miércoles, 14 de junio de 2017

ÉL

Él mismo sabía que era él mismo. No hacía falta que los demás le hicieran saber que no era otro, pues él mismo, desde siempre, había pensado que los otros disponían sus asuntos de un modo distinto a como él disponía los suyos. Los otros, además, no eran nunca los mismos, cada vez eran otros, incluso los mismos eran, a cada momento, otros. Pero él se repetía, una y otra vez, que no tenía por qué ser otro. ¿Para qué ser otro si se podía ser uno mismo? Los demás no entendían esto, querían convencerlo de que podía ser otro, de que ser otro era bueno, es más, de que lo mejor era ser otro además de ser uno mismo. Muchas veces se sentaba en un banco, a media tarde, y reflexionaba sobre lo que significaba ser uno mismo. No encontraba ninguna semejanza entre ser uno mismo y ser otro. Ser uno mismo, se decía, implicaba una mayor responsabilidad con uno mismo, mayores dosis de confianza, incluso un vago rastro de fe o de creencia en la posibilidad de ser uno mismo. Ser otro, sin embargo, era más fácil: bastaba con dejarse llevar, con internarse entre los árboles de aquel parque y nombrarlos como él nunca los habría nombrado, con los nombres de otro, con las palabras de otro, incluso en otra lengua distinta de la suya. Para ser otros los otros inventaban lenguas. O les cambiaban los significados a las palabras que todo el mundo usaba para hacerse pasar por otros, como si esas mismas palabras de siempre no fueran ahora las mismas. También él, alguna vez, había practicado este modo tan fácil de ser otro: se plantaba ante un árbol cualquiera y decía: olmo. Se escuchaba decirlo, escuchaba las palabras que salían de su boca, las decía una y otra vez para escucharlas muchas veces hasta que en algún momento la palabra olmo dejaba de ser exactamente la palabra olmo. Era otra. Y él también era otro entonces. O creía ser otro. Se escuchaba ser otro mientras iba diciendo una palabra tras otra en la misma lengua de siempre. Haya. Laurel. Palmera. Sauce. Qué bien le sonaban esas palabras de otro. Era como si fuera otro quien las decía, otro quien las escuchaba: y él había desaparecido detrás de esas palabras que ya no eran las mismas. Los árboles también habían desaparecido, fueran cuales fueran sus nombres. Lo único que importaba era el paso de uno a otro. El de un árbol a otro. El de uno mismo a otro mismo. Es verdad que en esos momentos no estaba ya sentado en el banco donde siempre era él mismo. Circulaba entre los árboles, escuchaba los cantos de los pájaros, se agachaba a recoger bellotas o como quiera que se llamasen los frutos que aquellos árboles dejaban caer en algunas épocas del año. En realidad, daba igual como se llamase nada. Lo importante era no poder llamarse a sí mismo. No poder darse un nombre. Ni siquiera haberlo olvidado, pues para haberlo olvidado hacía falta haberlo sabido alguna vez. Ser otro era no haber sido nunca él mismo. Tocaba las ramas más bajas de los árboles con las yemas de los dedos y le daba a cada una un nombre secreto. Inventaba una lengua para cada membrana que raspaba su piel. Se abrazaba a las cortezas y cada estría, cada capa, cada gota de resina eran nombradas en una lengua instantánea cuyas palabras brotaban y morían en el mismo instante en que las tocaba. Ese instante que no era nunca el mismo lo llevaba muy lejos de allí. Él ya no estaba allí, no sabía exactamente dónde se encontraba. Si no era ya el que era, si no era ya el mismo que había sido, no estaba tampoco seguro de ser otro. Ser otro era la inseguridad de ser otro. Una brecha se abría entre allí y él, entre el otro y entonces, entre lo mismo y cada uno de los árboles. Se le nublaba la vista, se le adormecía el sentido, no sabía orientarse, andar, oír, ser. De alguna manera, volvía a estar sentado en aquel banco como un paseante más que estuviese descansando. Cualquiera podría decir quién era, de haberlo conocido. No hacía falta que los demás le hicieran saber que no era otro. Incluso él mismo sabía que era él mismo.

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