tiene algo de espejo sombrío, nocturno. Un espejo que brilla iluminado por luces que sabemos oblicuas. Un espejo nocturno traspasado por el deseo de la luz. Noctilunia. Noche de luna. Libro noctívago y lunar, de reflectantes y turbios secretos. Su portada se completa con una extraña ilustración. Es una de esas imágenes que quedan resonando en la mirada sin que las comprendamos del todo. Durante un tiempo pensé que representaba una clave de sol desdibujada, un modo visual de aludir a la música que se desmorona, a la melodía desdibujada de las noches. Pero un día me di cuenta de que había algo más. Es como una decalcomanía o como uno de esos dibujos automáticos realizados por los pacientes de no recuerdo qué psiquiatra de mediados del siglo pasado. Una especie de laberinto en forma de espiral, la representación de un cráneo que gira hacia el interior de sí mismo. Una prisión con aberturas desconocidas que llevan a otra prisión, y así sucesivamente. Y todavía no hemos entrado en el libro. Estamos, de momento, al nivel de la portada.


Qué fascinación la de esos libros únicos, libros que son como el preludio a un gran silencio. Nos preguntamos qué hace que este tipo de escritores prefiera no seguir publicando. En el caso de Roberto Toledo, sabemos, porque todo figura manifiestamente expuesto en los primeros versos de este libro único, que la necesidad de crear nunca fue para su autor una pose, que no decidió callarse por no tener nada que decir, sino quizá por algo que era precisamente lo opuesto: el temor de decir demasiado, de quemarse en las palabras, o de desgastarse en la gesta de la creación, de desgastarse o corromperse en el incontenible apalabramiento de la vida. Para este tipo de escritores el mayor escándalo es la palabrería, eso que para otros es pan cotidiano y hasta necesaria deriva en su compulsivo deseo de estar siempre presente, de decir por decir. “Detente, instante”, dijo al parecer Goethe en algún momento de su vida, o le hizo decir a Fausto. Este tipo de autores dice: “Detente, palabra”. Prefieren retener el impulso de escribir antes que tener que confrontarse con un discurso que no esté a la altura de sus vivencias y convivencias. De Roberto Toledo se conocen, además de Noctilunia, unas pocas plaquettes, materiales escasos que revelan quizá también el distanciamiento de quien quiso permanecer fiel a un modo de ser sin por ello dejar de convertirse permanentemente en otro. Como si el silencio fuera lo único que le permitía esa transformación y esa lealtad radicales, su obra fue creciendo hacia adentro, hacia la dispersión y la profundidad, hacia donde sólo podrían llegar a encontrarlo quienes estuvieran dispuestos a sumergirse en un viaje difícil, abrupto, una especie de particular viaje a la semilla
 

Lo único que queda es el anonimato para quien rompe con su historia: no se puede decir más claro. Hay que pagar un precio por ser otro, por deshacerse de la gastada piel, por reinventarse. El precio es el olvido, el olvido de sí y el de los otros, el anonimato, es decir, la carencia de nombre, la innominación, el desnombramiento o como quiera que podamos llamar a la acción de arrancarse el propio nombre como si se arrancara una máscara del rostro. La historia, en el caso de este libro, es una especie de secreto desmenuzado en poemas que son como los pecios de un enorme naufragio. Los poemas están ahí como testimonio de una parte de la historia, pero muchas veces parecen estarse escribiendo en medio de la historia, como si historia y poema fueran las caras inseparables de una misma moneda. Como toda moneda, refulge, es manoseada, pierde su valor, se oxida, es enterrada y acaba siendo descubierta mucho tiempo después. Con la particularidad de que aquí, en todos los casos, hay una cara que se ha borrado: la cara de la historia, la cara de la carne, la cara de los labios ha desaparecido para siempre y lo único que queda como recuerdo o como olvido de aquella cara borrada es el poema, la cara del poema. 


Un libro escrito así, con las vísceras, desde lo interior de la carne, sin otros filtros entre lo vivido y lo dicho más que esas fantasmales y brumosas formas del olvido que llamamos palabras no pretende tanto contarnos una historia cuanto hacernos partícipes de ella. De algún modo, el lector se convierte en la cara que falta. Viene a ser como el amigo o el confidente al que, a altas horas de la noche, se le cuentan entre lágrimas las vicisitudes de los últimos meses, los adioses, los desgarros, los desprecios, los olvidos. Es en esa figura tan difícil en la que hemos de convertirnos: porque es difícil ese papel, sentir todo el peso de la historia sobre nuestros hombros como si fuéramos el último sostén, el débil hilo que impide que la historia se pierda para siempre entre las sombras.


Pero en Noctilunia no hay una sola historia. Las historias son varias. Cada una tiene su tiempo propio. No se nos cuentan, pero están ahí. Una historia sobrevive a otra historia. Y a veces una historia no es sino el estremecimiento de otra historia dejada atrás. Igual que en el bosque forman un manto las capas de las hojas otoñales, un tejido del que sería difícil saber su exacta composición, su estratificación más precisa, las historias de este libro se superponen y encadenan, resuenan una en la otra, se despedazan, a veces, como si el sentido de una historia fuera desembarazarse de todas las demás. Yo he andado siempre desprendiéndome, dice Roberto Toledo. Y más adelante, en el mismo poema: Nada tengo y tantas cosas me acompañan


La última parte del libro, “Oniria”, describe un paisaje después de la batalla. El poeta ha regresado a la isla, regreso del que da cuenta la sección central, “Archipiélago”, que configura una personal poética de lo insular caracterizada por la exaltación y la melancolía. En algún momento, ese regreso ha debido de convertirse en rutina, desencanto, ruina. Se levanta entonces acta de un encuentro con las sombras. Como mercaderes en una plaza, las sombras se han reunido para cobrar sus mercancías al mejor precio posible. Sólo hay un comprador. El poeta regatea; sabe hacerlo, pues en ningún momento ha dejado de regatear con la vida. Sin embargo, los mercaderes están ahora perfectamente conjuntados. Se inicia la sangría. El expolio. Es entonces cuando el poeta saca la última carta que le queda. La que nunca ha querido usar en medio de las anteriores pujas y refriegas. Se adentra entonces en los sueños. Son ellos los que van a salvarlo. Los mercaderes desconocen ese lenguaje de monedas sin valor, quizá aquellas mismas monedas de las historias borradas, pero convertidas ahora, por obra de la poesía –esa alquimia precaria–, en talismanes capaces de salvar al poeta que ha arribado a la última frontera. Los mercaderes, las pérdidas, la mentira, el desamor, el envejecimiento, la soledad, el mundo, se enfrentan a un enemigo para el que no están preparados. Tendrán que negociar, así pues. Habrán de asumir que el intercambio no va a darse en los términos que habían previsto. El poeta sabe que habrá de poner sus sueños en las manos ávidas de los comerciantes. Pero, al desprenderse de ellos, va a salvarse a sí mismo. Ofrece sus sueños para la salvación de su alma. Lo dice mucho mejor, en el último verso del libro, Roberto Toledo: Todo lo que devoramos nos devora, es el pago justo del deseo.




miércoles, 14 de junio de 2017

ÉL

Él mismo sabía que era él mismo. No hacía falta que los demás le hicieran saber que no era otro, pues él mismo, desde siempre, había pensado que los otros disponían sus asuntos de un modo distinto a como él disponía los suyos. Los otros, además, no eran nunca los mismos, cada vez eran otros, incluso los mismos eran, a cada momento, otros. Pero él se repetía, una y otra vez, que no tenía por qué ser otro. ¿Para qué ser otro si se podía ser uno mismo? Los demás no entendían esto, querían convencerlo de que podía ser otro, de que ser otro era bueno, es más, de que lo mejor era ser otro además de ser uno mismo. Muchas veces se sentaba en un banco, a media tarde, y reflexionaba sobre lo que significaba ser uno mismo. No encontraba ninguna semejanza entre ser uno mismo y ser otro. Ser uno mismo, se decía, implicaba una mayor responsabilidad con uno mismo, mayores dosis de confianza, incluso un vago rastro de fe o de creencia en la posibilidad de ser uno mismo. Ser otro, sin embargo, era más fácil: bastaba con dejarse llevar, con internarse entre los árboles de aquel parque y nombrarlos como él nunca los habría nombrado, con los nombres de otro, con las palabras de otro, incluso en otra lengua distinta de la suya. Para ser otros los otros inventaban lenguas. O les cambiaban los significados a las palabras que todo el mundo usaba para hacerse pasar por otros, como si esas mismas palabras de siempre no fueran ahora las mismas. También él, alguna vez, había practicado este modo tan fácil de ser otro: se plantaba ante un árbol cualquiera y decía: olmo. Se escuchaba decirlo, escuchaba las palabras que salían de su boca, las decía una y otra vez para escucharlas muchas veces hasta que en algún momento la palabra olmo dejaba de ser exactamente la palabra olmo. Era otra. Y él también era otro entonces. O creía ser otro. Se escuchaba ser otro mientras iba diciendo una palabra tras otra en la misma lengua de siempre. Haya. Laurel. Palmera. Sauce. Qué bien le sonaban esas palabras de otro. Era como si fuera otro quien las decía, otro quien las escuchaba: y él había desaparecido detrás de esas palabras que ya no eran las mismas. Los árboles también habían desaparecido, fueran cuales fueran sus nombres. Lo único que importaba era el paso de uno a otro. El de un árbol a otro. El de uno mismo a otro mismo. Es verdad que en esos momentos no estaba ya sentado en el banco donde siempre era él mismo. Circulaba entre los árboles, escuchaba los cantos de los pájaros, se agachaba a recoger bellotas o como quiera que se llamasen los frutos que aquellos árboles dejaban caer en algunas épocas del año. En realidad, daba igual como se llamase nada. Lo importante era no poder llamarse a sí mismo. No poder darse un nombre. Ni siquiera haberlo olvidado, pues para haberlo olvidado hacía falta haberlo sabido alguna vez. Ser otro era no haber sido nunca él mismo. Tocaba las ramas más bajas de los árboles con las yemas de los dedos y le daba a cada una un nombre secreto. Inventaba una lengua para cada membrana que raspaba su piel. Se abrazaba a las cortezas y cada estría, cada capa, cada gota de resina eran nombradas en una lengua instantánea cuyas palabras brotaban y morían en el mismo instante en que las tocaba. Ese instante que no era nunca el mismo lo llevaba muy lejos de allí. Él ya no estaba allí, no sabía exactamente dónde se encontraba. Si no era ya el que era, si no era ya el mismo que había sido, no estaba tampoco seguro de ser otro. Ser otro era la inseguridad de ser otro. Una brecha se abría entre allí y él, entre el otro y entonces, entre lo mismo y cada uno de los árboles. Se le nublaba la vista, se le adormecía el sentido, no sabía orientarse, andar, oír, ser. De alguna manera, volvía a estar sentado en aquel banco como un paseante más que estuviese descansando. Cualquiera podría decir quién era, de haberlo conocido. No hacía falta que los demás le hicieran saber que no era otro. Incluso él mismo sabía que era él mismo.

martes, 13 de junio de 2017

LAS COSAS


Es cosa de decir las cosas: las cosas que se ven, las cosas que se tocan, las cosas que se hacen, las cosas que se dicen, las cosas que se sienten, todas las cosas que, sin dejar de ser cosas, se transforman en otra cosa que cosas, en cosas que no son, en cosas que no se ven, en cosas que no se tocan, en cosas que no se hacen, en cosas que no se dicen, en cosas que no se sienten y, sin embargo, están ahí porque son cosas que estuvieron a punto de no ser cosas, que están ahí porque no eran cosas, sino otra cosa: qué cosa, las cosas, qué cosa, sí, qué cosa, y entonces intentamos aproximarnos a las cosas, verlas de nuevo a la luz nueva que nace junto a ellas, la luz de cada cosa, la cosa con su lumbre, la cosa con su orilla, su pátina de cosa, su transparencia, su certeza, su sombra, su palidez y su silencio de cosa, ese sombrero, qué cosa, esa lámpara, qué cosa, ese cojín, qué cosa, esa camisa, qué, qué cosa. Hay cosas en la vida, hay cada cosa, hay cada cosa en esta vida, cada cosa, cada cosa, que cada cosa que hacemos está sembrada de cosas, hay cosas de más y hay cosas de menos, cosas enteras y cosas sin coser, cosas en orden y cosas agitadas. Y cada cosa que dejamos de hacer por hacer otra cosa es una cosa que dice que las cosas importan, que no podemos decirnos “a otra cosa, mariposa” sin dejar de sentir la huella de esa cosa impresa en su cáscara, en su vacío de cosa no hecha, en su reproche de cosa por hacer, qué cosa, saber que cada cosa ocupa su lugar, cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa, dice mi madre que decía mi abuelo, cosas, cosas, todas esas cosas que quedan en el aire para que alguien las escuche mucho tiempo después, cosas que no se dijeron en vano, cosas legadas, cosas de antes que llegan a ser cosas de después, las cosas, sí, las cosas, eso tan importante que no sabemos cómo se llama y por eso lo llamamos así, con la palabra cosa, que es una de las más importantes que tenemos, la palabra cosa y la palabra casa, sí, esas dos palabras juntas son toda nuestra vida, y la palabra vida, la vida de las cosas de la casa, esas tres palabras juntas y la palabra palabras, palabras para la vida de las cosas de la casa, esas cuatro palabras juntas, qué palabras, qué cosas, qué vida la de esa casa de palabras de cosas que son palabras que son cosas. Porque las cosas no siempre son cosas. Las cosas son muchas veces el espejo de lo que no son. O el destello de lo que fueron. Cosas de nada, se decía antes. Eso es una cosa de nada, decían nuestros mayores para dar a entender las cosas que en su enorme importancia no importaban nada, las cosas que podían dejarse pasar pero que debían tenerse en cuenta si se quería mantener la vida en orden. Es cosa de pensar un poco las cosas. Una cosa es una cosa es una cosa. Ser, sí, lo son, las cosas, pero, más que ser, las cosas están, son porque están unas junto a otras. Esa cosa de ahí, la silla, esa silla que está junto a la ventana, esa cosa que no es la ventana ni la cama ni la pared ni la mano, esa cosa desnuda en forma de silla que no es tampoco la silla ni una pared ni una cama ni una mano, y que es todas esas cosas a la vez, cosa de silla, cosa de cama, cosa de mano, cosa de pared, ¿qué es? ¿Qué es esa cosa que sufre, esa cosa que mira, esa cosa que siente? Esa cosa de cosa, ¿qué es? ¿Qué es esa cosa de nada, esa cosa de mí, esa cosa de aire, esa cosa del ojo, esa cosa de piel? Cosas, cosas, cosas entre las cosas, cosas solitarias en medio de cosas solitarias, cosas dentro de cosas, cosas por fuera de las cosas, cosas de ahora, cosas de siempre, cosas con cara, cosas sin ayer. Las cosas nos miran y no sabemos qué decir. Miramos a las cosas y las cosas ¿qué nos dicen? Cosas por aquí, cosas por allá, cosas en casa, cosas en la calle, cosas dentro de mí, cosas olvidadas, cosas que recuerdo, cosas sin lecho, cosas sin ahora, cosas con futuro, cosas desde cuándo, cosas sin porqué. Más cosas no hay: sólo hay las cosas de ahora, de este mismo instante, cosas de un segundo, cosas o burbujas, cosas en el aire, cosas sin perfil. Las cosas nos circundan y las cosas nos hieren. Las cosas nos sobreviven y las cosas nos matan. Las cosas nos embadurnan y las cosas nos desvisten. Cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Las cosas del querer. Cosas de dónde y de cuándo. Cosas de cómo y de por qué. Es cosa de decir las cosas: esta mesa, ese lápiz, aquella baraja. Cada cosa es un mundo, no hay cosa que no podamos ser. Es cosa de ser las cosas, cosa de dejarnos ser.   

lunes, 12 de junio de 2017

POR LA GRACIA DE LA DESMESURA


Y así, un día descubrió un acceso de otro tipo. Llegó hasta el final de una calle sin salida. El lugar era glamuroso, uno de esos barrios de las partes altas de la ciudad desde donde el típico millonario local mira por encima del hombro –desde arriba, literalmente– al resto de sus conciudadanos. (Si fuera por esta gente, se dijo, privatizarían las calles, les pondrían cancelas y vigilantes, garitas y carteles de “Propiedad privada y exclusiva”.) Le extrañaba que, a pesar del lujo circundante, el muro que taponaba el final de la calle no estuviera revestido. Era una simple tapia de ladrillos medio escondida detrás de una jardinera. Por unas escaleras que daban al rellano de entrada del último edificio accedió a un pequeño pasillo exterior que se prolongaba hasta el lateral del muro. ¡Allí estaba, imprevista, la brecha! El pasillo terminaba a pico en una esquina del muro que, por alguna razón, había permanecido sin cerrar. Quizá los urbanistas hubieran debido obedecer una normativa municipal. Desde la esquina del muro en la que se encontraba vio la otra calle: ¡estaba a un nivel distinto, mucho más abajo! Creyó comprender que lo que allí se había planteado era un amago de comunicación, un principio de trasvase que difícilmente podía cumplirse dado que las dos calles se encontraban a diferentes niveles. Era extraño toparse con esa irregularidad: dos calles, una al lado de la otra, separadas por un muro, pero a alturas distintas, pertenecientes a sectores, a mundos radicalmente separados. No parecía que aquella brecha hubiera sido abierta por nadie en particular, no se trataba de una de esas aberturas practicadas por vándalos o por libertarios: era una brecha creada a propósito, una comunicación prevista de antemano. Eso era quizá lo más perturbador. Al asomarse a la otra calle tuvo que ser precavido: se encontraba casi tres metros por debajo. De algún modo, era muy fácil bajar hasta ella, pues el muro disponía de salientes mediante los que, con un par de zancadas, dejarse caer sin mayores percances. Al menos, eso fue lo que pensó. Sin embargo, más difícil parecía subir desde el otro lado: en el saliente más bajo no era fácil montarse salvo que uno fuera impulsado por alguien o se ayudara de cuerdas o de otro tipo de instrumentos. Esta clase de brechas no eran frecuentes en la ciudad. La compartimentación de los barrios se había llevado a cabo de modo que cada uno estuviera perfectamente delimitado y separado de los demás. No entendía bien el sentido de permitir el paso entre un sector y otro. Tampoco sabía si ese paso era utilizado habitualmente por alguien, pero era de suponer que, por lo antes mencionado, si lo era a la ida no lo sería a la vuelta, y viceversa. Todas estas averiguaciones, con las que entretuvo la tarde, no conducían a ninguna conclusión, se dijo, y mientras tanto observaba un coche que se había detenido al final del aparcamiento –la calle se ensanchaba para ofrecer a los vecinos un amplio aparcamiento que era casi privado; no cabía duda de que lo tenían todo muy bien pensado. Un hombre de mediana edad parecía concentrado consultando el móvil. Mientras estuvo detrás de la jardinera, en el margen izquierdo del muro, inspeccionando la zona de comunicación entre las calles, permaneció fuera de la vista de aquella persona. Si lo había visto llegar hasta allí, desaparecer en lo que parecía la entrada del edificio para después continuar por el pasillo hasta deslizarse en la brecha que unía las dos calles, habría pensado que se trataba quizá de un perturbado, o de alguien que no albergaba buenas intenciones, incluso, pensó, podría haber pensado que se trataba de algún tipo de inspector municipal en el ejercicio de sus funciones pese a lo tardío de la hora (pues, como todos sabemos, en este ayuntamiento no se descansa nunca). Al volver de detrás del muro –si bien no era exactamente de “detrás” del muro de donde volvía, sino de “al lado” del muro o incluso de “dentro” del muro–, tuvo la impresión de que aquel señor lo había estado observando aunque continuara consultando concentradamente el móvil. Volvió sobre sus pasos. Llegó al principio de la calle y se giró. Desde allí nadie podría decir que todo aquello era cierto, que había una posibilidad de asomarse a una calle que no se adivinaba, una calle de otro mundo a tres metros por debajo de donde uno se encontraba; pensó que ese era quizá el sentido de todo aquello: ofrecerle a alguien como él, un simple paseante distraído, un hacedor de pasos, un mirón cualquiera sin intenciones sexuales, la oportunidad de descubrir algo, aunque ese algo fuera tan baladí como una brecha entre dos calles, algo nimio e inofensivo que, una vez descubierto, se transformara, por la gracia de la desmesura, que es lo mismo que decir que por la magia del arte, en un pequeño tesoro personal.   

lunes, 5 de junio de 2017

METAPAISAJE

Unos días después volví a salir. Como convocado por aquella montaña o, más concretamente, por un camino que había visto desde el otro lado la vez anterior, un camino que parecía proceder del interior de la ciudad y desembocar en un pequeño mirador circular al borde de una de las curvas del barranco, me dije que podría descubrir sin esfuerzo, tanteando un puñado de calles, la que llevaba hasta aquel camino –o, más bien, la que se transformaba en él. Y así fue. Bastó con dejar atrás el hotel, subir hasta el final la calle del Pozo de los Espejos y alcanzar el cruce con la carretera que conecta la ciudad con Pastoral: un poco más allá, en una pequeña calle que se iniciaba en la carretera y hubiera tenido por fuerza que caer a pico en el barranco, encontré lo que buscaba. La calle terminaba en unas escaleras. El camino bordeaba el barranco y llevaba hasta un mirador en el que cuatro o cinco adolescentes estaban fumándose lo que parecía ser un porro. Los saludé y busqué entre los hierbajos del barranco algún sendero: y allí estaba ya, de nuevo fuera de la ciudad y dentro de ella a la vez, rodeado por los esqueletos de unos árboles no demasiado amigables, plantas de la peor calaña, como si haberse alimentado de aguas fecales durante tantos años las hubiera trastornado, les hubiera dado a sus ramas orientaciones tortuosas, hubiera incrementado las espinas de los cardos, hubiera generado toda una perversión en forma de matojos, cañas, filamentos, ramas, flores secas. Me adentré un poco hacia el interior del barranco y vi unos patos. Se estaban secando junto a una especie de chabola rodeada de una valla hecha de cañas. Patos. Patos que batían sus alas y levantaban pequeñas polvaredas. Junto a ellos descansaban dos o tres gatos. Se oía cantar a unos gallos desde el interior de la “finca”, que parecía estar habitada sólo de gallos, gallinas, patos, gatos, perros y, quizá, ratas y ratones. Por si acaso, no seguí adelante. Oía detrás de mí, en todo momento, la charla risueña de los adolescentes, que estarían atacando ya el siguiente porro. Me desvié por un sendero que ascendía por una de las laderas. No era apenas un sendero, sino tan sólo un pequeño paso entre las matas. Llegué junto a unos chamizos: uno de ellos estaba habitado. Habían aprovechado una cueva y habían cubierto la entrada con cañas. Lo que parecía el teclado de un ordenador, pero recubierto de polvo, figuraba sobre un pedestal, a modo de tótem, junto a la entrada. Quizá fuera una señal de bienvenida. Pensé si allí viviría uno de esos escritores de ficción que últimamente han dado en recluirse en cuevas a imitación de Thomas Wunderfeld, el gran escritor alemán que lleva veinte años viviendo en el interior de una sima de más de medio kilómetro de profundidad. Imaginé la siguiente conversación: “Buenas tardes”. “Buenas para quien las tenga”. “Me gustaría saber, si no le importa, qué piensa usted sobre la reciente moda de la autoedición”. “Creo que todo escritor tiene el derecho de no escribir; sin embargo, a ninguno habría que concederle el de editarse a sí mismo. Lo considero uno de los signos del fin de los tiempos”. “Pero es conocido que usted se publicó a sí mismo su segundo libro, Camposanto, allá por 1990”. “Entonces yo era joven y creía tener mucho que decir. Mi libro se vendió más de lo esperado y me hizo comprender que todo lo que allí decía no eran más que patrañas. Eso me hizo recular y recluirme. Desde entonces nunca me he publicado nada a mí mismo y, si he seguido escribiendo patrañas, lo he hecho sólo para que me las publicaran los demás”. “¿Diría usted que ha alcanzado la felicidad?” “No lo diría: lo digo. He alcanzado la felicidad, que para mí es levantarme cada día con el vuelo de una golondrina y acostarme con el ronroneo de los gallos”. “Querrá decir de los gatos…” “No: de los gallos. ¿No sabe usted que los gallos ronronean? Cuando uno ha cumplido ya muchos años descubre que el mundo es del todo distinto a como se lo había imaginado”. “¿Viene mucha gente a visitarlo?” “Hace tiempo venían. No me dejaban en paz. Querían comprobar que mi locura y mi fanatismo eran auténticos, que nunca los contagiaría porque eran enfermedades propias, exclusivamente mías, intransferibles. Luego empezaron a dejar de venir. Los veía pasear por los alrededores, asomarse a aquel montículo, ¿lo ve?, otear desde lejos mis movimientos, acompañar con su mirada mis pasos, si iba a comprar leche, si salía a buscar un poco de carne, si volvía a casa con algunos libros comprados en el rastro. Después, incluso, dejaron de vigilarme. Me olvidaron. Supe entonces que había vencido. Raspé cada vez más el interior de la cueva. Extendí mi vivienda hasta dimensiones que yo mismo desconozco. Nadie sabe hasta dónde llega esto de aquí, qué hay más allá de aquello de allá”. Pero quizá el habitante de aquel chamizo no fuera un escritor. Más tarde, cuando, ya de regreso, me encontraba en la carretera que lleva a Pastoral, a bastante altura, vi a una persona que salía del chamizo. Era un hombre de mediana edad. Llevaba una chaqueta y lo que parecían unos zapatos más o menos limpios. No pude verle la cara. Pensé que lo que llevaba en la mano era una bolsa de plástico, pero luego vi que era una herrada: uno de esos recipientes de latón que sirven para transportar leche. La herrada debía de llevar dentro algún otro objeto de metal, pues producía un repiqueteo metálico que se oía a distancia, algo así como una señal unida al caminar, una música de los pasos que se propagaba por todo el barranco. Para entonces, ya había visto lo que quería ver. Podía habitarse también en esos bordes, en esas soledades. Habitar de otro modo, pegado a la piedra y colgado de la ladera. Sin más compañía que las palomas que anidaban en el otro lado y que, al atravesar el barranco, si eran blancas, iban cargadas con una punzada de alegría, tan sólo una punzada, al atardecer, antes de que a todo aquel barranco se lo tragase la noche. Y esa misma noche, me dije, ¿conseguiría luego tragarse la ciudad?