lunes, 5 de junio de 2017

METAPAISAJE

Unos días después volví a salir. Como convocado por aquella montaña o, más concretamente, por un camino que había visto desde el otro lado la vez anterior, un camino que parecía proceder del interior de la ciudad y desembocar en un pequeño mirador circular al borde de una de las curvas del barranco, me dije que podría descubrir sin esfuerzo, tanteando un puñado de calles, la que llevaba hasta aquel camino –o, más bien, la que se transformaba en él. Y así fue. Bastó con dejar atrás el hotel, subir hasta el final la calle del Pozo de los Espejos y alcanzar el cruce con la carretera que conecta la ciudad con Pastoral: un poco más allá, en una pequeña calle que se iniciaba en la carretera y hubiera tenido por fuerza que caer a pico en el barranco, encontré lo que buscaba. La calle terminaba en unas escaleras. El camino bordeaba el barranco y llevaba hasta un mirador en el que cuatro o cinco adolescentes estaban fumándose lo que parecía ser un porro. Los saludé y busqué entre los hierbajos del barranco algún sendero: y allí estaba ya, de nuevo fuera de la ciudad y dentro de ella a la vez, rodeado por los esqueletos de unos árboles no demasiado amigables, plantas de la peor calaña, como si haberse alimentado de aguas fecales durante tantos años las hubiera trastornado, les hubiera dado a sus ramas orientaciones tortuosas, hubiera incrementado las espinas de los cardos, hubiera generado toda una perversión en forma de matojos, cañas, filamentos, ramas, flores secas. Me adentré un poco hacia el interior del barranco y vi unos patos. Se estaban secando junto a una especie de chabola rodeada de una valla hecha de cañas. Patos. Patos que batían sus alas y levantaban pequeñas polvaredas. Junto a ellos descansaban dos o tres gatos. Se oía cantar a unos gallos desde el interior de la “finca”, que parecía estar habitada sólo de gallos, gallinas, patos, gatos, perros y, quizá, ratas y ratones. Por si acaso, no seguí adelante. Oía detrás de mí, en todo momento, la charla risueña de los adolescentes, que estarían atacando ya el siguiente porro. Me desvié por un sendero que ascendía por una de las laderas. No era apenas un sendero, sino tan sólo un pequeño paso entre las matas. Llegué junto a unos chamizos: uno de ellos estaba habitado. Habían aprovechado una cueva y habían cubierto la entrada con cañas. Lo que parecía el teclado de un ordenador, pero recubierto de polvo, figuraba sobre un pedestal, a modo de tótem, junto a la entrada. Quizá fuera una señal de bienvenida. Pensé si allí viviría uno de esos escritores de ficción que últimamente han dado en recluirse en cuevas a imitación de Thomas Wunderfeld, el gran escritor alemán que lleva veinte años viviendo en el interior de una sima de más de medio kilómetro de profundidad. Imaginé la siguiente conversación: “Buenas tardes”. “Buenas para quien las tenga”. “Me gustaría saber, si no le importa, qué piensa usted sobre la reciente moda de la autoedición”. “Creo que todo escritor tiene el derecho de no escribir; sin embargo, a ninguno habría que concederle el de editarse a sí mismo. Lo considero uno de los signos del fin de los tiempos”. “Pero es conocido que usted se publicó a sí mismo su segundo libro, Camposanto, allá por 1990”. “Entonces yo era joven y creía tener mucho que decir. Mi libro se vendió más de lo esperado y me hizo comprender que todo lo que allí decía no eran más que patrañas. Eso me hizo recular y recluirme. Desde entonces nunca me he publicado nada a mí mismo y, si he seguido escribiendo patrañas, lo he hecho sólo para que me las publicaran los demás”. “¿Diría usted que ha alcanzado la felicidad?” “No lo diría: lo digo. He alcanzado la felicidad, que para mí es levantarme cada día con el vuelo de una golondrina y acostarme con el ronroneo de los gallos”. “Querrá decir de los gatos…” “No: de los gallos. ¿No sabe usted que los gallos ronronean? Cuando uno ha cumplido ya muchos años descubre que el mundo es del todo distinto a como se lo había imaginado”. “¿Viene mucha gente a visitarlo?” “Hace tiempo venían. No me dejaban en paz. Querían comprobar que mi locura y mi fanatismo eran auténticos, que nunca los contagiaría porque eran enfermedades propias, exclusivamente mías, intransferibles. Luego empezaron a dejar de venir. Los veía pasear por los alrededores, asomarse a aquel montículo, ¿lo ve?, otear desde lejos mis movimientos, acompañar con su mirada mis pasos, si iba a comprar leche, si salía a buscar un poco de carne, si volvía a casa con algunos libros comprados en el rastro. Después, incluso, dejaron de vigilarme. Me olvidaron. Supe entonces que había vencido. Raspé cada vez más el interior de la cueva. Extendí mi vivienda hasta dimensiones que yo mismo desconozco. Nadie sabe hasta dónde llega esto de aquí, qué hay más allá de aquello de allá”. Pero quizá el habitante de aquel chamizo no fuera un escritor. Más tarde, cuando, ya de regreso, me encontraba en la carretera que lleva a Pastoral, a bastante altura, vi a una persona que salía del chamizo. Era un hombre de mediana edad. Llevaba una chaqueta y lo que parecían unos zapatos más o menos limpios. No pude verle la cara. Pensé que lo que llevaba en la mano era una bolsa de plástico, pero luego vi que era una herrada: uno de esos recipientes de latón que sirven para transportar leche. La herrada debía de llevar dentro algún otro objeto de metal, pues producía un repiqueteo metálico que se oía a distancia, algo así como una señal unida al caminar, una música de los pasos que se propagaba por todo el barranco. Para entonces, ya había visto lo que quería ver. Podía habitarse también en esos bordes, en esas soledades. Habitar de otro modo, pegado a la piedra y colgado de la ladera. Sin más compañía que las palomas que anidaban en el otro lado y que, al atravesar el barranco, si eran blancas, iban cargadas con una punzada de alegría, tan sólo una punzada, al atardecer, antes de que a todo aquel barranco se lo tragase la noche. Y esa misma noche, me dije, ¿conseguiría luego tragarse la ciudad?  

2 comentarios:

  1. Wunderfeld es el campo de los milagros. Se ve que el escritor podía vivir de lo que le publicaban otros que lo consideraban un personaje atractivo. ¿Iría a la feria del libro¡ ¿Daría conferencias o talleres literarios? ¿Con qué dinero pagaba la leche, la carne? Lo urbano nos traga aunque vivamos en lo profundo de una cueva y pensaba que Thomas era un escritor real y que esta era una crónica de las que gustan hacer los periodistas de la posverdad.
    Un saludo cordial.

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  2. Sí, cuando se ve una de esas cuevas... uno no puede dejar de imaginar a algún escritor alemán --o noruego-- que habría podido irse a vivir allí y que tres o cuatro veces al año triunfaría en ferias del libro o festivales, acaso con otro nombre, o con su nombre de verdad, pero que aquí, en estas islas pequeñas y olvidadas, sería un "clochard" más, uno de esos trogloditas urbanos que viven a medio camino entre la mendicidad y el autoaislamiento. Ah, la posverdad, habría que organizar un congreso literario sobre la literatura de la posverdad o sobre la posverdad de la literatura. Un cordial saludo y gracias por leer y comentar.

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